LENINISMO Y CONTRARREVOLUCIÓN


LA MENTIRA DE LA REVOLUCIÓN LENINISTA


(Tercera parte)



1917: cien años de la revolución que cambió el mundo…

Esta es la mentira más grande del siglo XX




Un siglo de mentiras


Nada de lo que se reproduce como «noticias» es verdad. Resulta una banalidad de base repetir que todo está manipulado. La realidad se confecciona en base a mentiras. Ayer se redirigían revueltas para liquidar la revolución social. Hoy se confeccionan y modelan revueltas para que los estallidos sean dirigidos desde su nacimiento.La burguesía busca impedir así que las revueltas proletarias, que la catástrofe del sistema produce, se generalicen y afirmen nuevamente su contenido revolucionario.

Pero todo ese entretejido de construcciones mediáticas e ideológicas se cimentan en verdaderos pilares fundamentales de la falsificación generalizada.

Si dichos pilares existen desde la existencia misma de las sociedades de clase, si la explotación y dominación de unos hombres por parte de otros solo puede existir en base a sólidas construcciones ideológicas, si la sumisión requiere creer en las bondades y la necesidad histórica de su propia explotación (progreso, democracia, trabajo), en el siglo xx se conformó otro gigantesco pilar ideológico de la dominación del proletariado mundial: el de la «Revolución rusa que cambió el mundo», el de los «países socialistas».

Dicho mito, consolida una nueva y sólida base ideológica del capital mundial. Del mismo emergen infinitos mensajes tentaculares, apenas perceptibles, como también emergen de los otros pilares más viejos: la democracia, la religión, el trabajo como sinónimo de bienestar. Todo el sistema social de mitos y creencias está dirigido a reproducir, para siempre, la sociedad burguesa.

La contrarrevolución real se vende como «el socialismo real». El modelo leninista de «socialismo» con persistencia de la mercancía y en general del trabajo asalariado, mucho autoritarismo estatal y represión, fue el modelo idealizado de la izquierda burguesa. Para el proletariado todo fue igual, o peor, en nombre de un mundo futuro que sería todavía «más socialista» y hasta «comunista».

¡«Ese» es el cambio! ¡Esa es la «revolución» a la que los explotados y dominados del mundo pueden aspirar! Si el socialismo ha sido realizado y «es lo que es», ¿para qué ir más lejos o intentar otro cambio?

Peor: para que «el socialismo» marche bien, se requiere más esfuerzo. ¡Más de lo mismo!: más trabajo, más progreso y, sobre todo, que sea más democrático.

Ese siglo de mentiras, basadas en la absurda ideología de que la «Revolución rusa» ha cambiado el mundo, se cierra con un broche ideológico «encantador» para la dominación capitalista mundial, un verdadero calabozo en donde no entra ya ni un rayito de sol: «Lo que más le faltó al socialismo fue la democracia», que recitan los escribas del sistema y repiten las masas sumisas.

El calabozo está profundamente enterrado bajo la mitología de ese «cambio» y... de su progreso. Salvo las expresiones aisladas de los grupos de militantes revolucionarios, ya no llega hasta las actuales generaciones de proletarios ni un resplandor de aquella gran revuelta internacional del proletariado mundial por la revolución social, que se expandió por el mundo en las primeras dos décadas del siglo xx. Es por eso que estamos en el mejor de los mundos posibles... para la explotación, la opresión y la catástrofe de la humanidad.



Pero ¿cómo fue posible

que esa mentira se consolidara?


Sin duda porque el desarrollo del capital mundial necesitaba esa mentira. El capital había mostrado toda su barbarie provocando miseria, guerra y horror por todas partes. La humanidad proletaria no podía ni quería más capital ni Estado. La lucha contra todo el sistema social se generalizaba por doquier. El cambio revolucionario era realmente una necesidad social, la mentira solo podía consolidarse sobre la base de esa necesidad y gracias a un conjunto de ideologías, de propaganda y religión, que lograrían hacer pasar el viejo programa socialdemócrata como el «verdadero socialismo», es decir, el socialismo burgués típico del desarrollo del capital como sinónimo del «cambio deseado».

Justamente este es el gran mérito del Partido Bolchevique, el de aparecer en el mundo como un milagro, como el mesías al fin llegado a la tierra, para llevar el mundo al «socialismo» ideológico, sin cuestionar en absoluto las relaciones sociales de explotación preexistentes. Ese dualismo entre ideología y práctica social, entre cambio ideológico y continuidad real, había sido siempre el credo socialdemócrata. Los maestros Kautsky, Lenin..., siempre habían recitado tal oración / teorización como guía y fundamento del «programa». Queda claro entonces, que el argumento mismo de negación de los intereses por los que luchaba el proletariado estaba inscrito, genéticamente, en la constitución misma de la socialdemocracia. El proletariado «es economicista», por lo que son los intelectuales burgueses los que introducen la conciencia de lo que para ellos es el «socialismo»: justamente un «socialismo» que nunca cuestionó la sociedad mercantil, ni el asalariado y que tampoco tiene que tener en cuenta «los intereses economicistas» del proletariado. También por eso está en los genes de la socialdemocracia el hambrear al proletariado sin el menor escrúpulo, en nombre del «socialismo», de la conciencia introducida por Lenin y compañía.

Pero volvamos, por un momento, al instante mismo en que la revolución social expresa toda su potencia, en diferentes partes del planeta. Primero en México, luego en Europa y Asia, hasta que se concentra en Europa central y oriental y, particularmente, en Rusia y los territorios aledaños. Cuando la revolución social logra liquidar al zarismo y sigue avanzando, el mundo entero se ilumina: por todas partes se siente que vamos hacia una nueva era sin explotados ni explotadores, sin oprimidos ni opresores. La revolución mundial liquida la guerra imperialista y por todas partes surge la necesidad de constituir una verdadera internacional revolucionaria para liquidar para siempre el capitalismo y el Estado. En toda la gran Rusia, así como en Alemania, Hungría..., la revolución libra batallas decisivas y los proletarios del mundo sienten que, al fin, liquidaremos la sociedad burguesa y la dictadura de la ganancia capitalista. El mundo entero cree que lo que emerge de la «Revolución de Octubre», el poder bolchevique y sus primeros actos, forman parte de ese proceso revolucionario internacional.

Automáticamente se asocia a quienes se apoderan del poder con el poder mismo de la revolución social. El ejemplo de los sóviets como nuevo poder revolucionario, surgido del proletariado contra el Estado, aterroriza a la burguesía mundial, al mismo tiempo que da impulso y perspectiva clara a la lucha de los proletarios en ruptura con todas las estructuras de la burguesía para encuadrarlos. ¡Al fin tenemos organismos propios a nuestra propia lucha! En muchas partes del mundo se crearán consejos obreros y sóviets creyendo que la forma en sí de la organización proletaria garantiza la revolución.

La prensa proletaria de todo el mundo festeja, alborozada, la destrucción de la propiedad privada y la explotación en Rusia, la expansión revolucionaria al mundo entero. Lenin y los bolcheviques son el modelo mismo de revolucionarios que enfrentan a la socialdemocracia con las armas en la mano y luchan por una verdadera internacional revolucionaria que liquidará el Estado burgués y dirigirá, en lugar del capital, la humanidad liberada.

Los proletarios del mundo entero apoyan la acción directa contrapuesta al reformismo socialdemócrata, el derrotismo revolucionario contra la guerra y la paz capitalistas. Contra cada una de las reformas, el proletariado internacional afirma su necesidad de abolir la sociedad mercantil y la explotación del hombre por el hombre. Contra la «vieja organización socialdemócrata del movimiento obrero» parlamentarista, sindicalista, politicista, frentista..., el proletariado revolucionario vive y afirma la acción revolucionaria, la constitución de organismos territoriales propios frente al sindicalismo, la organización misma del proletariado en clase y por ello en partido frente a toda la política burguesa reformista, «de masas», de alianzas.

En Argentina, los revolucionarios de la «FORA comunista» contra los sindicalistas y parlamentaristas de la «FORA sindicalista» les gritan «si te agarra Lenin»; viviendo ya el momento en que la revolución proletaria le pasa por arriba a toda esa mierda sindicalista y reformista y, directamente, liquida toda la propiedad privada y el trabajo asalariado. Los comunistas alemanes del KAPD afirman las consignas revolucionarias contra el parlamentarismo, el sindicalismo, el frentismo y el reformismo, sintiéndose en la misma línea de los bolcheviques, aboliendo ya el trabajo asalariado y la mercancía.

En Alemania, que todo el mundo reconoce entonces como parte de la revolución ascendente, y en donde las rupturas con el socialdemocratismo y la contrarrevolución se viven como las más avanzadas: las organizaciones proletarias rompen violentamente con el reformismo, el parlamentarismo, el sindicalismo... La teoría de esa ruptura es afirmada por centenares de miles de proletarios en lucha; la socialdemocracia queda pegada del lado del Estado burgués defendiendo su parlamentarismo, su sindicalismo, su frentismo. El proletariado parece seguir afirmándose como clase, como fuerza rompiendo para siempre con los mecanismos socialdemócratas. Sectores y militantes del internacionalismo comunista, convencidos de que los bolcheviques están del mismo lado, enviarán varias delegaciones para coordinar y centralizar la revolución social internacional. Para ellos era evidente que los bolcheviques habían comenzado las tareas de la revolución proletaria, tal como ellos las habían concebido siempre: «Aniquilar la totalidad del aparato de Estado burgués, con su ejército capitalista dirigido por oficiales burgueses y feudales, con su policía, sus carceleros y sus jueces, con sus curas y sus burócratas, he ahí la primera tarea de la revolución proletaria» (del programa del KAPD, Partido Comunista Obrero de Alemania).

De esas delegaciones llegarán a Occidente las primeras versiones de que la cosa no es así, que todo eso es falso, que no se liquidó nada, que los bolcheviques se apoderaron de la dirección del Estado, para seguir desarrollando el capitalismo, que dejaron todo el aparato represivo intacto, que siguen los mismos milicos encerrando en las mismas cárceles, dirigidas ahora por los bolcheviques. Pero, por sobre todas las cosas, los revolucionarios denuncian que se reprime al proletariado y sus organizaciones, que se busca la máxima explotación posible, que los bolcheviques desarrollan el capitalismo, el taylorismo junto con el capital extranjero que les sirve de modelo... «En Rusia no existe la dictadura del proletariado, se trata de una dictadura sobre el proletariado.» También se van filtrando informaciones sobre los acuerdos de los bolcheviques con los diferentes Estados y potencias imperialistas y sobre los coqueteos del leninismo con toda la socialdemocracia mundial (incluidos los laboristas británicos a quienes se recibe suntuosamente en Rusia 1). Y como broche de oro, Lenin comienza a preparar La enfermedad infantil..., que será una defensa a­bierta del funcionamiento histórico de la socialdemocracia (parlamentarismo, sindicalismo, frentismo...) contra toda la ruptura que el proletariado mundial había ido produciendo en la calle, en la lucha, en la teoría revolucionaria.

Pero de más está decir que si la verdad no afloraba al mundo es por la potencia de la vieja religiosidad y por la gigantesca propaganda internacional. La vieja religiosidad zarista sería adaptada por los bolcheviques como si fuese su antítesis, solo así se puede hablar de un mundo «nuevo», cuando se repite lo mismo. Todo lo que se parece demasiado al zarismo, como el hecho de endiosar a los jefes de Estado, será presentado como antitético, los «padrecitos» del pueblo serán ahora antizaristas y «socialistas». Pero la estructura del poder del capital y el Estado, el autoritarismo y el verticalismo histórico es el mismo: el culto a la personalidad asegura que el soberano es uno solo.

El miedo de la burguesía mundial frente a la revolución real regocija al proletariado y contribuirá al mito de que el leninismo es justamente esa «revolución», como si fuera no solo lo opuesto al zarismo, sino al capitalismo. Esa idealización del leninismo como antítesis encajará a la perfección en el sistema ideológico mundial que tenderá a presentar como antitético lo que es exactamente lo mismo.

La enorme y gigantesca propaganda internacional de la supuesta «construcción del comunismo en Rusia» siguió imponiéndose de forma totalmente disociada de la realidad que se vivía en Rusia mismo. Mientras tanto, en Rusia: solo había más hambre, más miseria, más capitalismo y, sobre todo, mucha más represión y terro­rismo de Estado, que en toda la historia del despótico zarismo. Entonces, ¿de qué Revolución rusa nos hablan?



¿De qué Revolución rusa se habla?


De una novelita rosa, construida ideológicamente y que cuenta más o menos esto: en Rusia había un régimen social y político horriblemente tiránico... El proletariado se levantó y gracias al acceso al poder de los bolcheviques, que «cambiaron para siempre las relaciones sociales eliminando la explotación del hombre por el hombre, el país se hizo socialista».

Lo más increíble es la disociación entre la real evolución social y la ideología fantástica, religiosa, milagrosa... de que se habría instalado el «socialismo», o al menos un «Estado obrero», que habría realizado reformas a favor de los proletarios. Quienes creen en el «mito milagroso» de los bolcheviques cambiando al mundo no tienen pelos en la lengua para afirmar el carácter «milagroso», «sobrenatural»... de esa ideología. No se discute sobre la realidad social, sino que todo se basa en la información que se transmite desde arriba del poder del Estado para abajo: la verdad revelada no se discute. Como caricaturizará Orwell en 1984, el Ministerio de la Verdad se encarga de cambiar la realidad en función de los intereses de la opresión y la esclavitud.

Como lo hemos afirmado en todas nuestras publicaciones anteriores2, los bolcheviques nunca iniciaron ninguna transformación social digna de ese nombre, sino que mantuvieron intacta la estructura del capital en su integralidad. Toda la política social y económica de los bolcheviques se concentró en el desarrollo de las tareas democrático-burguesas, que siempre habían proclamado como indispensables. En ese sentido trataron de organizar toda la estructura económica en función de atraer capitales internacionales y la realización de grandes trabajos, extendiendo la explotación asalariada (y neo-esclavista) a todos los rincones en los cuales el zarismo no había cambiado gran cosa en décadas.

Ni siquiera las reformas económico-sociales que los bolcheviques fueron implementando favorecieron en nada al proletariado, al contrario, lo perjudicaron. Desde el principio, se sometió al proletariado a condiciones infernales de subsistencia que favorecían indiscutiblemente la tasa de explotación social y, por supuesto, la tasa de ganancia del capitalismo en la URSS. A su vez, los bolcheviques ofrecieron al capital mundial que se reproducía en ese espacio geográfico las mejores condiciones posibles de reproducción y de ganancia. Es decir, a través de las concesiones internacionales al capital imperialista de diferentes países, que en continuidad con el zarismo aplicaron los bolcheviques desde el primer día que controlaron el poder, el desarrollo del capitalismo fue ejemplar y atractivo para el capital mundial3. Los bolcheviques ofrecieron una fuerza de trabajo lo más barata posible en base al asalariado, combinado con formas semiesclavistas de producción inmediata gracias al trabajo forzado, al terror de Estado y los campos de concentración. Fueron esas terroristas relaciones de explotación capitalista, a ritmo forzado y brutal, lo que permite explicar luego las altas tasas de crecimiento económico del capital. Fue eso lo que, a su vez, hizo posible el asentamiento del mito religioso del «milagro socialista» basado, precisamente, en el crecimiento acelerado de la época estalinista.

Es decir, la mitología sobre la «revolución que habría cambiado Rusia y el mundo» no se basa en absoluto en hechos reales, que hubieran cambiado la sociedad o, al menos, favorecido de forma reformista al proletariado. Bien por el contrario, la mitología se basa en una necesidad social totalmente frustrada y compensada por la necesidad del capital mundial de encontrar los mesías que el proletariado esperaba. Es decir, para asumir el papel histórico de la socialdemocracia como partido de la burguesía para los proletarios. Como en todas las épocas históricas, la dominación de clase requiere renovarse, «cambiar algo para que todo quede como está”. Los bolcheviques, presentados ante el mundo como «socialistas radicales», cuando no habían sido más que socialistas demócratas, que socialistas burgueses, cumplirán esa misión, no solo dándole continuidad al Estado capitalista, sino a todo el sistema de sumisión religiosa que había hecho posible la sumisión al zarismo.

El «socialismo» como mentira sobre la sociedad misma no hace referencia nunca a las relaciones sociales de producción: se inventa que todo eso de la abolición de la mercancía, del trabajo asalariado y el Estado solo empieza en otra fase que llaman «comunismo». Pero en los hechos se da como por sentado que el «socialismo» es mercantil y ni se hace referencia a la realidad social que se vive. El «socialismo» que corresponde a la mitología, el «socialismo» leninista, solo se mide en toneladas de acero producidas, en grandes trabajos, en el «fantástico desarrollo de las fuerzas productivas «socialistas»». Para el poder lo importante era mostrar que eran más efectivos productivamente que los (otros) países capitalistas. ¡Aunque también eso era mentira, como se constatará más tarde! Tampoco importa, durante más de sesenta años solo hablaban de las realizaciones técnicas y las glorias del trabajo productivo, pero nunca de la revolución social. Es lógico que no pudieran hablar, porque la llamada «revolución» no era más que una caricatura política (tiranía). La verdadera revolución social nunca tuvo lugar y sus ensayos balbuceantes fueron ahogados en sangre por los bolcheviques4.

Por supuesto, que para ello, el capital mundial debió confeccionar y financiar el mayor aparato de propaganda de la historia. Ese «socialismo», tipo campo de concentración generalizado, fue un gran negocio para la burguesía mundial. El extraordinario resultado de dicha propaganda, que simultáneamente a la presentación del paraíso terrestre que estaba en construcción escondía la terrible realidad de miseria, explotación y opresión, fue posible porque dicha propaganda encontró receptividad en la religiosidad misma del proletariado y por la adaptación generalizada de todas las religiones anteriores a la religión del «socialismo bolchevique». Cuanto más se sometía al hambre y la miseria al proletariado, más los símbolos religiosos se hacían omnipresentes.

Uno de los primeros observadores internacionales que visita Rusia en la primera hora5, luego de constatar la terrible miseria y opresión del proletariado, en ese país, en 1920, impresionado por el culto a la personalidad y la religiosidad de los primeros años del bolchevismo escribirá:


Excusamos repetir que, en todas las dependencias oficiales y edificios del Estado, que eran numerosísimos, los bustos de Carlos Marx se prodigaban con una copiosidad fetichista. No se entraba en dependencia u oficina, ni se pasaba por delante de un edificio del Estado, sin que el busto del fundador del materialismo histórico no hiciera los silenciosos honores del recibimiento. No obstante, puede decirse que no eran nada los bustos tan profusamente distribuidos si los comparamos con la cantidad de retratos del mismo Marx, Lenin, Trotsky y Zinoviev que se veían por todos los sitios. La colocación era en grupos de tres, advirtiendo que dos de ellos, el de Marx y el de Lenin, casi nunca faltaban y, en todo caso, si faltaba uno de los dos, era el de Marx. Para el de Lenin no hallamos ni una sola excepción. Los que variaban con frecuencia eran los de Trotsky y Zinoviev. Según la influencia que gozara cada uno de ellos en la organización o dependencia aludida, figuraba el retrato del predilecto. De banderas rojas no hablemos. Las había a millares. En el interior y en el exterior, en todos los rincones, no se veía otra cosa que banderas rojas. Mientras las paredes estaban revestidas de tela roja los rusos paseaban por las calles semidesnudos.


Todas las tiranías, todos los despotismos de todas las clases dominantes de la humanidad, se caracterizan por lo mismo: como no les interesa dar pan, dan circo y mucho opio religioso. La imagen y el culto de la imagen superior consolidan ideológicamente la pirámide autoritaria y clasista. Desde los faraones egipcios, a Gengis Khan, desde las monarquías europeas a los aztecas..., la pirámide autoritaria tiene un solo soberano en su vértice. La religión marxista leninista, como toda nueva religión, requiere presentarse como la antítesis de todo lo anterior, pero en realidad es un resumen de todas las religiones y opios históricos. Pan no dan, pero sí dan símbolos, estatuas, retratos, homenajes, banderas, actos fantásticos, desfiles militares, himnos, congresos... La hoz y el martillo, como herederos del sacrificio holocaustico judío y de la cruz cristiana (¡no debiéramos olvidar que contiene a un tipo torturado y sacrificado en la cruz!), que adornarían desde entonces todos los centros del poder leninista, siempre serán acompañados con retratos de diferentes personajes (Lenin, Stalin, Trotsky, Zinoviev... y luego una larga serie de imitadores: Mao Tse Tung, Ho Chi Min, Kim il Sung, Enver Hoxha, Fidel Castro, Pol Pot...) que representan el poder absoluto del sacrificio pedido por el capital para la conquista del mundo «socialista» de los cielos.

La observación del anarcosindicalista Pestaña contiene en realidad una profundidad y una substancia que ni él mismo podía hacer más explícito ni entender en su cabalidad. Si por todas partes las paredes estaban revestidas de telas rojas, de hoces y martillos y de fotografías de Lenin, Trotsky, Zinoviev, Marx..., mientras no había tela para vestir a los proletarios, era precisamente porque lo único de «socialista» que podían ofrecer al proletariado era precisamente simbólico. No podían, ni querían, ofrecer nada real, material, palpable; solo se proyectaban imágenes, copias, retratos, espectáculo… El proyecto social bolchevique era más miseria y más hambre en el mundo real de hoy. Y, simultáneamente, mucha proyección ideológica simbólica sobre el reino de los cielos socialista a venir.

¡Cuanto más antitético era el socialismo, como mundo perfecto, con la realidad vivida, más el leninismo aparecía como antitético al zarismo en lo ideológico! Los retratos, los símbolos como la hoz y el martillo, las banderitas rojas grandes, chicas y monumentales, los desfiles militares, eran lo único «material» que podía religar (religión) a los sacrificados proletarios de «hoy» con el paraíso futuro. También aquí, como en general en todo el terrorismo de Estado, Stalin no ofreció nada realmente nuevo con respecto a la religión marxista leninista, con respecto a los personajes anteriores: Lenin, Zinoviev, Trotsky...

El culto a la personalidad y la religiosidad del leninismo es siempre continuidad con la opresión secular (por eso oficialmente se le atribuyen al jefe de Estado las mismas facultades que todos los opresores del pasado) y, al mismo tiempo, antítesis para afirmarse como «nueva religión» y «mundo nuevo y socialista». Lo del «zar del pueblo» y «dios de los oprimidos» reúne todo lo necesario al leninismo para tener un dios antitético.

La contradicción entre la realidad y el mundo de los cielos prometido, entre la horrible realidad material y la ideología leninista, es tan antagónica como en el judeocristianismo clásico y sus derivados. Pero el modelo de gestión religiosa de esa contradicción sigue siendo el mismo. En lo práctico, como dijimos, el leninismo no combatió nunca el capital y la explotación y la dominación de clases. Al contrario, hizo todo lo posible por imponer las mejores condiciones de desarrollo del capital y utilizó para ello todos los mecanismos históricos de la dominación de clases. Es por eso que hizo de la ideología la cuestión central del poder. Todo fue ideológico: los discursos, las consignas, las leyendas, los símbolos, las banderas, la transmisión internacional del dogma. En ese cuadro, la religión judeocristiana, que había servido tanto a la dominación histórica y zarista, también se pone en el centro de la dominación y sumisión de toda la población productiva.

El zarismo había logrado siempre «salvar» al zar como persona frente a la lucha y la crítica social que el proletariado realizó durante un siglo de dominación aristocrática; al zar siempre se lo concibió como que «el que estaba más allá”. Era el «zar dios», el padrecito, el batiushka, «el bondadoso de los pobres». Todos los medios de la época recitaban: «Había sido designado por Dios y no podía tener la culpa de nada. Si se producía alguna maldad, sería siempre aprovechándose de la buena fe o del desconocimiento del zar, bastaría comunicarse con él para que acudiera presuroso a resolver el entuerto». Es esa esperanza en ir hablar con el padrecito, y no la guerra social contra el zarismo, lo que produce el famoso domingo sangriento, el 22 de enero de 1905. «Los obreros, con sus mujeres y sus hijos, acudían a pedirle al padrecito zar que los escuchara, que viera su sufrimiento y se apiadara de ellos. Había aire de fiesta. No había armas. Por no haber, no había ni banderas ni discursos. Llevaban iconos religiosos, y los sacerdotes iban con ellos. La guardia de palacio respondió con fuego de fusilería.6»

También a Lenin se lo pondrá más allá de las contradicciones materiales (incluyendo las contradicciones entre los propios bolcheviques). La ideología leninista incluye a Lenin como si fuese la garantía del «reino de los cielos», del «más allá”. Todo lo que Lenin dijo es por esencia verdad revelada, dogma incuestionable. Al «zar de los pobres» también se le llamará el «padrecito» (aunque luego Stalin monopolizó dicha denominación como ¡«el padrecito de acero»!). Como con el zar, también se tratará de disculparlo de los problemas materiales (el hambre tenía que ser una fatalidad, y dentro de la misma había muchos corruptos, pero de niveles mucho más bajos, que pagarían con su vida), como si estuviera en la esfera del «más allá”, frente a las atrocidades reales. Luego se terminará culpando a sus discípulos, o culpándose entre sus discípulos (como hicieron Trotsky y Stalin), pero al supremo Lenin nunca se lo cuestionará. Los retratos divinizados de Lenin ocuparán exactamente los mismos lugares que los del zar y las cruces católicas, en todos los centros de dominación y en las casas de los pobres.

El culto de Lenin será igual o más generalizado que el de todos los zares anteriores. Sus retratos, imágenes, banderas, ocuparán los lugares centrales del poder (sedes oficiales, locales del partido, ejército, ministerios, comisarías, escuelas, bancos...), como habían hecho todos los zares, pero también lo que mejor corresponde a una antítesis obrera: los locales del «internacionalismo proletario» (es decir, los de la Tercera Internacional, de la Internacional Sindical Roja...) y de los «proletarios» (locales sindicales, de los sóviets...). Lo más «nuevo» y antitético es que el leninismo impondrá el monopolio total y no habrá otros partidos, otros símbolos, otros retratos. En los periódicos, las radios, los locales regionales..., en donde el zarismo siempre había tolerado las oposiciones democráticas, desde que se consolida el leninismo sólo habrá símbolos del poder y retratos oficiales.


Propaganda, religión, represión


Mentiras repetidas mil veces, creencia, propaganda, religión... constituyeron una verdadera capa que siempre sirvió para esconder la realidad social misma. ¡El opio de los pueblos llevado a su máxima expresión!

La realidad capitalista y la represión del proletariado en Rusia siguieron siendo ignoradas. Frente al «socialista» mundo de los cielos, la realidad no interesa demasiado. Internamente, a quien no aceptaba el dogma se lo eliminaba o se lo condenaba a trabajos forzados de por vida. Y sucedió como en las colonias americanas y africanas, en donde se llega a la paradójica situación que los negros e indígenas terminan, algunas generaciones más tarde, más cristianos que los blancos. En Rusia, los primeros resistieron por todos los medios, y la matanza y la internación en los campos fueron generales. En las generaciones posteriores, el terrorismo de Estado logró efectos más automáticos y muchísimos pobres, tanto en las ciudades como en el campo, creerían en el «milagro socialista» (¡que no veían con sus ojos!), y rezarán por el «padrecito» en el poder (Lenin, Trotsky, Stalin), e incluso habrá (más allá de la falsificación y propaganda) «juventudes voluntarias» para el trabajo, estajanovistas, brigadas estatales y todo un conjunto de «proletarios», organizados por el poder, que obtendrán algunas migajas a cambio de considerarse parte del mismo... En términos imperialistas también será reconocida la capacidad del modelo leninista para producir carne de cañón proletaria para la guerra mundial.

Como a los indígenas que liberan de las reservas cuando muestran un nivel suficiente de sumisión y ciudadanización o, mejor dicho, «patas» suficientemente blancas; en Rusia también hubo períodos en los que el terror estatal terminó combinándose con alguna adhesión ideológica al mito del «socialismo». Pasarán varias generaciones para que este sentimiento sea, a su vez, negado socialmente y que otra vez predomine el absentismo laboral, el chiste, la ridiculización, la burla sobre el «socialismo»; hasta que la religión misma se hiciera pedazos y se volviera a hablar y cuestionar, al menos parcialmente, la realidad de explotación y opresión.

Internamente no se puede dudar de la eficacidad, a largo plazo, del terrorismo de Estado y los campos de concentración, bien cimentados por la religión leninista. En cambio, es mucho más difícil de explicar cómo la religión marxista leninista se impuso en el mundo, sin hacer referencia al financiamiento mundial que siempre tuvo la socialdemocracia, y los bolcheviques en particular, así como al control histórico que esa izquierda siempre tuvo de los medios de difusión y fabricación de la opinión pública. Pero esto nos llevaría a otros elementos de nuestra investigación, que no tenemos todavía suficientemente clarificados y por lo que hemos decidido no entrar en ellos en esta publicación. Concentrémonos ahora en el aspecto más religioso de esa creencia en el mundo «socialista». Porque efectivamente nuestra primera constatación es que quienes, en el extranjero, más consecuentemente apoyaron la «revolución bolchevique», sin ser parte interesada (como era el caso de la burguesía que hacía negocios con los bolcheviques o la socialdemocracia de izquierda), no conocían gran cosa de lo que pasaba, sino que repetían las versiones oficiales como parte de un verdadero milagro.

No pudiendo dedicar mucho espacio a esta cuestión, tomamos un solo ejemplo que, como veremos, es sumamente significativo: Emma Goldman. Estando presa en Estados Unidos, y sin conocer nada de la realidad misma (en realidad solo conoce la versión dada por los medios de difusión dominantes en el mundo), aceptará la versión oficial. Incluso sabiendo vagamente que sus compañeros anarquistas rechazan el bolchevismo y están perseguidos, amenazados (es difícil saber hoy si Goldman tenía una idea clara de la brutal represión a la que eran sometidos ya), en Rusia. Su primera reacción es creer en la versión oficial. En su primer «aporte» escrito en 1918, Goldman reafirma su creencia en base al «milagro» bolchevique, que denomina «obra gloriosa». Lo más impresionante, para alguien que se define como anarquista, es que llega hasta a pensar que ese milagro contiene otro todavía mayor, dado que nunca se había producido en la historia de la humanidad: ¡que los contrarrevolucionarios se habían vuelto revolucionarios! «Socialdemócratas marxistas, Lenin y Trotsky adoptan una táctica revolucionaria anarquista, mientras que los anarquistas (Kropotkin, Cherkessov, Chaikovsxzky...) critican esta táctica adoptando un razonamiento marxista». Su texto no contiene explicación, sino solo la glorificación, no contiene hechos sino revelación de un verdadero «milagro». Por eso, sin ninguna referencia explícita a la realidad social, ni a una sola cuestión revolucionaria en lo social (¡no tenía ningún ejemplo concreto de negación del dinero, del Estado, del mercantilismo, porque no había!), repite la «verdad revelada» tal como el leninismo la transmite. Goldman reproduce lo que el socialismo burgués internacional transmite oficialmente: «Es una revolución socialista radical».

En media página habla de «milagro» cuatro veces y no solo repite la historia oficial, sino que le agrega color, glorificación y elementos que son claramente falsos: «Bolchevique es una palabra rusa. Designa a los revolucionarios que representan los intereses de los grupos sociales más importantes y defienden las reivindicaciones sociales y económicas maximales para esos grupos». ¡Goldman sabía que bolchevique no quería decir más que «mayoría» y que, históricamente, ese partido nunca había sido maximalista! También debiera saber que esa historia oficial, de bolcheviques revolucionarios y mencheviques reformistas, es una leyenda mentirosa, que, de paso, niega la larga historia anterior de los grupos revolucionarios, maximalistas y anarquistas. Es decir, propaga la gigantesca mentira de que el socialismo, en Rusia, solo era socialdemócrata y que los bolcheviques representan realmente a los grupos sociales más importantes y radicales, cuando sabe perfectamente que en la realidad histórico social rusa siempre habían sido los socialistas-revolucionarios (especialmente los maximalistas y los anarquistas) los que expresaron y defendieron esos intereses.

Goldman está tan enceguecida por su misticismo y el «milagro de la revolución rusa» que liquida todo principio revolucionario. No tiene problema en tratar de expandir la mentira bolchevique sobre su radicalidad y termina justificando la paz imperialista de Brest y por supuesto la represión abierta de sus propios compañeros. He aquí su declaración: «Los revolucionarios más radicales... organizan la tendencia bolchevique que se opone a la de los mencheviques... Luego se produce el milagro de los milagros, la Revolución rusa de 1917». E insiste: «La Revolución rusa representa realmente un milagro. Todos los días ella demuestra hasta qué punto todas las teorías son insignificantes, en comparación con la agudeza de la toma de conciencia revolucionaria del pueblo» ... Este desprecio de la teoría está implícito en el oportunismo leninista en expansión, que Goldman reproduce. En los hechos, no es solo un desprecio de la teoría, sino de lo que sucede prácticamente en la sociedad en nombre del «pueblo» e inmediatamente de «lo que es posible». El leninismo es fundamentalmente política de lo inmediato y de la oportunidad.

Pero Goldman va mucho más lejos en la defensa de los intereses del Estado ruso y los bolcheviques. Llega a justificar la paz de Brest-Litovsk, repitiendo todo el dogma oficial. Por supuesto que nos explica que es una calumnia decir que Lenin / Trotsky son espías y/o favorecen los intereses del Imperio alemán. Tampoco aquí habla de hechos reales (ni del financiamiento alemán a la vuelta de los bolcheviques, a su propaganda derrotista y al «tren blindado») sino que solo menciona que todo es una calumnia y concluye: «La traición de los aliados que abandonaron al pueblo ruso autoriza a los bolcheviques a concluir una paz separada. Así, luego de haber rechazado a los aliados, no tuvieron vergüenza en declarar que quieren una paz separada» ...Tampoco se menciona que el «Octubre bolchevique» se había hecho contra la «paz separada» que quería hacer el gobierno de Kerensky (también en negociaciones con todas las fuerzas imperialistas). Una vez más, Goldman hace poca o nula referencia a hechos reales y repite los credos oficiales.

Tampoco hace referencia a la guerra social que se seguía desarrollando en Rusia contra el Estado y las tentativas de paz separada bolchevique. No menciona que desde el principio los bolcheviques reprimieron abiertamente a quienes se oponían a esa paz, que los principales reprimidos eran sus compañeros socialistas-revolucionarios, maximalistas y anarquistas. Sin embargo, sí menciona las divergencias de los más conocidos anarquistas rusos como Babouchka Breshkovskaia, Piotr Kropotkin7... para explicarnos que su «hostilidad a los bolcheviques» se debe a que ¡todavía no han comprendido! Una vez más no se refiere a los hechos que estos denuncian, sino a la comprensión ideológica global incluida en la versión oficial bolchevique.

Como se sabe, Emma Goldman junto con Alexander Berkman serán deportados a Rusia en diciembre de 1919. Ambos llegarán encandilados por la fe en los bolcheviques, serán recibidos con honores gubernamentales y frecuentarán los círculos del poder (hoteles, coches oficiales, charlas con los grandes jefes del Estado...). Pero en poquísimo tiempo, en contacto con la realidad y los hechos, toda aquella mitología ideológica se vendrá abajo. Conocieron en vivo y en directo el brutal sufrimiento del proletariado (hambre, requisiciones, persecución, represión, arbitrariedad, campos de concentración...), vivieron el brutal choque de constatar que su «propia gente» (amigos, contactos, familiares) sufría impresionantemente, y las imágenes milagrosas que tenían del leninismo se hicieron añicos. Eso los conducirá a una contraposición con el Estado leninista que se seguirá agrandando hasta el momento culminante: cuando el Estado dirigido por Lenin / Trotsky masacró la revuelta proletaria de Kronstadt (Berkman y Goldman se habían propuestos como mediadores entre el proletariado insurrecto y el Estado). Unos meses después escaparán de Rusia antes de que los masacren a ellos mismos.

Ambos militantes pasarán el resto de su vida denunciando la mitificación y el conjunto de mentiras que el mito bolchevique había provocado y al cual ellos mismos habían sido sometidos. Lo harán en El mito bolchevique (Berkman), Mi mayor desilusión con Rusia (Goldman), así como en muchos otros textos y charlas. En todos esos materiales, en términos muy concretos de la vida cotidiana, y también en textos más teóricos explican en detalle que todo lo que se dice en el exterior sobre los bolcheviques es mentira, que todo lo que cuentan del supuesto «socialismo» es una farsa y que el Estado leninista se caracteriza por el terrorismo de Estado.

Goldman dirá, por ejemplo, en Mi mayor desilusión con Rusia: «Es a la vez el gran error y la gran tragedia de la Revolución rusa, el haber apuntado (liderando el partido político regente) a cambiar solo las instituciones y condiciones, mientras que ignoraba completamente los valores humanos y sociales involucrados en la revolución. Peor aún, en su loca pasión por el poder, el Estado comunista incluso buscó reforzar y profundizar las mismas ideas y concepciones que la revolución había empezado a destruir. Apoyó y alentó las peores cualidades antisociales y destruyó sistemáticamente el reciente despertar de la conciencia acerca de los nuevos valores revolucionarios. El sentido de justicia e igualdad, de amor a la libertad y de fraternidad humana esos fundamentos de la regeneración real de la sociedad, fueron suprimidos, al punto de su exterminio, por parte del Estado comunista».

Evidentemente la ruptura con el leninismo se produce por el contraste entre la mentira oficial y la realidad social (ignoraba completamente los valores sociales involucrados en la revolución), pero no llega a ser una crítica radical y global. Tanto Goldman como Berkman seguirán haciendo enormes concesiones a la mitología bolchevique. El «anarquismo ideológico» sigue criticando principalmente el autoritarismo del Estado, sin llevar el análisis social hasta las determinaciones mismas del capitalismo: tasa de ganancia del capital. Por eso, en vez de explicar el despotismo Estatal como propio del capitalismo leninista y sus necesidades de acumulación violenta, se sigue utilizando la terminología religiosa y se preserva el dogma oficial de que el «Estado» pudiera ser «comunista». Justamente estas concesiones, esta falta de ruptura, está mostrando hasta qué punto se había creído en lo milagroso de la «revolución leninista». No se puede concebir de otra manera esas frases absurdas y tan contradictorias como «Estado comunista» o el tipo de conclusiones ideológicas a las que arriba Goldman: «La idea del Estado, el principio autoritario, se encuentra en bancarrota tras la experiencia de la Revolución rusa» o «La idea del Estado asesinó la Revolución rusa». ¡Como si la idea pudiera asesinar, como si la idea pudiera dirigir el mundo y no fuese al revés: los intereses de clase son los que determinan las ideas de los dictadores y déspotas!

Dejando de lado esta debilidad de la ruptura teórica, programática, hay que subrayar que al menos Goldman y Berkman llegaron a romper orgánicamente («prácticamente») con el leninismo y fueron muy mal tratados por eso. Pero ¿cuántos de los que creyeron que los bolcheviques eran los mesías del socialismo, que cantaron loas al milagro bolchevique, pudieron constatar su creencia con la realidad? ¡Uno, dos, tal vez tres, en millones, en muchos millones! La mayoría, la amplísima mayoría, por no decir la unanimidad, salvo algunos casos aisladísimos, no tuvieron la suerte de Goldman y Berkman, no fueron a Rusia ni podían vivir la verdad social rusa. Por ello no podía hacer otra cosa que seguir repitiendo religiosamente lo que venía del aparato bolchevique. En efecto, como todo Estado religioso, solo autorizaba la repetición. Lo que venía del aparato (podríamos agregar del vértice superior del aparato) había que transmitirlo sin ninguna modificación. El dogma no está sujeto a ningún cuestionamiento ni discusión, es como en la Edad Media o en un ejército en plena batalla: sino obedeces, te barren. La sabiduría marxista leninista fue, por su propia naturaleza y constitución, «verdad revelada» por «el supremo». Había que transmitir, repetir, obedecer y, en caso contrario, se sufría la represión en cualquier parte del mundo. Eso fue el leninismo, eso fue progresivamente la izquierda burguesa sometida al leninismo durante cien años, que la fagocitaba con todo tipo de frentismo (unido, único, antiimperialista, popular...).

A propósito de esto último, Goldman, cuando sale de Rusia, no puede volver más, tampoco puede volver a Estados Unidos, de donde había sido deportada... y en Europa tuvo muchísimas dificultades para hacerse con papeles legales. ¿Por qué? Porque toda la izquierda burguesa europea (¡siempre obediente del leninismo!) la denunciaba por todas partes y le cerraba todas las puertas legales en Europa. ¿Por qué? Por sus críticas al Estado bolchevique, diciendo (¡cuándo no!) que Emma Goldman «servía a la derecha» (1925). En los años siguientes, toda la izquierda controlada por el «marxismo leninismo» boicoteará sus actos y sus publicaciones, con ese mismo argumento, hasta un enfrentamiento todavía mayor con la «cuestión española»...

La expansión de la mentira leninista, del mito «socialista», tiene, más allá de la voluntad derivada del propio Estado leninista, todas las características históricas de las viejas religiones, aunque evidentemente sea en los hechos una «nueva» religión que genéticamente contenga toda la genética ideológica de las viejas: los papas, los creyentes, los símbolos, las banderas, la pirámide autoritaria, el dogma como única verdad revelada...

El obediente «creyente» marxista leninista no perderá la fe hasta que se le venga encima toda la estantería. Durante un siglo seguirá repitiendo lo oficial, la mentira «socialista», independientemente de todo lo que vive en su vida práctica. Esa fe lo transformará en defensor, a toda prueba, del capitalismo y, en particular, lo hará un agente objetivo del Estado imperialista ruso (¡así como luego, de los otros Estados que se definieron así!), como fueron todos los P«C» del mundo. Y lo hará hasta niveles patológicos, como todo creyente. «La fe se puede definir en pocas palabras como la propensión a creer, contra toda lógica, que sucederá lo improbable. Por lo tanto tiene un regusto patológico. Se aparta del mecanismo normal del intelecto e ingresa en el reino tenebroso de la metafísica trascendente. El hombre lleno de fe es sencillamente aquel que ha perdido (o no ha tenido jamás) la facultad de razonar de forma clara y realista. No es un simple asno: está realmente enfermo. Peor aún, es incurable, porque el desencanto, que es en el fondo un fenómeno objetivo, no puede modificar definitivamente su dolencia subjetiva. Su fe asume la virulencia de una infección crónica. Lo que dice, en esencia, es lo siguiente: «Confiemos en Dios, quien siempre nos embaucó en el pasado 8

La burguesía mundial, más allá de la mística y publicitada polarización con el «oso ruso», que roba niños, o del supuesto «comunismo» como sinónimo de despotismo, recibió con mucha admiración esa forma de domesticar a las masas que siempre mostró el leninismo. Los sectores más lúcidos supieron siempre diferenciar lo favorable que era el leninismo para los negocios, de la religión oficial, que rechazaban. A pesar de ello, siempre la comprendieron como metodología de domesticación, como el necesario opio de los pueblos. En todos los casos, los negocios internacionales fueron favorecidos por esa domesticación y por la apertura a los grandes trabajos en Rusia, donde los principales bancos y empresas del mundo participaron. La esclavitud y el hambre del proletariado ruso beneficiaron a todo el capital invertido en el país9.

El más entronado economista burgués, John Maynard Keynes, visitante e interlocutor privilegiado por el poder de la Rusia de Lenin, Trotsky y Zinoviev, expresará con sorprendente conciencia (de clase) y crudeza esa realidad:


El leninismo es una mezcla de dos cosas que los europeos, desde hace siglos, colocan en cajones diferentes del alma: la religión y los negocios. La religión nos choca porque es nueva, y despreciamos sus negocios porque están infeudados a la religión (en lugar de que sea lo contrario)... Como todas las religiones nuevas, el leninismo saca su potencia, no de la masa, sino de una pequeña minoría de adeptos entusiastas recientemente convertidos, cuyo celo y fanatismo multiplican sus fuerzas, haciendo que cada uno de ellos iguale a muchos indiferentes. Como todas las religiones nuevas, es dirigido por aquellos que saben conciliar el espíritu nuevo, a veces, con total sinceridad, con la visión estrecha de sus seguidores; por políticos que poseen todos una buena dosis de cinismo, que son capaces tanto de sonreír como de amenazar, experimentadores inconscientes que por su religión no pueden ser sinceros ni piadosos, pero que poseen una visión neta de los hechos y del sentido del oportunismo... Como todas las religiones nuevas, parece retirar de la vida de cada uno todo color, alegría y libertad, y aportar, a cambio, la tristeza que se encuentra en las caras hoscas de sus devotos. Como todas las religiones nuevas, persigue, sin justicia ni indulgencia, a todos los que oponen una resistencia activa. Como todas las religiones nuevas, no tiene escrúpulos. Como todas las religiones nuevas, da pruebas de un ardor apostólico y de ambiciones ecuménicas. Pero hablar del leninismo afirmando que representa el dogma de una minoría de fanáticos, conducidos por algunos hipócritas que no reculan ante ninguna persecución o propaganda, implica decir que no hay solo un partido político sino una religión, que Lenin es un Mahoma y no un Bismarck...


Sin embargo, a pesar del rechazo que Keynes hace de la religión leninista, está bien decidido a apoyar «la economía» de los bolcheviques. Es decir, a dejar de lado la religión que lo opone a los bolcheviques para apoyarlos en los negocios. El mismo artículo concluye así: «Pues, a fin de cuentas, yo preferiría, si fuese ruso, poner mi actividad al servicio de la Rusia de los sóviets, en vez de ponerla al servicio de la Rusia de los zares. No podría tener más fe en el nuevo dogma que en el viejo. Detestaría tanto los crímenes de los nuevos tiranos como los de los viejos. Pero tendría la impresión de fijar mi mirada en las posibilidades futuras en lugar negarlas. Me diría entonces que no habría nada que esperar de la crueldad y la bestialidad de la vieja Rusia, pero que, tal vez, bajo la crueldad y bestialidad de la Nueva Rusia se esconda un átomo de ideal».

Esas sentencias resumen el comportamiento de la burguesía mundial. Si descartamos a los grandes burgueses norteamericanos y europeos, que al principio del leninismo ya se llamaban «socialistas» y simpatizaron con Lenin, por la prosperidad de sus negocios e inversiones en Rusia, ese fue el razonamiento de la gran mayoría: «Odiamos vuestra religión, pero, en el fondo, mientras se puedan hacer buenos negocios, preferimos poner nuestra actividad al servicio de la Rusia de los sóviets que al servicio de la Rusia zarista». Los grandes medios siempre fueron tolerantes con los «comunistas». Por eso compartieron el pacto de silencio sobre los campos de concentración y exterminio leninista, que durante décadas solo denunciaron minorías de revolucionarios. El propio libro de Ciliga, El país de la mentira desconcertante, que decía la verdad sobre el leninismo, nunca fue editado o reeditado por los grandes medios burgueses a pesar de ser, cuando fue publicado, la más consecuente denuncia del terrorismo de Estado ruso.

Además, para muchos era mucho más rentable y, también, se lograban acuerdos políticos y militares e incluso hacer la guerra imperialista del mismo lado (¡sin dudas el mismísimo Hitler llegó a pensar así cuando firmó el pacto con Stalin!). Por otra parte, siempre está el beneficio político incuestionable de la religión leninista: mientras el proletariado crea que ese sistema general de trabajo basado en los campos de concentración es el socialismo «podemos dormir muy tranquilos, no hay ningún riesgo de que haya imitaciones revolucionarias». La religión leninista cumplió cabalmente con su función de opio del pueblo. Gracias a ello, el capitalismo se afianzó durante un siglo más.





Anexo


El sitio oficialista y estalinista, que citamos abajo, deja clarísimo que fueron los mismos bolcheviques, desde el principio, los que proclamaron que Lenin era el nuevo «zar del pueblo» y que su origen es divino. https://moscudelarevolucion.blogspot.be/search?q=kaplan:


La rápida recuperación de Lenin fue considerada un milagro por la prensa bolchevique. (...) Bujarin, editor de Pravda, llegó a decir que Lenin se había negado a recibir ayuda después del tiroteo y, «con los pulmones traspasados, todavía derramando sangre», había regresado al trabajo inmediatamente para asegurarse de que la «locomotora» de la revolución no se detenía. Zinoviev, en un panfleto especial destinado a la distribución masiva, presentó a Lenin como el hijo de un campesino que había «hecho la revolución»: «Es el elegido entre millones. Es dirigente por la gracia de Dios. Un dirigente así nace una vez cada quinientos años en el transcurso de la humanidad». (...) Fue el inicio del culto a Lenin; un culto planificado por los bolcheviques, aparentemente contra la voluntad de Lenin, para promocionar a su dirigente como «zar del pueblo».

Según algunos, presentaba reminiscencias del antiguo culto al divino zar. Se retrotraía a la práctica medieval de canonizar a los príncipes que eran asesinados mientras servían a Rusia. Pero el culto a Lenin fue nuevo, pues se nutrió de mitos folclóricos de los dirigentes populares contrarios al zar, tales como Stenka Razin o Emelian Pugachov, bendecidos con poderes mágicos y semejantes a los de Cristo. (...) «Lenin no puede estar muerto declaró uno de sus hagiógrafos el 1 de septiembre, porque Lenin es la sublevación de los oprimidos. En la medida en que viva el proletariado, Lenin vive.»



Hambre y negocio


El hambre, en el capitalismo, no es nunca una fatalidad, como dicen la religión y los ideólogos. Es un negocio. Desde el origen del capital, separar al proletariado de los medios de vida (creación del obrero «libre») fue importantísimo para someter al proletariado al trabajo capitalista. Las requisiciones forzadas instauradas por el leninismo desde el principio servían precisamente para eso, para hambrear, abaratar la fuerza de trabajo, someterla, ofrecer mejores condiciones de rentabilidad... La «guerra civil», también presentada como una fatalidad o atribuida a «los blancos», resulta precisamente de esa expropiación generalizada al proletariado hecha por el terror del Estado bolchevique.

Por eso no debemos extrañarnos de que, en medio de las hambrunas generalizadas provocadas por las requisiciones bolcheviques, estos siguieran vendiendo trigo al comercio mundial. ¡Era un doble negocio! Así, por ejemplo, a fines de 1920, cuando los muertos por inanición son cada vez más, el Comisariado de Relaciones extranjeras decide enviar a Italia un segundo gran cargamento de trigo. «El Comité Central reconoce que es políticamente necesario (sic) suministrar a Italia nuevos contingentes de trigo. La cantidad y las condiciones de suministro deben ser decididas por la Comisión de Abastecimientos y el Comisariado de Comercio Exterior.

»Treinta y seis millones de personas sufrían hambre. Morían de hambre cotidianamente miles de personas y, sin embargo, el 7 de diciembre de 1922, el Politburó, bajo la presidencia de Lenin, decide exportar un millón de toneladas de trigo. Como afirma correctamente Berdiaiev: «Los bolcheviques tienen algo de extraño, de extranjero a este mundo. El país tiene hambre, el mundo civilizado envía ayudas alimentarias a Rusia y, sin embargo, el gobierno decide enviar al extranjero cantidades enormes de trigo 10

Ellos se extrañan de este procedimiento, nosotros no. Evidentemente era inhumano, contrario a todos los principios del socialismo, de la revolución social. Pero para nada extraño, para nada extranjero a este mundo en donde existe la dictadura total de la rentabilidad. Para nosotros, esa política criminal de los bolcheviques no tiene nada extraño a este mundo, porque los capitalistas bolcheviques hacían un doble negocio: uno por la venta del trigo y otro por hambrear y someter al proletariado abaratando la fuerza de trabajo. ¡Justamente por eso las requisiciones y la guerra civil de la burguesía y el Estado bolchevique seguían viento en popa!

EL TERRORISMO CAPITALISTA

DEL ESTADO BOLCHEVIQUE


Presentación


La historia oficial esconde sistemáticamente el terrorismo de Estado contra el proletariado impuesto por los bolcheviques para realizar sus famosas tareas democrático-burguesas, desde el día mismo que controlan el poder.

La época de Lenin / Trotsky es presentada como una época en que se libraron grandes batallas contra el terrorismo blanco y que solo marginalmente se reprimió a los proletarios, a los revolucionarios y anarquistas. También eso es falso. Lo más importante fue, desde el principio, la represión del proletariado revolucionario, es decir, de todos aquellos proletarios que luchaban por la revolución social que recién empezaba a afirmarse, que febrero y octubre habían sido solo actos de una lucha que debía continuar desarrollándose y que afirmaban la necesidad de una «tercera revolución». Muchos proletarios (como los maximalistas, los anarquistas, pero también los «sin partido», que habían sido decisivos en los meses anteriores), sabían que Lenin / Trotsky eran tan falsos revolucionarios, como lo había sido Kerensky. Como en el gobierno de Kerensky, el reformismo bolchevique también pretendía cambiar algo para que todo quedara igual y se pudiera desarrollar tranquilamente el capital; esa era la condición para realizar las tareas democrático-burguesas que tan importantes eran para los bolcheviques. Por eso el gobierno bolchevique, en su afirmación capitalista y en acuerdo con las diferentes fracciones del capital mundial (Estado Alemán, capitalistas y Estados Unidos, Francia, Inglaterra), entrará en una contradicción cada vez más violenta con el proletariado revolucionario y se concentrará en la brutal represión del proletariado desde el principio.

En la historia oficial, siempre se esconde esta represión generalizada contra el proletariado y solo se habla de lo inocultable, como las masacres de los makhnovistas y de Kronstadt. Pero a la vez, estas imponentes masacres de la vanguardia de la revolución social rusa (que fueron el último choque brutal entre revolución y contrarrevolución) son presentadas como elementos aislados, lejanos y justificables («no había más remedio»). En realidad, fueron no solo masivas, en cuanto a la enorme cantidad de gente asesinada, sino que ambas masacres están precedidas por muchas otras anteriores y, además, esas grandes matanzas se extendieron por toda la Gran Rusia. Durante una década más, por lo menos, se seguía reprimiendo al fantasma de Makhno y de los marinos de Kronstadt, a todos aquellos que habían apoyado o ayudado a alguien a escapar, a familiares, simpatizantes y amigos.

La verdad es que esas represiones nunca cesaron, sino que se entroncaron con otras antes y después, en Ucrania y en Kronstadt, pero extendidas a todas las ciudades de Rusia, así como a la inmensa campaña. No quedó ninguna parte del territorio ruso en que no se hiciera omnipresente, porque más allá de reprimir a los proletarios que luchaban contra el poder bolchevique, la burguesía bolchevique imponía hambre y miseria para aumentar la plusvalía absoluta y relativa.

Si en un principio el terror contra el proletariado fue fundamentalmente político (contra la autonomía revolucionaria de nuestra clase), luego ese mismo terror generalizado sería fundamentalmente económico y social. Inmediatamente después de quebrar toda aspiración revolucionaria del proletariado, el terror se concentraría en someter económicamente al proletariado para aumentar la tasa de explotación y de ganancia del capital y también para ofrecer mejores condiciones de rentabilidad al capital internacional («concesiones» de Norte a Sur, de Este a Oeste, desde 1918, hasta cuando Trotsky cae en desgracia 1925 / 1927); es una ola de represión sin fin, que abarca un porcentaje cada vez mayor de la población a la que se le trata de imponer el trabajo forzado y de expropiarle lo que posee o lo que puede producir directamente (requisiciones forzadas).

Desde el principio de la «patria socialista» (según la mentirosa y ridícula expresión de Lenin contra los «infantilistas de izquierda» en su propio partido), el Estado bolchevique fue un Estado policial. La continuidad con el zarismo fue total, sobre todo si tenemos en cuenta a quienes se perseguían: maximalistas, internacionalistas del socialismo revolucionario, anarquistas y sobre todo a la gran masa de proletarios «sin partido», que habían estado a la vanguardia de las luchas históricas de todo el proletariado en Rusia. Ese ocultamiento es paralelo al silenciamiento que se hizo de quiénes eran los que perseguían y reprimían: en muchos casos zaristas «arrepentidos» puestos al servicio de los bolcheviques. Se trataba de los «arrepentidos», de los que se iban dando vuelta, por la tortura, por la amenaza de los «rehenes» (familiares y amigos).

Nunca la represión en Rusia había sido tan generalizada en cuanto a atacar a toda la población. Evidentemente dicha generalización también tocó a una gran parte de la vieja burguesía y a sectores del zarismo, represión con la que se llenaron la boca y efectuaron la propaganda los jefes leninistas del terrorismo de Estado. Según ellos solo se reprimía a la «contrarrevolución». Pero, visto en su conjunto, esa represión de los blancos y burgueses es muy relativa, numérica y socialmente marginal, frente a la gigantesca represión del proletariado. Nunca se debe olvidar que la represión comienza y se concentra contra quienes luchaban por continuar la revolución social (y se oponían a la paz con los imperialistas y los acuerdos capitalistas que establecían con ellos), y que se masifican al conjunto de la sociedad, por la necesidad defendida abiertamente por el Estado terrorista ruso de disciplinar laboralmente a los proletarios. Ningún estudio serio puede desconocer la determinación unívoca de los bolcheviques de someter por el trabajo y la disciplina a la totalidad de la población. Este elemento será el determinante en la masificación de las prisiones y en la conformación de todo el sistema de campos de concentración que se desarrollará bajo la dirección de Lenin / Trotsky desde 1918. Dicho sistema de explotación brutal incluye siempre el hambre por requisición forzada: eso fue lo que hizo omnipresente al hambre imprescindible para abaratar la fuerza de trabajo y potenciar el capital. El desarrollo del trabajo y el capital se encuentra en el centro del programa bolchevique de realización de las «tareas democrático burguesas».

Nuestro interés aquí, es dar continuidad a otros trabajos más globales que nuestro pequeño grupo fue publicando durante casi cuatro décadas, como revistas y libros, en que denunciamos la contrarrevolución y el desarrollo del capitalismo en Rusia11. Damos por lo tanto por asumido que los bolcheviques no hicieron nada de socialista, ni nada de anticapitalista. Queremos hacer hincapié aquí en aspectos más concretos, como la represión, la imposición del trabajo, los campos de concentración que fueron, sin duda, lo que más caracterizó al modelo ruso de capitalismo denominado por la burguesía mundial como «socialismo».

Nos parece imprescindible insistir aquí, a contracorriente, en que desde la primera hora el Estado zarista ocupado por los bolcheviques se transformó en un Estado policial, que generalizó todas las formas de tortura, de represión masiva, de fusilamientos..., hasta asumir lo que esos mismo bolcheviques proclamaron abiertamente que se trataba de terrorismo de Estado, de terrorismo «rojo». Incluso cuando el terrorismo «rojo» se consideró superado, la situación se siguió agravando: según cifras oficiales se fusilaba un poco menos, pero se reducía a la esclavitud con el sistema de campos de concentración.

Hemos utilizado un buen número de fuentes para las citas que utilizamos en los diferentes capítulos de este trabajo, que no creemos necesario citar en cada caso. Sin embargo, queremos señalar que hemos utilizado mucho el trabajo al respecto que consideramos más sistemático, cualitativo y coherente: Jacques Baynac, El terror bajo Lenin. El autor contrasta el terrorismo de Estado impuesto y reivindicado por Lenin, con la experiencia histórica, teorizada por Marx y Engels, para quienes «la revolución decrecerá en efusión de sangre, en venganza y en furor, en la misma medida que el proletariado se enriquezca en elementos socialistas y comunistas».

Habiendo apreciado tanto la selección de Baynac, si no citamos sus presentaciones e introducciones se debe a que el autor hace una concesión al bolchevismo con la cual no estamos de acuerdo en absoluto y que, consideramos, distorsionante de todas las conclusiones a las que dicho autor llega. Para Baynac, el leninismo fue una tentativa de dictadura del proletariado en un país en que esa clase era minoritaria, y si se llegó a la locura del terror leninista fue por la imposibilidad de imponer el «socialismo» en un país tan atrasado. Nosotros pensamos lo contrario, que eso de una Rusia atrasada era un viejo mito socialdemocrático para justificar que la revolución socialista no era posible y que el terror leninista nunca tuvo ningún tipo de intención socialista, porque el propio partido bolchevique era un partido «socialdemócrata» (no solo en lo formal, sino realmente). Al contrario, el terrorismo de Estado bolchevique nunca fue una tentativa socialista; como lo hemos explicado siempre es el terror del capital mundial contra la revolución social mundial. Fue un terror contra el proletariado en su conjunto, que es evidentemente la clase mayoritaria de toda Rusia y una de las más concentradas del mundo, ya en la época zarista. ¡Es precisamente en Rusia donde la contrarrevolución mundial recomienza a ganar! ¡Es en Rusia, y gracias al leninismo, que la liquidación de la ola revolucionaria internacional empieza a triunfar!

Todos los visitantes extranjeros confirman, en esos primeros años, que era imposible mantener una actitud neutra ante la omnipresencia y omnipotencia de la cheka. O se aceptaba la cooptación para servir a los aparatos policiales, sindicales y políticos del monstruoso aparato de Estado ruso, o se caía en desgracia, y te seguían, controlaban, arrestaban, calumniaban, denigraban... Si esa persona era rusa, quedaba condenada de por vida; si era extranjero, esa persecución, proseguía invariantemente en su país de origen. Ese fue el caso de todos, absolutamente todos los dirigentes proletarios que visitaban Rusia. Hubo los que denunciaron la situación de capitalismo sanguinario y terrorismo de Estado que caracterizó a los bolcheviques desde el primer momento, y los que, por el contrario, fueron cooptados por ese mismo Estado y se hicieron cómplices de todo el proceso de terrorismo capitalista de Estado.

Como ejemplo de quienes denunciaron, desde el principio, al Estado bolchevique se puede citar a Otto Rühle, Jean Appel, Franz Jung, Bernhard Reichenbach, August Merges, Emma Goldman, Berckman, Pestaña, Leval... Entre estos están también los que, habiendo hecho críticas durante su estadía en Rusia, nunca pudieron volver a su casa, como por ejemplo los que los bolcheviques enviaron a la muerte como: Marcel Vergeat, Raymond Lefebvre y Jules Lepetit, así como muchos otros que fueron enterrados en las prisiones y los campos rusos.

Como ejemplo de los segundos podemos mencionar a Jacques Sadoul, John Reed, Victor Serge, Lazló Rudas, John Ardenson (Kristap Beika), Sebal Rugers, Rudianaski, Ernst Meyer, Andrés Nin, Ernst Thaelmann, Palmiro Togliatti, Bela Kun, Maurice Thorenz, Chou en Lai, Jules Humbert Droz, Mao Tse Tung, Vitorio Codovila, Henri Barbusse... Como estos fueron mucho más famosos por su importancia en la imposición de la línea pro-rusa, la lista sería interminable.

Si hoy el leninismo puede seguir teniendo tanto peso e influencia en el movimiento social es justamente porque se sigue negando alegremente la historia misma de la contrarrevolución leninista: que en Rusia consistió ni más ni menos que en reorganizar el capitalismo basándose en el terrorismo de Estado. Sin ese ocultamiento sería imposible seguir presentando los personajes más siniestros del leninismo como «revolucionarios» y sobre todo se puede seguir impunemente vendiendo el contrarrevolucionario programa del leninismo y el trotskismo como si hubiese sido revolucionario.

Estamos «festejando» el centésimo aniversario de la contrarrevolución leninista rusa, que se expandió por el mundo como dirección programática de la contrarrevolución mundial. Fue esa victoria contrarrevolucionaria que se concluye con la liquidación mundial del proletariado como clase autónoma, la que permite luego la mayor masacre de la historia de la humanidad: la «segunda guerra mundial». En realidad, esta imponente masacre es la consecuencia de la perpetrada en toda Rusia durante las décadas anteriores.

Este tipo de denuncia es decisiva como balance del período más funesto de la historia, por la sumisión del proletariado a la contrarrevolución y la guerra que el capital mundial necesitó. Sin superar ese brutal trauma histórico, el proletariado mundial no se puede constituir en fuerza y alternativa para toda la humanidad.

La represión leninista ha sido tan vasta que nos ha sido imposible sintetizar la totalidad en un solo trabajo, por lo que en este texto global sobre el terrorismo de Estado bolchevique, nos hemos concentrado exclusivamente en los primeros años, en los años en que el Partido Bolchevique es dirigido por Lenin, Trotsky, Zinoviev... Por un lado, porque fueron los años decisivos, tanto para destruir la revolución social que estaba en marcha, como para confeccionar todo el sistema económico basado en el trabajo forzado y los campos de concentración. Por otro lado, hemos dado prioridad a ese período dominado por Lenin / Trotsky porque ha sido el más ocultado, el menos conocido.

Como se sabe, sobre la represión estalinista hay mucho más publicado y se ha dado a conocer mucho más globalmente por los grandes medios, lo que evidentemente no quiere decir que dicho período no sea importante para comprender la contrarrevolución mundial expandida gracias al bolchevismo. Solo significó que para nosotros no podía ser prioritario el período Stalin (y / o posterior) y que retomaremos el mismo en sucesivos trabajos.


1. Continuidad del leninismo con el zarismo



El terrorismo de Estado del zarismo nunca cesó, sino que se fue bolchevizando. Digámoslo todavía más claro: el bolchevismo generalizó y profundizó el terrorismo de Estado del zarismo y lo llevó a los niveles más imponentes de toda la historia humana.

Todas las revueltas proletarias rusas habían atacado esas fortalezas brindadas de la clase dominante, que eran los Kremlins, que existían en las principales ciudades rusas. Fuera de Rusia, el significado de la palabra Kremlin se asocia más a la «casa de Gobierno» de Rusia, que a lo que significa y significaba entonces para el proletariado en ese país y que no existe solo en Moscú, sino en las principales ciudades estructuradas en base a la vieja aristocracia. Para el proletariado en ese país, por el contrario, el Kremlin, los Kremlins, eran desde hace muchos siglos, las ciudades amuralladas contra los pobres, el centro del poder secular del zarismo y la aristocracia dominante.

En el movimiento insurreccional contra la clase dominante que dura años y que es muy diverso según las zonas de Rusia, los bolcheviques se situaron, de forma intermitente, breve (algunas semanas discontinuas en el correr del año 1917) y parcial (la mayoría del partido siempre colaboró con los diferentes gobiernos), como parte del proletariado atacando a los Kremlins desde la calle. Pero, apenas pudieron, optaron por situarse dentro de los Kremlins, por constituirse ellos mismos en Kremlin. El gobernar y ejercer la autoridad, frente a los pobres, tiene objetivamente el significado histórico-social de asumir el papel histórico de la aristocracia y el zarismo. Fue desde esa «toma» objetiva del aparato de dominación y opresión (sin cuestionar la esencia del mismo) que impartieron las órdenes de reorganización del capital, de represión contrarrevolucionaria y que se presentaron ante la burguesía imperialista mundial como representantes históricos del Estado ruso.

Esa fue la mejor respuesta que encontraron frente a la insurrección proletaria que se había generalizado durante todo el año 1917. No hay dudas de que esa opción fue deliberada: aunque sabían que, con eso, su cobertura ideológica de ser parte de la insurrección proletaria sufría un desmentido objetivo (en el sentido de que su participación no cuestionaba lo esencial de la opresión), prefirieron afirmar, frente a los proletarios, su continuidad con el aparato de dominación histórica que había resistido tantos siglos. Claro que eso les valió que el proletariado insurreccional viviera el control del poder por los bolcheviques como un golpe de Estado, independientemente de la discusión que se desencadenó por todas partes, sobre si los bolcheviques habían contribuido, o no, a las insurrecciones proletarias que la revolución social rusa había producido y continuaba produciendo.

En realidad, si no hubiesen procedido de esa manera, se puede asegurar que la política bolchevique no hubiese tenido siquiera la aceptación que tuvo. Solo como jefes del Kremlin podían dar órdenes dentro del viejo aparato del Estado (frente a los propios funcionarios) y hacerlo funcionar como tal para, a las buenas o las malas, imponer la organización de las tareas democráticas burguesas que tanto preconizaban. Fuera de ese aparato, fuera del Kremlin, los bolcheviques solo hubiesen tenido la «autoridad» que cualquier otro grupo «obrero» o «socialista», y continuar haciendo una política indecisa y centrista que era justamente lo que predominaba a nivel social. El concepto mismo de «toma del poder» de la socialdemocracia (¡en contraposición a la clásica posición revolucionaria de destrucción del poder burgués!), es decir, de los bolcheviques, fue el que los condujo directamente a asumirse como herederos del zarismo.

Desde el punto de vista del Estado ruso, solo hubo cambio de hombres, el Estado mismo quedó intacto. Agregamos nosotros, hicieron lo mismo que los hombres anteriores, en el sentido de continuar con el desarrollo del capitalismo, solo que generalizaron la masacre popular como nunca la había generalizado el zarismo. El Estado, como Estado burgués, contrariamente a todo lo que los revolucionarios (socialistas, comunistas, maximalistas, anarquistas…) habían reivindicado siempre en cualquier parte del mundo, no solo no fue debilitado, sino que los bolcheviques hicieron todo lo posible para fortificarlo. ¡Lo de que los bolcheviques habían comenzado a debilitar el Estado es una leyenda que el propio Lenin reconocerá como infundada! Los bolcheviques solo se treparon arriba de una máquina de poder y ni siquiera, dice el propio Lenin al final de su vida, la supieron hacer funcionar para el lado que querían, sino que era esa máquina la que dirigía.

Claro que, en realidad, quien dirige «la máquina» o «el coche» de Lenin, es el capital, como lo hemos mostrado en nuestros trabajos anteriores. En lo que queremos insistir ahora, es que esa trayectoria estaba contenida en el programa de la socialdemocracia bolchevique desde su origen. Fue por eso que se encontraron dentro del Kremlin tan naturalmente, como si fuese evidente que la «toma del poder» fuera realmente un golpe para apoderarse del Estado y nunca una insurrección proletaria contra el poder y destructora del mismo. También fue por eso que Lenin, no dudó un instante en rechazar el carácter de «representar al pueblo» más o menos parlamentariamente y oscilando oportunistamente como habían hecho los gobiernos provisorios. Prefirió el golpe de fuerza para tomar el lugar del Zar y dirigir el Estado con mano de hierro. Luego solo quedaba reprimir por lo menos como lo habían hecho todos los Zares.

En contraposición con esa práctica burguesa socialdemócrata, la lucha por destruir el capital y Estado burgués era la que se daba en la calle contra el Kremlin. Fue por eso que el proletariado seguía considerando necesaria la revolución y la insurrección, y durante 1917 hasta 1921 la vanguardia proletaria seguirá llamando a la acción revolucionaria y a realizar la «tercera revolución». Claro que dicho planteo era, para la socialdemocracia bolchevique, «desviaciones anarquistas» que no les interesaban en absoluto. Ellos se instalaron en el lugar de la clase dominante afirmando así su autoridad histórica, lo que, como vimos, era mucho más coherente con el programa histórico que los bolcheviques defendían.

Es verdad que el proletariado insurrecto en la calle no tenía ninguna autoridad real frente al caos reinante, no había logrado organizarse en partido autónomo y contrapuesto a todas las fuerzas burguesas. Sus sectores de vanguardia actuaban de forma inconexa. No aparecía ni lograba actuar como una fuerza homogénea con directivas claras y destructivas del capital que hubiesen continuado afirmando la revolución social. Casi todas las fuerzas proletarias admitirán este problema y reconocerán que esas carencias fueron las que dieron alas a los bolcheviques.

Desde esa misma calle insurrecta, en la que los bolcheviques eran una fuerza entre muchas y eran cuestionados por doquier, no podían imponerse como poder monopólico, no podían apropiarse del poder de manera exclusiva, como quería la minoría leninista. Solo podían imponer su autoridad monopólica como continuidad con la clase dominante del pasado. Los bolcheviques en octubre no podían dirigir el proceso insurreccional mismo y pretender gobernar solos. Solo podían ser respetados y obedecidos actuando como verdaderos zares, aunque evidentemente los proletarios que querían seguir afirmando la revolución los denunciarían por eso, como continuadores del zarismo.

El gobernar diciéndose socialistas y como abanderados de la insurrección, pero desde el centro de poder de la aristocracia zarista histórica fue entonces, y a pesar de los costos políticos, la única opción históricamente posible.

Claro que, ese papel histórico asignado de antemano, como continuidad de la clase dominante y asumido abiertamente por la toma de los Kremlins, implicaba al mismo tiempo una operación ideológica, religiosa. El zar había sido todo un Dios en la tierra y Lenin también tenía que vestirse con esos ropajes. No se podía ocupar el mismo lugar sin ser representante de Dios en la tierra. Bujarin, Trotsky, Zinoviev, y en general todos los dirigentes bolcheviques, incluso los contrincantes que hasta el «día de antes» se habían opuesto a la insurrección, alabarán la naturaleza divina de Lenin. Por todas partes (periódicos, radios, discursos, volantes, ediciones populares…) se hablaba del «milagro bolchevique» y el carácter suprahumano de Lenin, que había resistido a todo. El propio Zinoviev, que, hasta luego de la toma del gobierno por los bolcheviques, Lenin quería echar a la mierda por traidor, declaraba en folletos para la propaganda: «Es dirigente por la gracia de Dios». En realidad, los bolcheviques tampoco hicieron nada para romper con la continuidad cristiana del zarismo, sino que, bien por el contrario, desarrollaron «ritos de pasaje» y las fiestas civiles correspondientes (culto de la personalidad, desfiles militares, banderas, ritos...), que se ajustaban exactamente al pasaje del Zar a Lenin, del cristianismo al «comunismo cristianizado», de la cruz cristiana a la hoz y el martillo. A ese proceso le llamaron la «octubrización del mundo».



2. De la ojrana a la cheka


Desde las primeras medidas, los bolcheviques dejaron lo esencial del aparato represivo del zarismo intacto. Así, por ejemplo, mantuvieron en sus cargos a los principales comisarios interrogadores zaristas, aunque en algunos casos, a estos, les pusieron al lado a algún «comisario político» que supuestamente debía ejercer el control de la línea política12. Dicho comisario, era un SUPERMILICO del partido. Pero como desde el principio se reprimió a los grupos revolucionarios y ácratas, estos comisarios se hicieron seres todavía más monstruosos que los otros.

La tortura y la masacre era la forma por excelencia que imponía la dirección bolchevique (Trotsky escribiría Terrorismo y Comunismo) como método de imponer el «comunismo». Desde el principio, Dzerjinsky también hizo la apología de la tortura y la muerte como bases del «hombre comunista»:

«La coacción proletaria bajo todas sus formas, empezando por las ejecuciones capitales, constituye un método encaminado a crear el hombre comunista.»

Esta mentalidad criminal y reaccionaria no era una excepción, sino que quien sería jefe de la cheka no pararía de hacer declaraciones de ese tipo, para mostrarse lo suficientemente consecuente con el leninismo y con el gran jefe de la represión durante los primeros años: León Trotsky. Toda la jerarquía de lo que sería la cheka era tan consecuente como Dzerjinsky, aunque desde el principio, como pasó en todos los regímenes de TERRORISMO DE ESTADO de la historia, los más despiadados torturadores también tienen miedo de que terminen cortándoles la cabeza a ellos, como sucedió en todas partes.

Latzis declaraba:

«A la cheka le corresponde el trabajo más sucio de la revolución. En este caso se trabaja con cabezas. Si el trabajo se hace bien, son las cabezas de los contrarrevolucionarios las que caen. En caso contrario, podemos perder las nuestras.»

¡Y efectivamente fue así! Latzis también terminó liquidado en las purgas posteriores.

Otro de los subcomisarios de Dzerjinsky, el señor Peters, en la más tierna infancia de la República de los Sóviets, también declaraba sin miedo:

«Aplicar implacablemente el terror rojo en todas las familias, rebeldes o no, detener a todas las personas de más de dieciocho años y, si la rebelión continúa, fusilarlos para ejemplarizar. Exigir de los pueblos y las villas contribuciones suplementarias; en caso de impago, confiscar las tierras y los bienes.»

Y para mostrar que lo más importante del terror era el terror mismo con el que se paralizaba a toda la población, gracias a las torturas y las cabezas cortadas, colgaba esa cita a título de orden pública a ser aplicada en cada pueblito que se arrasaba.

A esta altura, el querido lector se pregunta: pero ¿desde cuándo empezó esa barbaridad? ¿Cuándo crearon un aparato de Estado para eso? Desde el momento en que llegaban a cualquier ciudad o pueblo y arrasaban con todo lo que era producción y reprimían a todos como culpables o como cómplices de los culpables. La gran culpabilidad del proletariado agrícola era comer el grano que había cultivado. ¡O defender su comida como su vida! No y no, la represión no empezó luego de los primeros meses de fracasos económicos o del bloqueo, empezó desde el primer día que Lenin / Trotsky controlaron el poder del Estado ruso.

La respuesta es la que figura más arriba, NO crearon un nuevo aparato de Estado, sino que utilizaron EL VIEJO ESTADO ZARISTA. Aunque, eso sí, lo perfeccionaron haciendo mucho más generalizada la tortura y la muerte. Los cuadros bolcheviques se transformaron en jefes milicos.

Desde los primeros días, muchos de los viejos presos revolucionarios fueron encerrados en los mismos calabozos de la Lubianka en Moscú, adonde habían estado encerrados durante años por la ojrana (ver los datos concretos al respecto en los extractos publicados más adelante). ¡También utilizaron para reprimir y aprisionar el famoso Instituto Smolny, desde donde planificaron, Trotsky y los suyos, la toma de los lugares claves del poder!

Lo que sí hicieron, desde el principio, los bolcheviques fue cambiarle la jeta a la ojrana dándole otro nombre y otra forma, como si fuera propio del «socialismo» crear una policía política, a la que llamaron cheka. Desde noviembre, los jefes bolcheviques consideran indispensable la creación en secreto de una jefatura general de todas las policías políticas de la Gran Rusia. En diciembre de 1917, es decir, un mes después de tener el poder del Estado (zarista) se aprobó y promulgó (entre el 7 y el 20 de diciembre) el decreto que constituía la cheka (Zvecheika). ¡Aunque el decreto mismo de creación de la cheka fue secreto de Estado durante siete largos años! Desde ese preciso momento, ese aparato controló toda la sociedad.

O mejor dicho, desde el origen mismo de la cheka toda la población es sometida al «chekismo». Toda la sociedad se hace policial. Todas las decisiones se toman e imponen desde la cheka. Quien controla la cheka controlará la vida del país, los verdaderos jefes de la cheka serán los jefes del partido y del Estado, como sigue siendo hasta el día de hoy, ¡cien años después!

Sin embargo, la cheka obedece más que, a tal o cual personaje que efectivamente del que ejecutan sus órdenes inmediatas, a las necesidades del capital internacional. Es él quien dirige el país que los bolcheviques administran. En efecto, por más monstruosos que hayan sido los jefes bolcheviques, la política global obedece en grandes líneas a la ley de valorización del capital y en particular a los acuerdos internacionales de los bolcheviques basados en las exigencias del capital internacional (Memorándum Robins)13. Concretamente fue a eso a lo que se redujo la lucha leninista: a imponer la mayor tasa de explotación posible para atraer capitales.

El Estado bolchevique fue desde el origen un Estado policial. Por eso lo único que progresó en esos primeros años fue la policía, las cárceles, los campos de concentración.

¡Extraordinaria muestra del «socialismo» leninista!

Dos años después de la fundación de la cheka el Pravda confesaba: «Todo el poder para los sóviets» se ha convertido en «Todo el poder para las chekas».

Para los proletarios urbanos, pero sobre todo agrícolas, fue la burocracia bolchevique y la propia policía la mayor potencia restauradora y contrarrevolucionaria de la historia. Primero se perseguía principalmente a quienes querían seguir la revolución social que los bolcheviques habían traicionado, pero muy pronto se perseguía simplemente para hambrear e imponer mejores condiciones de explotación, en unos años en que la situación que vivía el proletariado pasó a ser la más brutal de la historia de la Gran Rusia, siempre con un aumento sostenido de la policía, las prisiones, los campos de concentración.

El 16 de diciembre de 1927, afirmaba el historiador Pokrovsky también en el oficialista Pravda que la policía secreta forma parte «de la esencia misma de la revolución proletaria» y que el terror era una «consecuencia inevitable de la misma».

¿Podía alguien vivir en Rusia sin saber que todo el sistema era terrorismo de Estado? De ninguna manera, la imposibilidad era total. Nadie cualquiera que pasaba de turismo podía visitar una gran ciudad rusa sin darse cuenta de que era una sociedad totalmente policial y carcelaria.

Para terminar esta parte quisiéramos subrayar aquí algún dato comprobado acerca de la población carcelaria y el desarrollo del número de establecimientos de reclusión.

en 1917 el proletariado vació todas las cárceles.

en 1924 había 87.800 presos registrados oficialmente

en 1926 había 155.000.

en 1927 había 198.000.

En 1924 había 434 cárceles centrales y los campos de concentración por todas partes ocupan ya decenas de miles de hectáreas.

Sin embargo, si bien las cifras del número de cárceles y campos de trabajo aproximan la realidad, es seguro que las cifras de presos subestiman ampliamente la realidad. No debe olvidarse que el sistema mismo ocultaba y guardaba en secreto lo esencial. Nunca se han conocido cifras muy exactas. A pesar de eso, todos los que estudiaron el sistema de campos de concentración y exterminación bolchevique intentaron enumerar, cuantificar, conocer cifras de los asesinados, los encerrados, los desaparecidos... La primera tentativa en ese sentido fue hecha en 1923 por S. P. Melgunov en su obra El terror rojo en Rusia (1918-1924). Ese libro fue la primera fuente de quienes siguieron con el intento y de ahí provienen la mayoría de nuestros datos. Por supuesto que en lo que pudimos también cotejamos las informaciones que Melgunov da con otras fuentes.


Desde el primer día del poder, los bolcheviques impusieron el terror contrarrevolucionario y generalizaron el asesinato político como método de gobierno. Sin embargo, hay una fecha que es decisiva en el salto de calidad, reconocido, asumido y reivindicado, como respuesta por los bolcheviques como el «comienzo del terror»: luego del atentado contra el jefe de la cheka de Petrogrado, Uritski, y el jefe de Estado, Lenin, el 30 de agosto de 1918. Es luego de eso que se asesinan a unas 15.000 personas en unos pocos días de septiembre.

Pero para que quede claro que la locura de la matanza impregnó al Estado desde el primer día que asumieron el gobierno los bolcheviques, reproducimos, a continuación, amplios extractos de un manifiesto escrito por Martov contra la pena de muerte. Queremos señalar, al respecto, que lo que nos interesa de Martov no son en absoluto sus opiniones y posiciones políticas, tradicionalmente socialdemócratas como las de su hermano ideológico «enemigo» Lenin, sino los datos, las informaciones que aporta sobre las masacres indiscriminadas, sin ningún límite, en donde se mata sin ningún tipo de juicio ni posibilidad de defensa, y se mata no solo a la persona que cualquier funcionario del Estado considera «culpable» sino a su entorno, su pareja, niños, amigos, vecinos...

Debiéramos señalar que el poder del Estado, y su consecuente religión, excomulgan e invalidan hasta los testimonios o menciones efectuadas por «contrarrevolucionarios» como Martov. Fue la generalización de ese método el que impidió tomar conciencia en el exterior de lo que pasaba en Rusia. Como los revolucionarios asesinados no pudieron testimoniar, solo hubo, en esos primeros instantes, testimonios de personas que no eran revolucionarias y sobre esas primeras muertes antes de la gran ola de asesinatos masivos que empezó el 1 de setiembre 1918 solo existen relatos como estos. Lo más importante es que el documento que publicamos se refiere exclusivamente a un período en el que supuestamente los bolcheviques todavía no habían empezado a matar, porque fue escrito en agosto de 1918, antes de que los bolcheviques lanzaran la gran ola de terror de septiembre. Y lo primero que dice ese documento es que desde el primer día que subieron al poder, y a pesar de que habían declarado abolida la pena de muerte, empezaron a matar.

Dejando de lado la discusión entre socialdemócratas de quién llevó más lejos la contrarrevolución entre Lenin y Martov, el testimonio y la denuncia de Martov, que fuera tan ocultado durante décadas, nos parecen enormemente significativos y no queríamos dejar de compartirlo y difundirlo. Por supuesto que lo que nos parece más importante es que con este testimonio no se puede ocultar por más tiempo que fue desde el primer momento que los bolcheviques asumieron la máquina de matar zarista y la llevaron a su máxima expresión. Desde el primer día, el gobierno de Lenin / Trotsky vuelve a convertir al verdugo en la figura central de la dominación de clase en Rusia. Peor: antes el verdugo era el ejecutante de un juez (y por su intermediario) del Estado; ahora el verdugo es cualquier carrerista burocrático arribista de la cheka, sea milico, sea funcionario bolchevique, o cualquier combinación entre ambos, sin control de ningún tipo.


MARTOV

¡Abajo la pena de muerte!


Camaradas obreros, es al grito de «¡Abajo la pena de muerte!» que en tiempos de la dominación del maldito zarismo ibais con frecuencia a manifestaros en la calle. Ese grito, lo inscribíais en vuestros gloriosos estandartes rojos. Ese grito resonaba en el curso de las grandes jornadas de febrero de 1917, mientras se derrumbaban las ciudadelas de la opresión secular, mientras que por primera vez el gobierno de la revolución proclamaba: «¡La pena de muerte está abolida!».

Cuando, en julio del pasado año (1917), el gobierno intentó restablecerla para los desertores, los bandidos y los espías, vosotros protestasteis...

Y cuando surgió vuestra protesta, en primera línea marchaban los mismos individuos que hoy gobiernan en Rusia. Durante esas jornadas, el Partido Bolchevique se dirigió a vosotros, pidiendo que no aceptarais el restablecimiento de la pena capital. Os decían entonces los miembros de ese partido que la pena de muerte es una barbarie cruel que; en todos los casos, deshonra a la humanidad. También os decía ese Partido Bolchevique que los socialistas condenan la pena de muerte, el exterminio a sangre fría de criminales desarmados y convertidos en seres inofensivos, que se rebelan contra la transformación de ciudadanos en verdugos, que, bajo el mandato de un tribunal, cumplen el acto innoble que consiste en arrebatar la vida a un hombre, incluso a un criminal, porque la vida es el mayor don existente. Ese Partido Bolchevique os decía todavía más: «La Iglesia cristiana predica el amor del prójimo y justifica hipócritamente, cuando eso le conviene, la muerte de un hombre por el poder del Estado, por un tribunal del Estado. El socialismo jamás caerá en semejante hipocresía, nunca cubrirá con su religión, la de la fraternidad de los trabajadores, el principio caníbal de la pena de muerte».

Así es cómo hablaban los gobernantes actuales de Rusia. Cuando llegaron al poder, en octubre, decretaron en el II Congreso Panruso de los Sóviets: «La pena de muerte queda suprimida, incluso en los frentes».

Estas eran sus palabras, palabras que aplaudíais, camaradas obreros, palabras con las cuales compraban vuestro afecto y vuestra confianza. Visteis entonces en ellos combatientes revolucionarios dispuestos a morir por su ideal, dispuestos a matar a sus enemigos en lucha abierta por sus ideales, pero absolutamente incapaces de ser los verdugos que asesinan, después de una comedia judicial, a criminales inofensivos y desarmados.

Estas eran las palabras, camaradas. Ahora examinad sus actos.

Desde el primer día que subieron al poder y, a pesar de que habían declarado abolida la pena de muerte, empezaron a matar.

A matar a los prisioneros de la guerra civil, como hacen todos los salvajes.

A matar a los enemigos que, después de una batalla, se habían rendido ante la promesa de que la vida les sería respetada... Otro tanto ocurrió en Kiev y en Rostov, en las numerosas ciudades ocupadas por las tropas bolcheviques. Esto se dio... en Sebastopol, Sinferopol, Yalta, Eupatorie, Teodosia, donde una banda de bellacos masacró a supuestos contrarrevolucionarios, sin investigación ni juicio, llegando a matar tanto a mujeres como a niños.

Después de semejantes matanzas organizadas, o toleradas, por bolcheviques, el propio poder se encargó de la liquidación de sus enemigos. Sobre el papel, la pena de muerte estaba abolida, pero en cada ciudad, en cada distrito, comisiones extraordinarias (chekas) y otros comités revolucionarios militares ordenaron el fusilamiento de centenares y centenares de personas. Todos los motivos eran buenos: contrarrevolución, especulación, pillaje.

Ningún tribunal establecía la culpabilidad real de los ejecutados, nadie podía saber si el condenado era responsable de actividades subversivas, de malversaciones o de actos de pillaje. ¿No se trataba más bien de una venganza personal? ¡Por desgracia, ello ocurrió muchas veces! ¡Cuántos inocentes fueron asesinados por estas razones en Rusia! ¡Con la aprobación silenciosa del sóviet de los comisarios del pueblo! Muchos desconocidos aparecen en las chekas, desconocidos entre los que se descubren criminales, elementos corrompidos, delincuentes comunes, antiguos provocadores zaristas, y esos desconocidos ordenan fusilar, sin que con frecuencia se sepa (como en el caso de los seis estudiantes fusilados en Petrogrado) quién dio orden de hacerlo14.• La vida humana ya no valía nada. Menos aún que los papeles del verdugo que decide destruirla. Menos todavía que la ración suplementaria de pan por la que un mercenario está dispuesto a enviar a un hombre al otro mundo por orden de un indeseable con galones.

Este baño de sangre se hizo evidentemente en nombre del socialismo, en nombre de una doctrina que había proclamado la fraternidad de los hombres como finalidad suprema de la humanidad.

¡Es en tu nombre, proletario ruso, que se lleva a cabo esta sangrienta traición!

Después de haber exterminado a decenas de miles de individuos sin proceso, los bolcheviques procedieron en lo sucesivo a ejecutar guardando ciertas formas. En consecuencia, formaron un nuevo Tribunal Revolucionario Supremo para juzgar a los enemigos del poder soviético. En la primera sesión del mismo, se dictó una condena a muerte, ejecutada diez horas más tarde. Al instituir este tribunal, los bolcheviques habían ocultado que restablecían la pena capital, y esto a pesar del decreto del Congreso de los Sóviets que la abolía. Se guardaron de comunicar al pueblo este plan innoble: crear un tribunal militar de campaña, el cual, igual que el de Stolypin, debe suprimir a todos aquellos que no les agradan. Han reintroducido clandestinamente, como ladrones, la pena capital.

Observando que los fusilamientos chekistas y las ejecuciones sumarias motivaban el odio de todo el pueblo, los bolcheviques decidieron aplicar esta pena tras una parodia de justicia.

¡Pero se trata de una comedia, camaradas! Tales procesos no existen.

Ved cómo fue juzgado el capitán Shchastny. Se lo acusaba de conspirar contra el poder soviético. El capitán Shchastny lo negaba todo. Pidió que se interrogara a los testigos, entre los cuales señaló a los comisarios bolcheviques encargados de vigilarlo. ¿Quiénes mejor que ellos podían saber si conspiraba contra el poder soviético? El tribunal se negó a convocar a esos testigos. Le denegó el derecho que cualquier tribunal, excepto el tribunal militar de campaña de Stolypin, acuerda al mayor criminal.

Sin embargo, en este caso estaba en juego la vida o la muerte de un hombre. La vida o la muerte de un hombre que había merecido la amistad y la confianza de sus hombres –los marinos de la flota báltica , los cuales protestaron contra su detención. Un hombre que había rendido un gran servicio al pueblo al llevar a cabo una gran proeza: hacer salir de Helsingfors todos los barcos de la flota del Báltico, que de esta forma se habían librado de los guardias «blancos» finlandeses.

No son los guardias «blancos» finlandeses ni los imperialistas alemanes quienes fusilaron a este hombre, sino los socialistas rusos, al menos, algunos que se denominaban de este modo: los señores Medvedev, Bruno Karelin, Veselovsky, Peterson, jueces del Tribunal Revolucionario Supremo. Se negó a Shchastny el derecho acordado a cualquier ladrón o asesino: el de citar a comparecer a los testigos. Ninguno de los suyos fue convocado. Por el contrario, la acusación hizo que compareciera el suyo. Este testigo era Trotsky. El mismo Trotsky que, en calidad de Comisario de Asuntos Marítimos y Militares, había dictado la detención de Shchastny. Ese mismo Trotsky que, en calidad de miembro del Sóviet de los Comisarios del Pueblo, había ordenado hacer juzgar a Shchastny por el Tribunal Supremo, creado para condenar a muerte. Y Trotsky intervino en el proceso, no como testigo, sino como acusador. Como tal, llegaría a afirmar: «Este hombre es culpable. Condenadle». Esto, después de haberlo hecho callar, prohibiéndole citar a testigos capaces de aniquilar la acusación. No hace falta mucho valor para combatir de este modo a un enemigo a quien previamente se le atan las manos y se le cierra la boca. Esto tampoco exige un exceso de honor o de nobleza. No, no se trata de un proceso, sino de una parodia. No es un proceso cuando la sentencia se pronuncia por parte de jueces que no son sino funcionarios dependientes del poder. Pues en el Tribunal Supremo no hay jurados populares, solo hay funcionarios que reciben su salario de Trotsky y de los demás comisarios del pueblo. No hay proceso cuando, bajo la apariencia del testigo, se presenta el representante del poder supremo que ordena, como miembro del gobierno: «¡Condenadle!». Bajo la égida de Nicolás Romanov, en ocasiones, era posible arrancar a un condenado de las manos de su verdugo, o detener la ejecución al demostrar la monstruosa crueldad de la sentencia. Bajo la de Vladimir Ilich Ulianov Lenin, es imposible. Esto no ha quitado el sueño a los hombres y mujeres que dirigen el Partido Bolchevique, en momentos en que, en alguna parte, en el silencio de la noche, se ha ejecutado a seres humanos.

Nadie sabe quién mata ni cómo. Como ocurría en el tiempo de los zares, los nombres de los verdugos se ocultan al pueblo. Nadie sabe si Trotsky ha venido a asistir y a ordenar personalmente la ejecución, tras haber organizado totalmente ese simulacro de proceso. Ahora bien, ¿ha sido él también capaz de dormir tranquilamente, e incluso de llegar a soñar que el proletariado mundial lo exalta como a un liberador de la humanidad, como al guía de la revolución socialista mundial? En nombre del socialismo y en tu nombre, proletariado, algunos locos obnubilados y algunos necios vanidosos han llevado a cabo esta farsa sangrienta.

La bestia ha lamido la sangre tibia del hombre. La máquina para matar al hombre se ha puesto en marcha. Los señores Medvedev, Bruno, Veselovsky, Peterson y Karelin se han arremangado los brazos para convertirse en carniceros. El primer paso se ha dado, y ahora el Tribunal Revolucionario enviará al otro mundo a quienes estorben al Partido Bolchevique; transformará en cadáveres a tantos hombres como sean capaces de condenar los funcionarios puntillosos y meticulosos en el curso de ocho horas de cotidiano trabajo. Se empieza con un oficial a quien puede presentarse a las masas ignorantes como un enemigo del pueblo, como un contrarrevolucionario. Luego caen sobre todos aquellos que abren los ojos del pueblo en relación con el funesto orden bolchevique. Centenares de obreros y de campesinos, centenares de militantes, la mayoría socialdemócrata y socialista-revolucionaria languidece en las prisiones y los calabozos soviéticos.

Por una crítica, por una protesta, por haber afirmado abiertamente sus convicciones, por haber defendido los intereses de la clase obrera y del campesinado, esos hombres y mujeres fueron encarcelados. A veces, con ayuda de una justicia sumaria y primitiva se los mata sin motivo. Y, de cualquier modo, todos ellos corren el riesgo de muerte al presentarse delante del Tribunal Supremo. Pero la sangre llama a la sangre. El terror político instaurado desde el octubre de los bolcheviques ha extendido por Rusia sus vapores sangrientos15...

La ferocidad recíproca aumenta, y la pesada responsabilidad recae sobre el partido que ha desacreditado el nombre del socialismo, que potencia la muerte sacrílega perpetrada a sangre fría sobre prisioneros desarmados, ese partido que protesta hipócritamente contra las matanzas de los guardias «blancos» finlandeses mientras que la sangre de los fusilados enrojece la tierra rusa...

Estamos asimismo contra la pena de muerte, ese medio extremado del terror, es decir, de intimidación, al que recurren todos los gobiernos que no tienen la confianza del pueblo. La lucha contra la pena de muerte estaba inscrita en el estandarte de todos los combatientes por la libertad y la felicidad del pueblo ruso, de todos aquellos que han combatido por el socialismo...

Hoy tenemos un partido que se proclama obrero, socialista y revolucionario, que ataca este odio sagrado del pueblo ruso contra la pena de muerte, que se atreve a reintegrar al verdugo en los cuerpos del Estado, que hereda del zarismo la religión sanguinaria de la muerte por la razón de Estado.

¡Vergüenza para aquellos revolucionarios que por medio de las ejecuciones justifican las llevadas a cabo en tiempos de Nicolás y sus ministros, maldecidos por diversas generaciones del pueblo ruso!

¡Vergüenza para quienes, por sus parodias de justicia y por un exceso de terror, hacen palidecer las tareas incalificables de los tribunales militares de la campaña de Stolypin, odiados por el pueblo!

¡Vergüenza para el partido que convierte al verdugo en un militante socialista!

En 1910, en el Congreso Internacional Socialista de Copenhague, se decidió luchar en todos los países contra la bárbara pena de muerte.

Esta decisión, camaradas, fue firmada por todos los dirigentes actuales del Partido Bolchevique: Lenin, Zinoviev, Trotsky, Kamenev, Radek, Rakovsky, Lunatcharsky. Yo los vi allí, en Copenhague, levantar la mano en favor de esta resolución y declarar la guerra a la pena de muerte. Luego los vi, acto seguido, en Petrogrado, en julio del año pasado, protestar contra su aplicación, en tiempo de guerra, a los traidores. Y, ahora, los veo aplicando la pena de muerte a troche y moche, contra burgueses y obreros, contra campesinos y oficiales. Observo que exigen de sus subordinados que no cuenten las víctimas, sino que condenen a muerte al mayor número posible de adversarios del poder bolchevique. Constato cómo crean clandestinamente, a escondidas, un tribunal especial para pronunciar sentencias capitales, una verdadera máquina de matar. Entonces digo a esos jueces bolcheviques: ¡sois mentirosos y perjuros con premeditación! Habéis engañado a la Internacional Obrera al firmar la obligación de exigir en todas partes la supresión de la pena capital, para restablecerla tan pronto como el poder ha ido a parar a vuestras manos. Engañáis a los obreros rusos cuando reinstauráis la pena de muerte al tiempo que les ocultáis que la Internacional Obrera la ha condenado como un signo de la barbarie, la cobardía, la ferocidad, la degeneración del orden burgués. Engañáis a los desgraciados letones y a los soldados rojos cuando los enviáis a asesinar a hombres maniatados, ocultándoles los acuerdos de la Internacional Obrera, en nombre de la cual gobernáis. Vosotros, Rakovsky y Radek, habéis engañado a los trabajadores occidentales al afirmar ante ellos que ibais a Rusia a luchar por el socialismo. Los habéis engañado al afirmar que os dirigíais a la Rusia atrasada para llevar el estandarte del socialismo. De hecho, habéis venido a nosotros para cultivar nuestra antigua barbarie, propia de los zares, para incensar el viejo altar ruso de la muerte, para empujar hasta un extremo todavía desconocido, incluso en nuestro salvaje país, el desprecio por la vida ajena, para organizar, en fin, la obra panrusa de la verdugocracia. ¡Y tú, Lunatcharsky, a quien gustaba dirigirte a los trabajadores y describirles en frases altisonantes la magnificencia de los ideales socialistas, así como la profunda humanidad de nuestras enseñanzas; tú que mirabas el cielo y cantabas la fraternidad de los hombres en el orden socialista; tú que estigmatizabas la hipocresía de la religión cristiana, que consagraba el asesinato del hombre, y que predicabas la nueva religión del socialismo proletario; tú eres tres veces perjuro, tres veces fariseo, y ello porque, después de volver de la embriaguez de tus banalidades, participas con Lenin y Trotsky en la organización del asesinato, con juicio o sin él! ¡Y todos vosotros, quienes habéis firmado con la Internacional el tratado contra la pena de muerte, todos cuantos os habéis abierto el camino hacia el poder prometiendo a la clase trabajadora la supresión definitiva de la pena capital, todos vosotros habéis renunciado a vuestros principios, plenamente conscientes de vuestros actos, no merecéis otra cosa que el más acerbo desprecio!...

¡Obreros de Rusia, León Nicolaevitch os pide también a vosotros que no permanezcáis en silencio en este momento, cuando el verdugo ha vuelto a convertirse en la figura central de la vida rusa! También Carlos Marx os ha pedido que no os calléis, sí, él, de quien recientemente habéis festejado un aniversario. El gran maestro del socialismo era enemigo irreductible de toda la barbarie legada por los siglos pasados, y dejar que, en nombre del socialismo, en nombre del proletariado, se cumpla la obra del verdugo, equivale a mancillar su memoria.

¡No se puede permanecer en silencio!

La medida que aplicáis os será aplicada mañana. Cuando la locura de los bolcheviques haya agotado las fuerzas de la democracia y lleguen a reemplazarlas las de la contrarrevolución, en favor de las que trabaja el bolchevismo, Rusia será teatro de las mismas atrocidades que se desencadenan actualmente en Finlandia, donde todos los obreros, todos los socialistas, son perseguidos como bestias salvajes. Y entonces, ¡desgraciados de nosotros! Sí, cuando protestemos contra la violencia antiobrera y exijamos de los destructores la salvaguardia del honor y de la vida del proletariado, la burguesía podrá replicarnos: «¡Bajo los bolcheviques, vosotros, obreros, aprobabais idéntica violencia, ejecuciones similares! ¡Pero entonces las ocultabais con vuestro silencio!».

Pero no podemos esperar esa hora. La contrarrevolución reina ya bajo la protección de las bayonetas alemanas en el Don, en Crimea, en Ucrania, en las provincias bálticas. A cada salva de los fusiles bolcheviques dirigidas aquí a los adversarios políticos del poder soviético, resuenan allí los ecos redoblados de otros fusiles que matan a obreros y campesinos revolucionarios. Los contrarrevolucionarios y comandantes alemanes responden a las protestas obreras: «Actuamos al estilo bolchevique».

Por la ejecución de un solo capitán Shchastny, los bolcheviques incitan al asesinato de decenas de obreros y campesinos del sur y del oeste ruso. Pues la sangre llama a la sangre.

«Basta!», debe exclamar la clase obrera ante esa riada de sangre.

Ella debe declarar serenamente ante el proletariado del mundo entero que el proletariado ruso nada tiene de común con ese terror, ni con la bárbara pena de muerte tras proceso, ni con la canibalesca ejecución sin juicio.

Decid a vuestros gobernantes que, desde hace tiempo, han perdido vuestra confianza y solo se apoyan en la violencia descarada, que no son sino perjuros que traicionaron solemnes promesas; que la clase obrera rechaza con desprecio a todos aquellos que tienen algo que ver con la pena de muerte, a todos los verdugos, a sus ayudantes e inspiradores.

Decid a los obreros que aún son miembros del Partido Comunista Bolchevique  el partido que asesina con proceso o sin él  que no ocupan el lugar que les corresponde en el ámbito proletario, y que sobre ellos recae la responsabilidad de la sangre vertida. Decídselo y demostrádselo rompiendo toda relación con ellos, como se haría en el caso de réprobos o apestados, como se hacía con los obreros miembros de la sangrienta Unión del Pueblo Ruso.

El partido de la pena de muerte es tan enemigo de la clase obrera como lo fue el de las sanguinarias persecuciones.

¡Que todos los hijos de la clase obrera, ignorantes, ciegos, descarriados o vendidos, constaten que la familia proletaria jamás les perdonará su colaboración con el verdugo!

¡Que cuantos aún no han perdido la conciencia socialista se apresuren a separarse de los Medvedev, Stutchka, Krylenko y Trotsky, de los Dzerjinsky y Sverdlov, de todos aquellos que se ocupan del exterminio del hombre en masa o al detalle!

¡Hay que manifestarse! ¡En nombre del honor de la clase obrera, en nombre del honor del socialismo y de la revolución, en nombre del miramiento que se debe al país natal, en nombre de la deuda contraída en relación con los trabajadores de la Internacional, en nombre de todos los principios de humanidad, en nombre del odio hacia las potencias autocráticas, en nombre del amor por la memoria de los combatientes torturados por la libertad, que en toda Rusia resuene el llamamiento poderoso de la clase obrera!: ¡Abajo la pena de muerte!

¡Llevemos ante los tribunales del pueblo a los verdugos asesinos!

En síntesis, el «terror rojo» consistirá primero en liquidar toda expresión de la vida del proletariado que contradecía la política burguesa de los bolcheviques, pero la defensa misma de la ideología del terror rojo fomentará la masacre indiscriminada, la locura total, la máquina de matar y la proclamación del verdugo bolchevique como juez y amo de todo el país. En qué medida, los mismos bolcheviques fueron conscientes de que la máquina de matar se había autonomizado, a tal punto que toda la sociedad estaba regida por la locura de cualquier chekista (loco, borracho, drogado, corrupto...) y la muerte indiscriminada, es algo muy discutible, porque hicieron caso omiso de los informes internos que mostraban la realidad.

Para dar una idea de esta cuestión basta con el extracto de un informe interno de la cheka. Se trata del informe hecho por un inspector de la cheka enviado por el propio Dzerjinski a Larolav, escrito el 26 de junio de 1919:

«Los chekistas roban y arrestan a cualquiera. Sabiendo que tienen asegurada la impunidad, han transformado la sede de la cheka en un inmenso burdel (prostíbulo) adonde llevan a los «burgueses». La borrachera es general. La cocaína es ampliamente utilizada por los jefes.»

A su vez esto se confirma en otras regiones. Solo un mes después, el 16 de octubre de ese mismo año, llega a Djerjinski otro informe que confirma totalmente lo anterior. Esta vez proviene de la cheka de Astrakán y dice que «el personal de la cheka está compuesto por elementos dudosos e incluso por criminales... Las borracheras y las orgías son cotidianas. Casi todos los chekistas consumen mucha cocaína. Ello les permite, explican, soportar mejor la vida cotidiana sangrienta. Claro que ebrios de violencia y de sangre, los chekistas cumplen con su deber, pero son indudablemente elementos incontrolados que es necesario vigilar estrechamente».

Es decir que los bolcheviques que matan abierta y deliberadamente para conservar el poder y desarrollar el capitalismo conocen perfectamente la locura criminal que están imponiendo socialmente. Incluso saben que ya en 1919 el proceso está ya totalmente incontrolado. Pero solo se les ocurre controlar lo incontrolable, nombrar más milicos para controlar a los milicos actuales.

Justamente eso, más y más milicos, seguir nombrando controladores para controlar al que controla, hasta que el control mismo de la vida fue tan omnipresente como el caos social capitalista en toda Rusia. Esa carrera loca por controlar todo lo que es cada vez más incontrolable empezó claramente su exponencial desarrollo con Lenin / Trotsky, antes de llegar a su paroxismo con Stalin y luego ser exportado a todos los países en los que impusieron el modelo leninista de «socialismo».


4. REPRESIÓN DEL «ANARQUISMO» EN RUSIA


Lo hemos escrito innumerable número de veces. La revolución y la contrarrevolución son internacionales, a pesar de eso (justamente por el triunfo y predominio de la contrarrevolución) los materiales de los que disponemos siempre están hechos según las políticas nacionales y estamos obligados a utilizar materiales nacionales para conocer, dar a conocer y vislumbrar la revolución y la contrarrevolución internacional.

Lo mismo sucede a nivel de las clases sociales y las organizaciones políticas. La revolución y la contrarrevolución son fenómenos globales de la contraposición misma de clases. Más todavía, lo decisivo en cuanto a la revolución y la contrarrevolución siempre le pasa por arriba a las organizaciones formales de ambas clases sociales y también a las ideologías y casilleros políticos. Pero, a pesar de eso, muchas veces no existen otros materiales que los efectuados por partidos, por organizaciones formales y por ideologías. Esas banderas ideológicas, que también se hicieron más fuertes por la contrarrevolución misma, hacen que la gran mayoría de los materiales hayan sido producidos por las organizaciones separadas e ideológicas que se reorganizaron sectariamente en el exilio. Por eso para reproducir testimonios nos hemos sentido obligados a hacerlo, por ejemplo, en base a las organizaciones formales y/o las construcciones ideológicas producto de la misma derrota y del exilio, no porque nos parezca que eso explica, sino porque son lo único que existe.

En concreto, ahora que estamos reuniendo materiales sobre la represión contrarrevolucionaria rusa contra el proletariado y queremos hacerlo lo más globalmente posible, constatamos una vez más que los testimonios más directos, solo existen separados por organizaciones formales: los «anarquistas», los «socialistas revolucionarios», etc. ¡Es como si el proletariado como clase no hubiese sido reprimido y solo se hubiera reprimido por las ideas de tal o cual tendencia! Por eso no tenemos más remedio, a continuación, que presentar separados los materiales publicados por esas organizaciones, aunque tratemos de situarlos en su debida perspectiva. Es decir, como represión del proletariado en la URSS por parte de la contrarrevolución mundial.

A continuación reproducimos lo que publicaron los «anarquistas» más conocidos en el exilio. En concreto publicamos el texto que lleva el título de La represión del anarquismo en la Rusia Soviética, del Grupo de anarquistas rusos exilados en Alemania, en 1923 y que fuera introducido por diferentes anarquistas, principalmente ideológicos, como Volin o Skirda.

En vez de ver en el proletariado revolucionario la afirmación, cada vez más potente, de la necesidad de destrucción del capitalismo, de la perspectiva de la destrucción del Estado y de una sociedad comunista (¡y por lo tanto necesariamente anárquica!), esos ideólogos como Volin, o Skirda, afirman que fueron reprimidos los «anarquistas», como si la cosa fuese una cuestión de ideas. Esto los hace forzar mucho la historia real de la represión separando a quienes manifestaban esas ideas del movimiento social mismo y su represión generalizada. Por eso no reproducimos las diferentes introducciones que a este material hiciera Volin o Skirda, ni tampoco reproducimos aquí la larga lista de los «anarquistas» reprimidos que publican y nos concentramos exclusivamente en los sucesos represivos mismos que el texto menciona.


Las persecuciones de los anarquistas por el poder soviético empezaron de modo más enérgico después de la primavera de 1918. Las causas fundamentales y generales de esas persecuciones han sido suficientemente aclaradas anteriormente y, por lo tanto, solo nos detendremos brevemente sobre su historia.

El éxito rápido y creciente del movimiento anarquista irritaba e inquietaba desde hacía algún tiempo al Partido Comunista que acababa de instalarse en el poder. Por no sentirse aún suficientemente dueño de la situación y no habiendo todavía conseguido influir decisivamente sobre las masas, el nuevo poder no se decidía a pasar a la ofensiva. Solo después del tratado de Brest-Litovsk sintió el terreno firme bajo los pies y vio la posibilidad de actuar con grandes posibilidades de éxito.

Teniendo en cuenta el peligro mortal que corría la revolución y la necesidad de una «pausa» con el fin de crear un ejército revolucionario, el poder comunista consiguió, con ocasión del tratado de Brest-Litovsk, aterrorizar a las masas, apoderarse de su voluntad y someterlas a la suya propia, a pesar de su deseo claramente expresado de no firmar el tratado de paz con el imperialismo alemán y de continuar la resistencia revolucionaria, único medio de hacer triunfar la revolución.

El tratado de Brest-Litovsk fue impuesto de este modo al pueblo laborioso por el poder comunista. Este pudo por primera vez, después de una larga y obstinada resistencia por parte de los obreros y campesinos, someter a las grandes masas trabajadoras y obligarlas a la pasividad. Era solo el primer paso, el más difícil. Tras tomar la iniciativa de la acción y transgredir impunemente la voluntad de las masas, el poder pudo estrangular la revolución. Luego resultó fácil continuar el camino emprendido, aterrorizando y sometiendo cada vez más a las masas e incluso aumentó su presión sobre ellas para reducir finalmente la revolución a una mera dictadura.

Los anarquistas protestaron enérgicamente contra el tratado de Brest-Litovsk y contra la limitación de las perspectivas revolucionarias, que desnaturalizaba el sentido mismo de la revolución. El poder decidió entonces asestar un primer golpe decisivo a los anarquistas, beneficiándose de la pasividad creciente de las masas y al disponer ya de una cierta fuerza militar organizada.

Siguiendo órdenes de arriba, la prensa comunista empezó a dirigir contra los anarquistas, día tras día, una campaña desenfrenada de falsas acusaciones y de calumnias. Una sólida preparación del terreno se llevaba igualmente a cabo en las fábricas, en las asambleas y en las unidades militares, etc.

Al mismo tiempo se pulsaba la disposición de las masas. Pudo preverse que el poder podría contar con sus tropas y que las masas se mantendrían poco más o menos pasivas. Por fin, en la noche del 12 de abril de 1918, con un pretexto absurdo y completamente imaginario, las organizaciones anarquistas de Moscú fueron asaltadas, especialmente la Federación de Grupos Anarquistas de Moscú. Este asalto fue la señal para el asalto a las organizaciones anarquistas en toda Rusia. Tras haber preparado su golpe y haber dirigido él mismo una campaña desenfrenada en los regimientos contra los «anarcobandidos», Trotsky pudo hacer con satisfacción su famosa declaración: «Por fin, el poder soviético barre el anarquismo de Rusia con escoba de hierro».

Sin embargo, la idea misma del anarquismo no había sido todavía declarada fuera de la ley por el poder: la libertad de palabra, de prensa y pensamiento no estaba todavía definitivamente suprimida. Una cierta actividad libertaria era todavía posible en el ámbito nacional.

Los movimientos de protesta de los jornaleros y campesinos contra los procedimientos terroristas empleados contra ellos por el poder comunista, ya manifiestos en 1918, se incrementaron en 1919 y 1920. Cada vez más cínico y despótico, el poder respondió con una represión encarnizada y creciente, sin detenerse ya ante nada.

Los anarquistas estaban naturalmente en cuerpo y alma del lado de las masas engañadas y oprimidas que luchaban contra sus nuevos amos. Ante los trabajadores exigían el derecho que asistía a estos para tomar directamente el control de la producción por medio de sus organizaciones profesionales.

En relación con los campesinos, los anarquistas defendían el derecho de autogestionarse y de mantener relaciones directas con los obreros. Exigían para unos y para otros la restitución de cuanto habían conquistado por medio de la revolución y que el poder comunista les había arrebatado: la restauración de un orden soviético libre y el restablecimiento de libertades civiles para las corrientes revolucionarias...

En una palabra, exigían la restitución de las conquistas de Octubre al pueblo mismo, a través de organizaciones de obreros y campesinos. Era evidente que, al hacer esto, ponían de relieve la política criminal del poder. En esto consistía la actividad fundamental de los anarquistas, y solo esto sirvió de base para la declaración de una guerra a muerte al anarquismo y para declararlo fuera de la ley.

Después de la primera gran redada de anarquistas en la primavera de 1918, las persecuciones se sucedieron en cadena ininterrumpida, en toda Rusia, durante los años siguientes, tomando un carácter cada vez más desenfrenado y cínico.

En consecuencia, y a finales de ese mismo año, 1918, múltiples organizaciones anarquistas de provincias fueron asaltadas nuevamente. A las organizaciones que conseguían quedar intactas, las autoridades les quitaban toda posibilidad de acción.

En 1919, al mismo tiempo que las persecuciones contra los anarquistas de Rusia, que continuaban en el mismo tono, empezaron las persecuciones sistemáticas de los anarquistas ucranianos. En todas las ciudades y pueblos, sus grupos eran liquidados, los militantes detenidos, los periódicos suprimidos, las conferencias prohibidas.

Durante el verano de aquel mismo año, después de la famosa orden n.º 1.824 de Trotsky, que declaraba fuera de la ley el movimiento makhnovista, algunos anarquistas fueron detenidos y fusilados al mismo tiempo que los makhnovistas. Y así sucesivamente...

Conviene destacar que, en la mayoría de los casos, el asalto a las organizaciones anarquistas iba acompañado de actos de extremado salvajismo por parte de los chekistas y soldados rojos engañados, enardecidos por la rabia y el odio: palizas monstruosas a los compañeros detenidos, destrucción de la literatura secuestrada, destrucción de los locales, etc.

Aparte de estas represiones constantes y cotidianas, el poder comunista organizaba periódicamente y a gran escala redadas de anarquistas, semejantes a las de la primavera de 1918. Así se produjo, en el verano de 1920, en Ucrania, la liquidación general de las organizaciones anarquistas del Nabat.

A finales de 1920, el poder comunista, obligado poco antes a establecer un tratado de alianza con Makhno y a cesar en las represalias antianarquistas, reanudó las persecuciones de anarquistas, haciendo detener en Jarkov a todos los anarquistas llegados para participar en un congreso legal y, simultáneamente, la emprendió contra todos los anarquistas ucranianos, organizando una verdadera caza al hombre, por medio de emboscadas y registros, deteniendo incluso a adolescentes de catorce o dieciséis años, y tomando como rehenes a familiares, mujeres y niños. Para justificar este comportamiento, el poder empezó por declarar su ruptura con Makhno e inventó una «fantástica conspiración anarquista» contra el poder soviético16.

En marzo de 1921, durante las jornadas insurreccionales de Kronstadt, el poder procedió a nuevas detenciones masivas de anarquistas (y de anarcosindicalistas) y los persiguió a través de toda Rusia.

Cualquier movimiento de masas  una huelga, una manifestación de campesinos o un movimiento de descontento entre soldados o marineros  revertía inmediatamente sobre el destino de los anarquistas. En adelante, se detuvo a cuantos habían cometido el error de compartir las ideas libertarias o de ser familiar o amigo de algún anarquista. El simple hecho de manifestar ideas anarquistas abiertamente bastaba con frecuencia para ser detenido.

En 1919 y 1921, las organizaciones de Juventudes Libertarias fueron desmanteladas. La operación de 1921 fue provocada por el deseo de destruir el germen de la aspiración de la juventud a conocer los fundamentos de las teorías libertarias.

En el invierno de 1921, las organizaciones anarquistas universalistas de Moscú fueron desmanteladas.

En la primavera de 1922, más detenciones masivas de anarquistas en toda Rusia.

Nuestra lista de represiones dista mucho de ser completa. Puede afirmarse sin incurrir en exageración que, en el curso de esos últimos años, toda la Rusia revolucionaria ha sido, bien encarcelada, bien asesinada, figurando los anarquistas en primera fila.

En esas condiciones es imposible para ellos entregarse a la menor actividad. Su prensa está asfixiada. Cualquier toma pública de posición se ha hecho impensable.

De hecho, las ideas anarquistas y la libre expresión han sido declaradas fuera de la ley desde 1919.

Semejante infamia no podía darse sin provocar vivas protestas personales por parte de algunas individualidades fuertes. Hacia finales de 1919, Casimir Kovalevitch, obrero de los talleres del ferrocarril de Moscú, anarquista muy popular en su barrio, arrojó con el concurso de algunos compañeros una bomba en una asamblea de dirigentes comunistas, en la calle Lentiev, de Moscú17. Este acto de protesta contra la dictadura bolchevique no provocó toma de conciencia alguna dentro del partido dirigente. Por el contrario, este se puso a perseguir a los anarquistas todavía con más saña, y a todos los revolucionarios en general, recurriendo a los medios más escandalosos de cinismo e inquisición.

Si, en el momento actual, subsiste en Rusia una actividad anarquista clandestina, y si esta puede conducir a actos de terror antigubernamental, es necesario comprender esos actos, que siempre se han llevado a cabo y seguirán produciéndose inevitablemente allí donde reine la arbitrariedad y un monstruoso terror dirigido desde arriba, en cualquier parte donde el pensamiento y la palabra sean asfixiados y la libre expresión sea proscrita; allí donde cualquier otro medio de lucha sea imposible.

Los horrores cometidos en Rusia empiezan por fin a evidenciarse ante los ojos de quien llega de nuevo al país, al mismo tiempo que se van conociendo cada vez más fuera de sus fronteras. Por eso, el poder comunista se ve obligado a recurrir a toda clase de medios con el fin de crear una apariencia de justificación a sus crímenes. No se detiene ante los medios más infames, por ejemplo, la «provocación».

Una de estas provocaciones tiene como protagonistas a León Tcherny y a Fanny Baron.

En el verano de 1921, un grupo de delegados anarquistas extranjeros, llegados para el Congreso de la Internacional Sindical Roja, interpeló al gobierno soviético respecto a los anarquistas rusos presos en la Taganga, que hacían una huelga de hambre para exigir su liberación, así como la de todos los anarquistas prisioneros. Como los delegados insistieran sobre la liberación de esos anarquistas, Trotsky y otros representantes del poder les respondieron: «¡Se trata de bandidos!».

Aunque el Poder se vio finalmente obligado a liberar a esos anarquistas y a expulsarlos al extranjero, montó toda una trama para justificar, de cara a los obreros extranjeros, la táctica terrorista en relación con aquellos, una trama basada sobre una provocación de la cheka, sobre delitos de tipo común relativos a la fabricación de moneda falsa y que llevó al fusilamiento de dos de nuestros camaradas más honestos: León Tcherny y Fanny Baron.

Ha sido probado, no solo que los camaradas fusilados eran inocentes de esos delitos de derecho común, sino también que la idea de fabricar moneda falsa había surgido en la propia cheka de Moscú. Dos de sus agentes, Steiner (Kamenny) y un chófer chekista, se habían puesto en relación con maleantes y, luego, se habían infiltrado en un grupo anarquista, incitándolos a fabricar moneda falsa y a poner en marcha expropiaciones. Todo esto se desarrolló con el beneplácito de la cheka, quien, gracias a esta provocación, exigió la vida de los libertarios, llegando hasta infamar su memoria.


Sigue una larga lista de «anarquistas» víctimas de la cheka.


5. Documentos de los socialistas revolucionarios


Publicamos, a continuación, algunos de los materiales y documentos sobre el terror bolchevique que reunieron en el exilio militantes socialistas-revolucionarios de Rusia. Este texto fue sacado clandestinamente desde la prisión interior de la Vecheka Lubianka, en Moscú, en junio de 1921 y fue firmado por «Un testigo ocular». Consideramos que es un documento excepcional por el período que ocupa (desde el principio del bolchevismo), y porque este testimonio coincide con todos los que se conocerán décadas más tarde, porque describe la esencia misma del sistema represivo bolchevique: sus principios, sus métodos, sus centros, su sistema de detención, de interrogatorio, de destrucción moral, de aniquilación, de imagen externa...


La «seguridad»

comunista panrusa


«Aniquilar al adversario y, después de reducirlo a la impotencia, aplicarle todas las represalias de una justicia sumaria.» Esta consigna ha pasado a ser un principio bolchevique en todas aquellas localidades donde se practica la tortura chekista en el ámbito de la RSFSR [primer nombre de la URSS].

Se adoptó este procedimiento desde los primeros días del golpe de Estado de Octubre, cuando los sótanos de Smolny [centro del Comité Militar Revolucionario dirigido por Trotsky] se transformaron en prisión improvisada, mientras el sanedrín [consejo de sabios judíos] comunista, reunido en el mismo inmueble, encima de los prisioneros, celebraba sesiones y, sin más, mantenía su expeditiva justicia.

Este sistema de «contigüidad territorial» entre los detenidos y los jueces se consideraba muy «racional», y se convirtió en la piedra angular de todas las «seguridades» de la República soviética.

Mas, si en las capitales de provincia los centros de tortura chekista llevan todavía huellas de una falta de organización y de «imperfección» técnica; si barrios enteros de pequeñas casas, rodeados de alambradas, dan fe de los escasos recursos de que disponen aquí las chekas, en Moscú, en cambio, uno se siente inmediatamente en una «capital chekista», en posesión de grandes medios técnicos, así como de «colaboradores» dotados de gran experiencia prácticaPor otra parte, Moscú creó el tipo ya histórico de «Comisión extraordinaria»; igualmente, la prioridad sobre todas las policías de provincias le es adjudicada de derecho, y es ella la que marca la pauta.

La ciudad dentro de la ciudad


Como se sabe, las numerosas dependencias de la Seguridad General ocupan en Moscú todo un barrio, situado entre las calles de la Lubianka grande y la Lubianka pequeña, y en una serie de calles y callejuelas adyacentes. Allí, hay innumerables secciones y subsecciones que desempeñan «operaciones secretas», «informaciones estadísticas», «archivos», etc. Existen igualmente oficinas de trabajo, despachos de jueces de instrucción, centros que dirigen las operaciones de todo un ejército de agentes provocadores y confidentes. Allí están también las celdas preventivas destinadas a los criminales de delito común y a los «contrarrevolucionarios» de toda laya, sin distinción de sexo, edad o nacionalidad, así como los sombríos calabozos y los sótanos de reclusión y ejecución, con su verdugo y su administrador, encargado de llevar el registro de cadáveres (aunque parezca mentira, existe semejante cargo).

Se trata de una auténtica ciudad dentro de la ciudad, que funciona día y noche, gracias a los esfuerzos conjugados de la Vecheka y de la cheka de Moscú.

El principal aparato «práctico» de la Vecheka ocupa el gran inmueble de la compañía de seguros Rossia, que, por un lado, da sobre la plaza de la Lubianka. Es aquí, en pleno corazón de Moscú, donde el ojo siempre alerta de la cheka vela por la seguridad de la «República» y vigila a todos sus enemigos secretos o manifiestos.

Si se observa el inmueble ocupado por la Vecheka desde la plaza, no produce impresión alguna: ni alambradas ni ametralladoras ni patrullas. Es un edificio como los demás. Por la acera transitan los ciudadanos de la feliz Sovdepie. Solo la puerta aparece guardada por un forzudo centinela de la vokra (abreviatura de «tropas del servicio interior», o, según la antigua terminología, del «cuerpo especial de gendarmería»).

Cuatro años de prácticas han enseñado a los chekistas de la capital a salvar las apariencias, a evitar melodramas sangrientos en las calles.

«Nada de ruidos. No atraigamos la atención de los transeúntes.» He ahí lo que parece estar diciendo el apacible edificio del número 2 de la plaza de la Lubianka. Mas, una vez se ha franqueado la puerta, las cosas se presentan ya con su verdadero aspecto, sin camuflajes. Dentro ya no se toman precauciones ni se guardan apariencias.

Quien penetra en el interior ya no necesita preguntarse a qué categoría de órganos soviéticos pertenece esta apacible institución... Tras las puertas herméticamente cerradas y las ventanas recién pintadas, la «seguridad» comunista ejerce día tras día su infame y sangriento trabajo...

Sería un error imaginarse a la ojrana [seguridad zarista] de nuestros días como Moscú la conoció hace dos o tres años, como un lugar dantesco y sangriento, donde se inflige a las víctimas torturas refinadas, o se fusila a culpables e inocentes, según el capricho del chekista [hace referencia a que en ese período los bolcheviques habían considerado terminado el período oficial de «terror rojo»].

Ciertamente, esto no quiere decir que ya no se fusile sin procesos, ni que millares de seres humanos no languidezcan en innumerables prisiones y campos de concentración. Por el contrario, la cheka «trabaja» tanto como puede y procede contra los «enemigos de la República» con tanto ardor y presteza como en el pasado.

Sin embargo, ese «trabajo» evidencia ahora un cierto sistema acabado, una cierta «legalidad revolucionaria». Se han creado usos y costumbres.

Incluso se ha creado, horribile dictu, una cierta rutina. Y, a medida que del caos primitivo se desprenden de modo más claro los contornos característicos del edificio chekista, iba destacando con mayor precisión el sello que marca el «genio» bolchevique. La cheka ocupará un lugar de privilegio en la «historia de la seguridad a través de los siglos y de los pueblos».

Quisiera detenerme en algunos detalles de los «Usos y costumbres» que se establecieron en el barrio de la Lubianka.



Las detenciones


Pasaron los tiempos en que la tarea esencial de la Comisión Extraordinaria Panrusa consistía en perseguir a los representantes del «antiguo régimen». Estos fueron detenidos hace tiempo y fueron en gran parte exterminados, o bien «domesticados». De vez en cuando, se descubre alguna nueva conspiración de guardias «blancos», y entonces el organismo correspondiente de la cheka redobla su actividad.

Los mayores esfuerzos en este sentido se han dirigido en los dos últimos años contra los partidos socialistas. Sus miembros constituyen «la clientela» política más importante de la Vecheka y, como es natural, ha sido precisamente la caza de esta categoría de «enemigos de la República» la que ha servido para elaborar «la técnica» actual de las detenciones.

Es sabido que los bolcheviques se resienten de la enfermedad «profesional» común a todos los usurpadores y opresores, conocida en medicina como «manía persecutoria». Los representantes del poder se ven sujetos a crisis periódicas de esta naturaleza. Entonces, y bajo el influjo del terror pánico, proceden a detenciones en masa.

La repetición periódica de tales detenciones ha creado una auténtica categoría de «habitués de las rceles», a quieres se encarcela en tiempos de crisis. Algunos meses después, se les pone en libertad tan repentinamente como se les había detenido, para encarcelarlos de nuevo al cabo de algún tiempo.

Se han convertido en lo que llamamos prisioneros «cíclicos». Ellos mismos acaban por acostumbrarse a los cambios periódicos de residencia, como lo hacen los habitantes de las costas ante el juego de las mareas. Se les detiene de acuerdo con un plan preconcebido, sin ruido ni complicaciones. Las maletas de estas personas están siempre preparadas para un viaje eventual, y el representante de la sección de «operaciones secretas» que va a buscarle solo tiene que «rogar» a sus «clientes» que tomen asiento en el coche aparcado delante de la puerta de la casa.

Las cosas son mucho más complicadas cuando se trata de socialistas cuyos nombres no figuran en las «listas fijas», quienes, por cualquier razón, no son de fácil localización y en cuyo arresto han de utilizarse todos los procedimientos de la magia chekista, desde los confidentes y los agentes provocadores, hasta las refriegas y emboscadas. Conviene señalar que esta última estrategia se practica muy ampliamente y, en ocasiones, con eficaces «resultados».

En caso de caza fructuosa de uno de esos socialistas inaprensibles, el juez de instrucción en persona, especializado en ese tipo de cuestiones, se traslada con bastante solemnidad, acompañado por una multitud de esbirros, al lugar de la acción. Lleva en el bolsillo un mandamiento judicial de detención contra «todos los sospechosos» y el corazón lleno de esperanza de volver con una abundante redada.

En casos como estos, registran toda la casa dejándola patas arriba, operación que, por supuesto, precede a la desaparición de los objetos de valor. Se detiene a todos los miembros presentes de la familia, sin exceptuar a los viejos y a los niños. Se instala en el apartamento una «celada» [ratonera] que pone en manos de la policía a una o dos decenas más de prisioneros, personas que, regular o casualmente, van a visitar a uno de los habitantes de aquel edificio y que, en muchos casos, no han visto en su vida a quien es la causa directa de su inesperada desgracia.

Todos estos detenidos son conducidos a la Vecheka, donde permanecen más o menos tiempo... Y el juez de instrucción respectivo añade a sus expedientes una serie de «casos» nuevos.



En la «Jefatura»


El prisionero que atraviesa el umbral de la cheka no se encuentra de buenas a primeras en la inmunda sala de torturas donde los charcos de sangre en el suelo no tienen tiempo de secarse, donde el gatillo del revólver no deja de crepitar, o donde el aire se estremece ante los gritos de las víctimas y la ignominiosa risa del verdugo.

No, antes de que el verdugo entre en acción, todo prisionero debe pasar por una serie de etapas sucesivas, del mismo modo que, según la doctrina de los brahmanes, el alma humana, después de la muerte, debe pasar por una serie de transformaciones a través de los diversos estadios de la creación.

La primera «etapa» por la que debe pasar cualquier «contrarrevolucionario» es la jefatura.

Esta jefatura, dividida por gruesas mamparas de madera en toda una serie de pequeños corredores, cubículos, rincones, con puertas que no cesan de abrirse y cerrarse y con chekistas que van sin parar de un sitio a otro, da la impresión de una pequeña «prisión de tránsito», construida a toda prisa, ruidosa y sucia, en que el olor a tabaco y la suciedad penetran la atmósfera; un lugar en fin en que es imposible pensar en las palabras solemnes y amenazadoras que Dante había leído en la entrada del Infierno: «Los que entráis aquí abandonáis toda esperanza».

Aquí todo es conocido y familiar para un socialista ruso conocedor de las prácticas del período zarista. No, no todo. Hay también algo nuevo, algo «comunista». Si mientras está «libre» cualquier ciudadano soviético debe pasarse la vida obteniendo «raciones» y llenando interminables impresos de encuesta, aquí, en el umbral de la Vecheka, un prisionero debe, además, pagar su tributo a la irresistible inclinación del poder por los métodos «científicos y estadísticos» del gobierno. Es por lo que, apenas desciende del camión y se ve en las oficinas del comandante de servicio, el prisionero se encuentra entre las manos una inmensa hoja que contiene algunas decenas de preguntas y que debe empezar a contestar.

Hecho esto, se le registra otra vez, le toman todo lo que se le había permitido conservar en el momento de la detención, comprendidos el lápiz, el reloj, la sortija (si es de oro). Se rellenan innumerables «mandatos», «recibos», «actos de confiscación». En fin, tratado de este modo según todas las prescripciones científicas y acompañado de todos los documentos respectivos, el hombre es introducido en un local anexo al de «jefatura». Habitualmente, permanece allí varios días.

Se trata de una especie de «centro de clasificación».

Se lleva allí a todos aquellos que han sido detenidos por orden de la Vecheka, hombres y mujeres, políticos y simples criminales, parientes y gente detenida al azar, todos se concentran en aquella larga sala semioscura, cuyas ventanas dan al patio, y que en otro tiempo debió servir de depósito de algún almacén.

Esta «sala» (que tiene una puerta vidriera) contiene en todo momento a varias decenas de personas y recuerda los asilos nocturnos del mercado Kitrovsky. Hay colchonetas alineadas a lo largo de las paredes. Sobre ellas, y mezclados, yacen acostados, o sentados, hombres y mujeres. Se nota un hormigueo de cuerpos en el suelo. Todo esto apenas alumbrado por una pequeña linterna de luz vacilante.

Hacia el alba, ya no llegan nuevos huéspedes. Los prisioneros, tras dos o tres horas de sueño agitado, y todavía bajo la obsesión del primer shock se ponen a contarse las historias de sus incomprensibles y enigmáticas detenciones.

Aquí, es posible distinguir a primera vista a los simples «particulares», mortalmente asustados de verse envueltos en una «historia» que no les concierne, del protagonista de la historia, algún «viejo socialista», conocedor de estas experiencias, y que se mantiene aislado; también es fácil distinguir a los concesionarios soviéticos, especuladores o ladrones del erario público, que disimulan sus habilidades bajo el modesto y lacónico apelativo de «abusos», o bien a los comunistas extranjeros, llegados al Moscú soviético con la esperanza de hacer una carrera rápida de comisarios y que, por alguna desdichada complicación, van a parar a la Vecheka y, por fin, un par de «encubadoras» [alcahuetas o soplonas] que intentan torpemente obtener información preliminar de toda aquella gente temblorosa, capaz de facilitar el trabajo ulterior de las autoridades.

Por la mañana, se procede pausadamente a la «clasificación» de los detenidos. Además, por una razón de exactitud, hay que señalar que en la «jefatura», los detenidos son denominados preferentemente «personas consignadas».

A nuestras preguntas acerca de los motivos de nuestra detención, los jefes que entran en la habitación responden de modo invariable y no sin cortesía: «¿Detenidos, ustedes? ¡Vamos, ciudadanos! No están ustedes detenidos, solo están consignados. Vamos a conocernos... y todo quedará enseguida aclarado».

Igual que en los viejos tiempos, cuando los capitanes de gendarmería escribían: «Consignado en espera de que sean aclarados los motivos de la detención...».

Por espacio de dos o tres días, los «consignados» viven en una sucesión permanente de estados de esperanza y decepción. De vez en cuando, son llamados a comparecer ante jueces de instrucción y se les promete la «liberación». Luego, de repente, aparece cierta «confusión de nombres» o «nuevas circunstancias por aclarar»... y los «consignados» permanecen encerrados, animándose con interminables conversaciones y, de tarde en tarde, con una escudilla de sopa muy clara con doscientos gramos de pan negro, dieta que constituye la ración diaria.

Después de la «clasificación» preliminar y de algunos interrogatorios y confrontaciones «favorables», parte de los «consignados» es puesta en libertad.

A todos los demás se les declara «detenidos», se los registra nuevamente (por tercera vez) y son trasladados a la «Prisión interior de la Vecheka», segundo círculo en la peregrinación de las almas «contrarrevolucionarias».

En el patio interior del edificio de la compañía de seguros Rossia, se eleva un gran inmueble de cinco pisos. En otro tiempo, había sido un hotel de segunda fila que ni siquiera tenía salida directa a la calle, pues se hallaba aislado por todas partes de la fachada del edificio exterior, que tenía asimismo cinco pisos. Este inmueble, tan bien oculto, es el que servía naturalmente de «Prisión interior de la Vecheka».

Se diría que el propio destino había tenido en cuenta estas futuras comodidades bolcheviques cuando se edificó el inmueble. Porque, en efecto, se había erigido en el corazón mismo de Moscú una prisión tan amenazadora como recatada. ¡Había quedado no solo rodeada de un muro de piedra, sino además de un círculo viviente de instituciones chekistas, donde cada ventana tiene una opuesta, en los cinco pisos del edificio, desde donde se vigila sin cesar! Esta realidad superaba todos los sueños de los gendarmes bolcheviques, que habían empezado por los humildes sótanos del Smolny para hallar, finalmente, una realización tan completa de su «ideal» en Moscú, en la plaza de la Lubianka...

Es aquí, a esa «prisión interior», a donde son trasladados desde «jefatura» los infelices «consignados», convertidos ya en «detenidos». Apenas se penetra en ella, se siente el violento contraste entre esta nueva etapa y la que se acaba de dejar. Parece mentira que esas dos instituciones, separadas tan solo por un pequeño patio de suelo asfaltado, lo estén en realidad por el territorio de todo un Estado. En efecto, si la «jefatura» está llena de ruidos, de suciedad y de bullicio; si su administración es una auténtica «internacional» abigarrada, y las costumbres establecidas una verdadera mezcla de «Europa y Asia», la «prisión interior» produce la impresión de algo integral, acabado, homogéneo.

Toda su administración, desde el comandante hasta los que vigilan y barren, se compone de letones fríos, taciturnos, seguros, dispuestos a todo y que hacen su servicio a conciencia y con la mayor convicción.

Aquí se anda sin hacer ruido, se habla en voz baja, se lleva a cabo puntualmente todo lo previsto por el reglamento y no se contesta a ninguna pregunta superflua.

Solo después de algún tiempo, y tras haberse familiarizado con todos los detalles de la vida en prisión, puede comprenderse cómo, en pleno Moscú, se haya podido poner entre rejas a algunos centenares de personas y aislarlas tan completamente como en la fortaleza de Schluselburgo.

El detenido es conducido a la oficina de la «Prisión interior», donde (por cuarta vez) se lo registra minuciosamente. En verdad, haría falta la suerte o el genio de un Rocambole para conservar, después de todos estos registros consecutivos, la punta de un lápiz o un trozo de papel. Sin embargo, la suerte no siempre abandona a los «veteranos» de la prisión en el curso de sus tribulaciones a través de los registros chekistas.

Después de los registros y de las formalidades al uso en la oficina, el detenido es introducido en una de las «habitaciones» del antiguo hotel que una mano hábil ha transformado en celdas. Las huellas de ese trabajo de transformación saltan a la vista. Las ventanas aparecen reforzadas con sólidas rejas, y los cristales, pintados de arriba abajo con pintura blanca. A través del montante, apenas entreabierto, se percibe tan solo una ventana de la cheka y una estrecha franja de cielo lejano. La puerta está provista de un «chivato» [agujero por el que el guardia vigila al detenido] triangular. La cerradura está instalada por fuera...

Un efecto bastante singular se produce por la combinación del parquet con las literas de madera y las vigas del techo liso, sin arcos, que nada tiene del techo de una prisión. Pero el «Reglamento», colgado en la puerta, no permite la menor duda en cuanto a la naturaleza de este «hotel».

Bajo amenaza de «sótano» y calabozo, se intimida a los detenidos a no hacer el menor ruido, a no mirar por el agujero del «chivato» o por los de la cerradura; a no hacer el menor intento de comunicarse con «el exterior» o con otros compartimentos en el interior de la prisión; en fin, a someterse ciegamente a todas las prescripciones de los jefes.

Como regla general, están rigurosamente prohibidos el tabaco, los libros y los periódicos. También lo están las visitas y los paseos.

Estos son los elementos esenciales del reglamento, que, dicho sea de paso, es una copia casi exacta de las viejas prescripciones de los gendarmes [de la época zarista], completadas con una serie suplementaria de prohibiciones y restricciones en otro tiempo inexistentes.

Todo el régimen de la prisión responde a este reglamento; su objetivo principal es el aislamiento más absoluto y completo de los detenidos.

En lo que atañe al mundo exterior, como las visitas están prohibidas, solo los «paquetes» ofrecen algún peligro. Por esta razón son objeto de extremada atención. Todos ellos son minuciosamente examinados, las provisiones cortadas con cuchillos, las latas de conserva abiertas, las costuras de la ropa descosidas. El papel del embalaje es sustituido por el de la prisión, y la lista de los objetos enviados es, con frecuencia, copiada en la oficina, a fin de que no le sea dado al detenido inferir por la escritura misma del remitente alguna deducción peligrosa para la República de los sóviets... En pocas palabras, se toman todas las precauciones humanamente posibles.

En lo que se refiere al aislamiento «interior», las cosas son, naturalmente, mucho más complicadas. Sin embargo, en relación con esto se han obtenido ya resultados considerables.

Como consecuencia del poco espacio disponible, solo se aísla herméticamente a los detenidos especialmente importantes y en casos excepcionales. La mayor parte de los presos ocupan salas comunes. Por otra parte, la administración de la cárcel ha inventado un procedimiento especial de distribución «mixta». En cada sala común se encuentra a un socialista, a un especulador, a un guardia «blanco», a un funcionario soviético estafador, a un chekista caído en desgracia y, si hace falta, a un confidente. El número de representantes de todas las categorías se duplica o triplica en ocasiones, de acuerdo con las dimensiones de la sala, pero el principio del «Arca de Noé” permanece invariable.

Esta mezcla de personas de diferentes categorías, y extrañas las unas a las otras, evita, en gran parte, el peligro que ofrecería la convivencia en común.

Se evita con igual cuidado la eventualidad de encuentros imprevistos en el pasillo; cuando pasa un detenido, las puertas de aquellas salas, abiertas casualmente, se cierran de inmediato. En los casos «sospechosos», los agujeros de las cerraduras se taponan con papel. El menor intento de establecer comunicación golpeando contra la pared de la celda implica castigos severos, o al menos el cambio a otra celda o a otro piso. El ojo del chekista vigila de la noche a la mañana a través del «chivato». En ocasiones, los guardias irrumpen y practican nuevos registros para descubrir algún indicio de «comunicación».

Pero la vigilancia de los chekistas se aplica sobre todo en los retretes, donde los detenidos acuden en grupos, dos o tres veces al día. Se teme sobre todo la «correspondencia». Por eso, antes de hacer entrar y salir, los guardias examinan cuidadosamente los excusados, borran las inscripciones que descubren en los muros, examinan todas las fisuras y recogen todos los papeles. Mientras los detenidos están en el retrete, los guardias los vigilan incansablemente a través del «chivato» y, en el caso de «sospechosos», dejan las puertas abiertas de par en par, a pesar de las mujeres de limpieza que van y vienen por el pasillo.

La situación más penosa es la de las mujeres, que los chekistas vigilan en los retretes con especial ardor, observando atentamente a través de los agujeros de las cerraduras con sentimientos que, frecuentemente, nada tienen en común con los «intereses de la República».

De una manera general, la situación de las mujeres es muy difícil en la prisión interior de la Vecheka: sus celdas se encuentran mezcladas a las de los hombres, y su existencia transcurre fatalmente bajo la mirada vigilante de los guardias chekistas.

Los continuos incidentes, las protestas como consecuencia del vil «espionaje» y las infracciones continuas del derecho más elemental de las prisioneras no sirven en general para nada. Como para creer que el poder está muy pendiente de las nuevas «conquistas» chekistas, que habrían sonrojado a la mayoría de los gendarmes zaristas. Sin embargo, en relación con «jefatura», la prisión interior ofrece una ventaja: cuando menos, las mujeres disponen de celdas separadas, mientras que, allí, todos los detenidos están juntos.

Estos son los rasgos más significativos de ese régimen de «aislamiento» de que está impregnada la prisión interior. Aquí ¡puede uno pasar meses enteros pared por me- dio con su mujer o su hijo sin llegar a sospechar su presencia! Aquí puede uno pasarse días enteros soñando con la revolución mundial e ignorar todo lo que sucede en la plaza de la Lubianka.

A pesar de todo, no hay prisión en la que, de vez en cuando, no entren las ondas del «radiotelégrafo»; en la que las celdas no oculten en sus paredes «receptores» invisibles, pero por ahora no me detendré en estos pequeños «defectos» del aparato de aislamiento.

Si, en lo que a aislamiento y a toda suerte de atentados contra la dignidad humana se refiere, los bolcheviques han superado todo lo que hasta ahora ofrece la historia de las prisiones y de las policías, en lo que respecta al régimen material infligido a los prisioneros, han batido igualmente «todas las marcas».

Al calcular la ración diaria de los detenidos, se cuenta «deliberadamente» con la maravillosa facultad humana de «sobrevivir» durante algunos meses en beneficio de la instrucción. De no ser por los envíos del exterior (los detenidos que traen de provincias no los reciben, lo mismo que muchas personas de Moscú, pero habitualmente se crea en las celdas una «comunidad de abastecimiento»), buen número de detenidos en las cárceles bolcheviques habrían muerto a buen seguro de inanición.

En efecto, todo lo que se da diariamente a los detenidos consiste en doscientos gramos de pan negro, un plato de sopa clara a mediodía y por la noche, algunas patatas cocidas y unos cuatro gramos de azúcar. Los domingos y los días festivos no se cena por la noche, pues los «trabajadores» descansan. Si a esto se añade la ausencia total de paseos, de ventilación y la falta de luz (los cristales de las ventanas están pintados), así como la carencia absoluta de libros y de cualquier tipo de ocupación, se comprenderán las razones de las múltiples enfermedades, tanto físicas como psíquicas, que hacen estragos entre los detenidos. La tuberculosis y la avitaminosis hacen estragos. Y lo que la justicia chekista no consigue, lo efectúa de una manera lenta, pero segura, el régimen de «aislamiento» de la prisión interior: aniquila a los adversarios del Estado bolchevique.



El interrogatorio


A la caída de la tarde, se produce una cierta animación dentro de la monotonía de la jornada carcelaria. Las puertas de entrada golpean, las llaves rechinan en las cerraduras de las celdas, los detenidos van y vienen. Es el aparato de instrucción chekista que emprende su trabajo nocturno.

Por otra parte, el detenido no sabe nunca adónde se lo conduce: si hacia la libertad o al «sótano»; si al verdugo, al juez de instrucción o a la estación del ferrocarril. Se entera del punto final del viaje una vez llegado a su destino.

... toda una serie de estancias, atravesadas por tabiques, pasillos estrechos, penetrados por el silencio de la noche, solo la luz eléctrica que filtran los intersticios y el tecleo lejano de las máquinas de escribir testimonian el trabajo intenso de los policías soviéticos siempre vigilantes.

A cualquier «recién llegado» inexperto, todo esto debe hacerle necesariamente el efecto de un misterioso y terrible laberinto, donde, detrás de cada puerta, lo espían hombres revólver en mano, o donde una muerte atroz lo espera impaciente.

En ese estado de ánimo, el detenido es introducido en el «despacho del juez de instrucción», y... empieza el interrogatorio.

Ya he tenido ocasión de observar que la época «romántica» de la Vecheka terminó hace tiempo y que, en la actualidad, ya no se oyen pistoletazos en la oficina del juez. Se ha producido una separación estricta de las funciones, derechos y obligaciones chekistas. Actualmente, al verdugo chekista ya no se le ocurrirá ir a sentarse en el sillón del juez chekista, ni a este ir a «trabajar» al sótano. A cada uno su sitio... y su retribución.

La verdad es que, en el curso de los interrogatorios, se utilizan todos los medios, incluyendo la provocación, las falsas acusaciones, las proposiciones infames y las amenazas directas. En efecto, en determinado momento, y como por azar, el revólver aparece sobre la mesa, pero... ya no dispara. Forma parte, por decirlo de algún modo, del marco en que se desenvuelve el interrogatorio, y al que no se debe tomar demasiado en serio. Conviene aquí hacer notar que incluso el aparato de instrucción ha dado lugar a un reparto estricto de funciones. A cada categoría de «crímenes» corresponde un aparato de instrumentación, un juez de instrucción «especializado» a la cabeza de todo el proceso, con una falange de auxiliares a su alrededor. Especuladores, comunistas concusionarios, guardias «blancos», socialistas-revolucionarios, mencheviques, etc., todos tienen sus propios «patronos», especializados en ese ramo del «trabajo».

Se presta, por supuesto, la mayor atención a los socialistas. Aquí, se movilizan «las mejores fuerzas chekistas», y el «trabajo» se hace de un modo «científico».

En la oficina del magistrado respectivo, las paredes aparecen adornadas con diagramas y esquemas minuciosamente trazados, que recuerdan el plan del sistema solar en el que el lugar central del Sol corresponde al «líder» del partido, rodeado, a distintos intervalos, por los «planetas» de dimensiones desiguales, con sus respectivos «satélites» técnicos.

Cuando comparece un socialista detenido por primera vez, se empieza por precisar el lugar que ocupa en el «sistema solar». Si se confirma que se trata de un «planeta», o de un «satélite» todavía desconocido, la investigación tiende sobre todo a establecer sus «dimensiones» y su situación en el «espacio».

Para abordar todo este trabajo «astronómico», los jueces de instrucción no tienen, en general, más que sus propios recursos, puesto que los socialistas conservan desde los viejos tiempos la mala costumbre de la «simulación» y la sombría «insociabilidad»... Pero, por otra parte, cuando las investigaciones de los «especialistas» se ven coronadas por el éxito, el cartograma del partido se ve solemnemente decorado con un nuevo y pequeño círculo significativo en cuyo interior aparece el nombre de un «planeta» recientemente descubierto.

Si los casos de derecho común llegan finalmente a un resultado concreto y el detenido acaba bajo la jurisdicción del tribunal, o en un campo de concentración, o en los sótanos del verdugo, los «casos» de los socialistas casi nunca terminan en algo concreto. Se trata de un «privilegio» especial de los socialistas. Ningún juicio. Ninguna acusación fiscal. Ningún trámite de detención. Casi ninguna ejecución.

Sencillamente se les mantiene en prisión, reducidos a la impotencia, en nombre de «la seguridad de la República», «hasta el fin de la guerra civil».

Por otra parte, a partir del momento en que un socialista determinado es fijado en el cartograma, la investigación que le concierne ha dado fin. Y el propio detenido, de acuerdo con la «conclusión» del juez de instrucción y con la «decisión» de la Oficina de la Vecheka, queda instalado en una de las prisiones de Moscú.

En ocasiones, a los rigores del invierno sucede de manera súbita una «primavera» de corta duración, y algunos «satélites» recobran una libertad provisional. ¡En cuanto a los «planetas», se los mantiene firmemente en prisión sea cual sea el tiempo que haga.



El último eslabón


El presente estudio quedaría incompleto si yo no dijera algunas palabras, conscientemente breves y rápidas, sobre el vástago más horrible del golpe de Estado de Octubre, nutrido en los centros de tortura chekistas con la sangre de muchos millares de vidas humanas.

Después de haber vivido los cuatro últimos años de nuestra existencia, hemos perdido la costumbre de estremecernos ante la palabra «terror», y el número de sus víctimas acaba por entrar en nuestra conciencia de manera completamente mecánica.

El terror todavía no ha desaparecido de la vida de nuestro país, pero también él ha adoptado «formas organizadas». Se ha ocultado detrás de decenas de expedientes, de resoluciones, de veredictos, de condenas.

El sótano de las ejecuciones aún no ha sido destruido. El verdugo no ha sido destituido, sino que permanece retirado y espera pacientemente el «mandato» que acompaña la pena de muerte.

Tras lo cual, se pone tranquilamente manos a la obra: todas las formalidades han sido cumplidas.

Entonces conduce a su víctima al sótano y la mata de un pistoletazo en la nuca.

Es decir, de un tiro de Colt, pues se trata de un revólver de grueso calibre. El tiro es en la nuca, porque un impacto de este tipo hace estallar la cabeza, por lo que la identificación de la víctima resulta imposible.

Cumplida la ejecución, el cuerpo es confiado al «administrador encargado del registro de cadáveres», el cual dispone del mismo. Nuevo «mandato», nuevos «ejecutores», y el círculo de las «operaciones» chekistas se cierra.

Después de ordenar todos los documentos justificativos y de llevarse los despojos de su víctima, el verdugo descansa.

En las dependencias superiores, lejos del sótano y en espera de un nuevo mandato, se entrega a todas las dulzuras de la existencia, las cuales le son donadas generosamente a cambio de su pesado y difícil trabajo.

Es necesario creer que, efectivamente, es un trabajo difícil, pues ni los propios verdugos chekistas resisten siempre. Se vuelven locos.

El que desaparece es inmediatamente reemplazado por un nuevo ejecutor de altas misiones. El funcionamiento del aparato represivo no para un solo instante.

Otro apellido figura en «los mandatos». Otra mano blande el revólver. A esto se limita toda la diferencia... Así son los centros de tortura comunistas. Lo que sorprende sobre todo en la obra de la cheka, es la mezcla de barniz exterior recién adquirido, con un abismo de ignominia y de cinismo que nada ha podido superar hasta el momento. Aquí no se habla de publicidad, de imparcialidad o de piedad humana, ni siquiera se piensa en ello, puesto que toda la «seguridad» comunista, según la idea de sus fundadores, no ha sido y no será jamás otra cosa que un órgano de represalias ejercidas contra los «enemigos de clase» del Partido Bolchevique. Aquí, los métodos de represión no son ni «morales» ni «amorales», pues todo lo que fortifica y protege el dominio de este partido es bueno y moral.

Se trata solamente «de no hacer demasiado ruido», de trabajar «limpiamente»; la Vecheka posee a la perfección ese «secreto».

Y si alguna delegación de la Internacional Comunista, ávida de instruirse, visitara las «instituciones» de la Vecheka, se vería agradablemente sorprendida por los diagramas «científicos» exhibidos en las oficinas de los jueces de instrucción, así como por la serenidad ejemplar que reina en la «Prisión interior» y por los demás detalles que dan fe de las costumbres utilizadas en la Vecheka. Ni gritos ni violencia ni sangre, nada que pueda recordar las pretendidas «atrocidades de los bolcheviques» inventadas por los «contrarrevolucionarios» y los «social-traidores».

Luego, la delegación regresaría a su país, moralmente satisfecha y firmemente decidida a proclamar por todas partes en Europa que la Rusia soviética es el país del «régimen humanitario» y de la «justicia».

En el silencio sepulcral de la «Prisión interior» no habría nadie para deslizar al oído de esos nobles extranjeros que allí mismo, entre aquellas paredes, están encarcelados viejos socialistas curtidos, que prefieren la muerte a ese «régimen humanitario» y que sostienen atroces huelgas de hambre de dieciséis días, bajo la mirada impasible de jefes comunistas que ya han visto demasiadas escenas como esta...




Junio, 1921, Moscú, Lubianka,

Prisión interior de la Vecheka.

Un testigo ocular

6. Reafirmación de la continuidad del leninismo con el zarismo


Hace cien años que el poder del Estado zarista cambió de jeta y pasó a llamarse «Estado socialista». Históricamente, eso correspondió al acceso a ese Estado de la vieja y putrefacta socialdemocracia, cuya misión histórica siempre fue cambiar algo en la forma, para que todo lo esencial al desarrollo del capital quede intacto. Claro que para la ocasión los socialdemócratas se vistieron de revolucionarios y los bolcheviques hicieron todo lo posible para desarrollar la confusión entre el proceso revolucionario real, que continuaba cuestionando el capital y volteando el gobierno y que el proletariado había emprendido desde mucho antes, y aquel cambio de jeta del zarismo en el que se concentraron los bolcheviques.

Pero en concreto, como lo hemos mostrado en todos nuestros trabajos, el gobierno bolchevique no hizo nunca absolutamente nada por el supuesto socialismo y mucho menos por algo que pudiese llamarse «revolución». Aliados a diferentes grupos capitalistas internacionales, los bolcheviques tuvieron como única preocupación seguir desarrollando el capital y someter a toda la población a la máxima opresión y explotación. La gran obra de los bolcheviques fue disciplinar militarmente al proletariado urbano y rural para mejorar el rendimiento capitalista. Desde el primer día propusieron a los capitalistas del mundo enormes riquezas naturales (materias brutas y primas) y una mano de obra que aceptaría las mejores condiciones mundiales de explotación asalariada. Por eso, los revolucionarios perseguidos, reprimidos y hasta exterminados llamaron a ese proceso «contrarrevolución bolchevique», nombre mucho más coherente con la historia real de Rusia. Desde fines de 1917, los bolcheviques liquidaron todo proceso revolucionario y con el terrorismo de Estado abierto impusieron una contrarrevolución generalizada e implacable. Cabe señalar que, por ese mismo proceso, los bolcheviques en el poder se constituyeron en parte de la burguesía mundial, por actuar objetivamente como propietarios privados de los medios de producción de todo el país y por comprar (y vender internacionalmente) la fuerza de trabajo del proletariado. La mentira de que los medios de producción serían, al ser mayoritariamente del Estado, de todos, solo se incorpora como elemento religioso del poder bolchevique, porque en cuanto a las relaciones sociales de producción los verdaderos propietarios eran precisamente los que controlaban el poder político y económico. En efecto, los verdaderos dueños de los medios de producción y compradores de la fuerza de trabajo serán los bolcheviques. La gestión y la administración del capital es la clave de la burguesía como clase social explotadora y dominante.

Desde el primer día, los leninistas se enfrascaron en una furibunda lucha contra el proletariado organizado, contra la resistencia al trabajo, contra cualquier expresión de resistencia proletaria. Lenin y Trotsky, antes que Stalin, teorizaron y justificaron esta necesidad de aplastar los brotes de anarquía, «limpiar la tierra rusa de toda clase de insectos nocivos» y, principalmente, de «los obreros que muestran pasividad en el trabajo»18. Nunca antes se había proclamado más abiertamente que toda resistencia a la explotación capitalista constituía delito. El terrorismo de Estado zarista se multiplicaría con Lenin / Trotsky a la cabeza. Muchos de los viejos presos políticos que habían adornado las cárceles zaristas volvieron a las cárceles y calabozos de la cheka. Muchas veces encerrados en las mismas y putrefactas cárceles zaristas, constataron que las condiciones impuestas por el leninismo eran peores. Además, si de las cárceles zaristas se salía luego de un período más o menos largo, las cárceles leninistas estaban concebidas para la exterminación directa o lenta de los presos; de los campos leninistas no se salía... Todo el sistema buscaba por diferentes medios acortar la esperanza de vida de los presos, que cada día se hizo más corta. Se cuentan con los dedos de la mano los presos que pudieron contar el cuento décadas después.

Korlenko había declarado: «La revolución bolchevique reprimió a los socialistas y a los revolucionarios sinceros con métodos idénticos a los del régimen zarista». Pero Soljenitsin constata que no fue así: ¡ojalá hubiera sido así! Habrían sobrevivido todos. Los campos bolcheviques eran realmente campos de tortura y de exterminio. Aclaremos de paso que, como también menciona Soljenitsin, los presos socialistas-revolucionarios y los presos anarquistas que habían sido encarcelados por el zarismo y luego volvieron a ser encarcelados por el leninismo habían sido y eran los más castigados de todos los presos políticos. A los bolcheviques y mencheviques el zarismo los respetaba mucho más y se les concedían todos los derechos de defensa democráticos como en Occidente. No iban a esos peores calabozos del zarismo y del leninismo, ni tampoco se los torturaba: las denuncias de tortura previas al poder bolchevique conciernen exclusivamente a los presos socialistas-revolucionarios (incluyendo los anarquistas), pero no a los demócratas y socialdemócratas como los bolcheviques o mencheviques.

El valor especial del libro de Soljenitsin radica en que proviene no solo de uno de los presos que pasó más tiempo, sino del primer gran intento de hacer un estudio sistemático del gulag. En efecto, la clave del sistema capitalista ruso se encuentra en el sistema de campos de concentración. Sin entender dicho sistema que da la clave de la totalidad no se puede explicar nada de lo que sucedió durante esos cien años de «revolución» (parafraseando a Ciliga) en el país de la mentira desconcertante.

Por supuesto que reconocer y difundir un testimonio tan importante como el de Soljenitsin, no significa adherirse a la ideología de dicha persona o compartir sus puntos de vista. La aclaración es indispensable, precisamente por toda la mierda con la que los dirigentes del sistema de campos de concentración leninista y el Estado ruso desde los años setenta, le tiraron al señor Soljenitsin para tratar de enterrarlo vivo y, sobre todo, para esconder su testimonio. Los bolches sudamericanos, por ejemplo, que habían negociado la libertad de sus jefes (Codovila, Arismendi...) a cambio de la libertad de Soljenitsin y la compra de carne uruguaya por la URSS, largaron todo tipo de acusaciones, amenazas y anatemas contra él, contra lo que decía y hasta contra los que querían conseguir su libro, pero jamás pudieron contestar una sola de las verdades que Soljenitsin publicó. Mientras el gobierno de la URSS hizo todo tipo de malabarismo para que sus manuscritos nunca pudieran publicarse, la mayoría de los P«C» del mundo sabotearon sus presentaciones para acallar al testigo, lo intimidaron y amenazaron. Pero cuando todo eso no pudo ser censurado y fue estallando públicamente el imponente contenido del libro de Soljenitsin, intentaron descalificar su contenido con distintos provocadores y milicos que desdecían o deformaban su explicación.

Pero tampoco esto dio resultado: la verdad del testimonio se impuso y era confirmada por decenas de otros testigos que habían estado en los campos rusos. Por nuestra parte, constatamos que sus verdades concordaban con los testimonios de la primera hora hechos por los socialistas-revolucionarios, por los anarquistas, por los maximalistas e internacionalistas que habían sido reprimidos en los primeros años y por eso lo empezamos a apreciar y a estudiar apenas el libro empezó a circular. La globalidad del sistema ruso de opresión explicada por Soljenitsin, además, coincide en su fundamento con esa gran obra sobre ese mismo sistema: el libro de Anton Ciliga: El país de la mentira desconcertante.

Para terminar esta presentación, queremos hacer consciente al lector que los extractos que presentamos ahora del libro de Soljenitsin solo hacen referencia al período Lenin / Trotsky, que el autor no vivió directamente. En esos años, Soljenitsin acababa de nacer. Sin embargo, ese testimonio tiene una validez incuestionable y exclusiva porque Soljenitsin descubrió todo eso adentro de los campos y gracias al testimonio de prisioneros que todavía recordaban esa gran andanada de represión de todos los partidos obreros, de todas las fuerzas socialistas, de las resistencias al trabajo y a las expropiaciones forzadas de víveres. Cuando Soljenitsin es detenido durante la segunda guerra mundial, ya la mayoría de los presos socialistas-revolucionarios habían sido exterminados: pero ¡qué impresionante saber que muchos fueron a parar, con Lenin, como jefe de Estado, a los mismos calabozos que el zar los había mandado! Sobre todo, si además tenemos en cuenta que muchas veces el carcelero era el mismo, que muy probablemente haya sido interrogado por los mismos milicos, comisarios y jueces que Lenin y Trotsky habían decidido conservar del aparato represivo del zarismo. ¡Nada había cambiado, salvo el nombre de los zares! Ahora se llamaban Lenin, Trotsky, Dzerzhinski, Rakovski… Y por supuesto que ahora, los presos ya no salían vivos, luego de unos años... ¡La gran mayoría nunca más salió! ¡Otra gran parte era fusilada antes de llegar a los campos!



Extractos del libro de

Alexandr Soljenitsin,

Archipiélago Gulag. 1918-1956


... para implantar «un riguroso orden revolucionario», V.I. Lenin exigía a finales de 1917 «aplastar sin compasión los brotes de anarquía entre borrachos, gamberros, contrarrevolucionarios y demás»  es decir, el principal peligro para la Revolución de Octubre lo veía en los borrachos, dejando a los contrarrevolucionarios en un discreto tercer lugar ; la verdad es que se planteaba el problema de un modo más amplio. En el artículo «Cómo organizar la emulación socialista» (del 7 y 10 de enero de 1918), V. I. Lenin proclamaba como único objetivo general «limpiar la tierra rusa de toda clase de insectos nocivos». Y por insectos entendía no solo a todos los enemigos de clase, sino también a «los obreros que muestren pasividad en el trabajo», como, por ejemplo, los cajistas de las imprentas del partido en Petrogrado. (He aquí los efectos de la lejanía en el tiempo. Hoy día hasta nos resulta difícil comprender cómo puede ser que unos obreros, recién convertidos en dictadores, se mostraran reacios a trabajar para sí mismos.) Y, además: «¿... en qué barrio de una gran ciudad, en qué fabrica, en qué pueblo... no hay... saboteadores que se llaman a sí mismos intelectuales?». Y si bien se establecía un único objetivo, en este artículo Lenin preveía en cambio diversas formas de limpieza: en unas partes, encarcelarlos; en otras, hacerles limpiar letrinas; en unas terceras, «una vez cumplida la pena de calabozo, expedirles carnets amarillos»; en otras, finalmente, fusilar al holgazán. También se consideraba la posibilidad de elegir entre la cárcel «o la pena de trabajos forzados del tipo más duro». Aunque las variantes fundamentales de castigo ya las había previsto y sugerido él, Vladímir Ilich proponía que la búsqueda de las mejores medidas de castigo fuera objeto de emulación «en comunas y obshchinas»19.

Ya no podremos averiguar jamás en su totalidad quiénes caían bajo esta amplia definición de insectos: la población rusa era demasiado heterogénea, y en su seno se encontraban pequeños grupos aislados, algunos sin función e incluso ahora olvidados. Eran insectos, naturalmente, los miembros de los zemstvos (gobiernos locales del zarismo). Eran insectos los cooperativistas. Todos los propietarios de inmuebles. Se encontraban no pocos insectos entre los profesores de los liceos. Insectos eran todos los que formaban parte de los consejos parroquiales y quienes cantaban en el coro de las iglesias. Eran insectos todos los sacerdotes y, con mayor razón, todos los frailes y monjas. Incluso aquellos tolstoianos que, al ingresar en la administración soviética o, pongamos por caso, en el ferrocarril, no prestaron el obligatorio juramento escrito de defender el régimen soviético con las armas en la mano, también resultaron ser insectos (y ya veremos casos de juicios contra ellos). Puestos a hablar del ferrocarril, diremos que bajo el uniforme ferroviario mismo se ocultaban muchos insectos, que era preciso extirparlos, y a algunos darles incluso el paseo. Los telegrafistas, no se sabe por qué, eran casi en su totalidad insectos consumados, hostiles a los sóviets. Nada bueno puede decirse tampoco del VIKZHEL y de otros sindicatos, a menudo abarrotados de insectos enemigos de la clase obrera. Solo con los grupos hasta ahora enumerados nos encontramos ante una cantidad enorme que ya requiere varios años de limpieza.

¿Y cuántos, además, endemoniados intelectuales, estudiantes inquietos, excéntricos de todo tipo, buscadores de la verdad y santones iluminados, de los que Pedro el Grande trató en vano de limpiar Rusia y que siempre estorban en un régimen armonioso y severo?

Habría sido imposible llevar a cabo esta higiénica limpieza  y además en tiempos de guerra  de haber utilizado las obsoletas formas procesales y las normas jurídicas. Se optó por una forma completamente nueva: la represión extrajudicial, y la cheka, la Guardiana de la Revolución, cargó abnegadamente sobre sus hombros esta tarea ingrata. La cheka fue un órgano represivo único en la historia humana, un órgano que concentraba en una sola mano la vigilancia, el arresto, la instrucción del sumario, la fiscalía, el tribunal y la ejecución de la sentencia

Al reflexionar ahora sobre los años 1918-1919, tropezamos con una dificultad: ¿debemos incluir en las riadas penitenciarias a todos aquellos a quienes dieron el paseo antes de llegar siquiera a la celda? ¿Y en qué capítulo incluir a otros cuando los comités de campesinos pobres se los llevaban detrás del porche del sóviet rural a un patio trasero? ¿Llegaron acaso a hollar la tierra del archipiélago los participantes en complots, que se descubrían a racimos uno en cada provincia (dos en Riazán, uno en Kostromá, uno en Vyshni Volochok, uno en Vélizh, varios en Kiev, varios en Moscú, Sarátov, Chernígov, Astraján, Seliguer, Smolensk, Bobruisk, el de la caballería de Tambov, el de Chembar, Velikie-Luki, Mstislavl y otros), o bien no les dio tiempo y, en tal caso, deben quedar fuera de nuestra investigación? Además del aplastamiento de insurrecciones famosas (Yaroslav, Múrom, Rybinsk, Arzamás), hay algunos acontecimientos de los que solo conocemos un nombre, por ejemplo, los fusilamientos de Kólpino en junio de 1918. ¿De qué se trató? ¿A quién mataron? ¿Dónde dejar constancia de ellos?

También resulta bastante difícil determinar si deben figurar aquí, en las riadas penitenciarias, o bien incluirlos en el balance de la guerra civil, las decenas de millares de rehenes, ciudadanos pacíficos a los que no se acusaba concretamente de nada y de quienes no se llevaba lista ni siquiera a lápiz, pero a los que se cogía y liquidaba para aterrorizar o para vengarse del enemigo militar o de una masa insurrecta. El 30 de agosto de 1918 (intento de asesinato de Lenin por Fanny Kaplan), el NKVD dio orden a todas las provincias de «arrestar inmediatamente a toda la derecha eserista, y tomar una «importante cantidad de rehenes entre la burguesía y la oficialidad». (Algo así como si, por ejemplo, después del atentado del grupo de Alexandr Uliánov [hermano mayor de Lenin ejecutado por el zarismo en 1887] se hubiera arrestado no solo a este grupo, sino a todos los estudiantes de Rusia y a una importante cantidad de miembros de los zemstvos.)

Así lo explicaban abiertamente (Latsis, en el periódico El terror Rojo, del 1 de noviembre de 1918): «No estamos en guerra con individuos aislados. Exterminamos a la burguesía como clase. No busquéis durante la instrucción judicial ni materiales ni pruebas de que el acusado haya actuado de obra o de palabra contra los sóviets. La primera pregunta que debéis formularle es a qué clase pertenece, cuál es su origen, su educación, sus estudios o su profesión. Estas preguntas son las que deberán determinar la suerte del acusado. Este es el sentido y la esencia del terror rojo».

Por disposición del Comité de Defensa del 15 de febrero de 1919 (con toda probabilidad presidido por Lenin), se propone a la cheka y al NKVD que tomen rehenes entre los campesinos de aquellos lugares en los que la limpieza de nieve de la vía férrea «no se lleva a cabo de forma completamente satisfactoria», precisando que «si la limpieza de nieve no se realizara, los rehenes sean fusilados». A finales de 1920, por disposición del Consejo de Comisarios del Pueblo, se permite tomar también a socialdemócratas como rehenes.

Pero incluso si nos ceñimos a los arrestos convencionales, podemos observar que ya en la primavera de 1918 fluye una incesante riada de «socialtraidores», una riada que duraría muchos años. Todos estos partidos –socialistas-revolucionarios, mencheviques, anarquistas, socialistas populares  estuvieron haciéndose pasar por revolucionarios durante décadas, ocultos bajo una máscara, y si habían estado en presidio, era también para seguir fingiendo. Y solo bajo el impetuoso cauce de la revolución se descubrió la esencia burguesa de estos «socialtraidores». ¡Qué cosa más natural, pues, que proceder a su arresto! Tras los kadetés, tras la disolución de la Asamblea Constituyente, y el desarme del regimiento de Preobrazhenski y otros, empezaron a arrestar poco a poco, primero disimuladamente, a socialistas-revolucionarios y a mencheviques.

Desde el 14 de junio de 1918, día en que fueron expulsados de todos los sóviets, estos arrestos fueron más numerosos y frecuentes. A partir del 6 de julio se llevaron también a los socialistas-revolucionarios de izquierda, que de manera pérfida y prolongada se habían hecho pasar por aliados del único partido consecuente del proletariado. A partir de entonces, bastaba que en cualquier fábrica o en cualquier pequeña ciudad hubiera cierta agitación obrera, descontento o huelga (hubo muchas en el verano de 1918, y en marzo de 1921 sacudieron Petrogrado, Moscú y después Kronstadt, que forzaron el establecimiento de la NEP), para que a la vez que se calmaba a la población, haciendo concesiones para satisfacer las justas reivindicaciones de los trabajadores, la cheka apresara en silencio, de noche, a mencheviques y socialistas-revolucionarios como auténticos culpables de aquellos disturbios. En verano de 1918 y en abril y octubre de 1919 se encarceló en masa a los anarquistas. En 1919  fueron arrestados tantos miembros del Comité Central eserista como estaban a tiro, para encerrarlos en Butyrki hasta su proceso en 1922. En ese mismo año de 1919, el prominente chekista Latsis decía de los mencheviques: «Esa gente son más que una molestia. Por eso los apartamos del camino, para que no se nos enreden entre las piernas... Los encerramos en un sitio aislado, en Butyrki, y los obligaremos a permanecer allí hasta que termine la pugna entre trabajo y capital». En julio de 1918 fue arrestada toda una asamblea de trabajadores no comunistas por un destacamento de la guardia letona del Kremlin, y a punto estuvieron de ser fusilados inmediatamente en la cárcel de Taganka.

A partir de 1919 arraigó la sospecha ante nuestros compatriotas que volvían del extranjero (¿para qué volvían?, ¿qué misión traían?) y, así, se encarceló a los oficiales del cuerpo expedicionario ruso (destacado en Francia). En este mismo año, 1919, se echó una amplia red sobre complots, verdaderos o falsos («Centro Nacional», Complot Militar), en Moscú, en Petrogrado y en otras ciudades y se fusiló por lista (es decir, arresto y fusilamiento inmediato) o simplemente barriendo hacia la cárcel a la llamada intelectualidad allegada a los kadetés. ¿Y qué significaba esta categoría? Pues la intelectualidad que no era monárquica ni socialista, es decir, todos los círculos científicos, universitarios, artísticos, literarios, además de los de ingeniería. Excepto los escritores extremistas, los teólogos y los teóricos del socialismo, el resto de la intelectualidad, el 80 por ciento, era «allegada a los kadetés». A juicio de Lenin, pertenecía a ellos, por ejemplo, Korolenko, «mísero pequeñoburgués cautivo de los prejuicios burgueses», y «a estos «talentos» no les vendrían mal unas semanitas en la cárcel». Del arresto de grupos aislados nos hemos podido enterar por las protestas de Gorki. El 15 de septiembre de 1919, Ilich le respondía: «... Somos conscientes de que se han producido errores en este caso», para añadir: «¡Figúrate qué desgracia! ¡Menuda injusticia!», y aconsejaba a Gorki «no consumirse gimoteando por unos intelectuales podridos».

A partir de enero de 1919 se amplía la prodrazviorstka [requisición] de productos agrícolas, y para recogerlos se crean destacamentos que en todas las provincias topan con la resistencia de las aldeas, unas veces en forma de terca pasividad y otras en forma de tumultos. El aplastamiento de esta reacción produjo también (sin contar a los fusilados en el acto) un copioso caudal de arrestados en el curso de dos años.

Hemos dejado conscientemente al margen una gran parte de la molienda de la cheka, de las Secciones especiales y de los Tribunales Revolucionarios, que van implantándose a medida que avanza el frente y van siendo ocupadas ciudades y regiones. La misma directiva del NKVD, del 30 de agosto de 1918, señala que deben concentrarse los esfuerzos en el «fusilamiento inapelable de todo aquel implicado en las acciones de la Guardia Blanca». Pero a veces uno se siente confuso: ¿dónde situar la línea divisoria? Si en el verano de 1920, cuando la guerra civil no había terminado por entero ni se habían extinguido todos sus focos, aunque sí en el Don, y enviaban a gran cantidad de oficiales desde allí, desde Rostov y Novocherkask, a Arjánguelsk, para seguir luego en barcazas a Solovki (algunas barcazas naufragaron en el mar Blanco, lo mismo, por cierto, que en el Caspio), ¿debemos entender que ello entra en la guerra civil o en el principio de la reconstrucción pacífica? Cuando aquel mismo año fusilaron en Novocherkask a la esposa embarazada de un oficial por haber escondido a su marido, ¿en qué categoría debemos incluirla?

En mayo de 1920 se da a conocer una disposición del Comité Central «sobre las actividades subversivas en la retaguardia». Sabemos por experiencia que cada nueva disposición da origen a otra riada. Una dificultad especial (¡a la vez que un mérito especial!) en la organización de estas riadas fue la ausencia, hasta 1922, de un Código Penal, de cualquier clase de legislación penal. Solo el recto sentido revolucionario de la justicia (¡siempre infalible, eso sí!) guiaba a los confiscadores y canalizadores para decidir a quién apresar y qué hacer con él.

En este recuento no se investigan las riadas de delincuentes comunes, profesionales o no, por lo que nos limitaremos a recordar que las calamidades y la pobreza generales engendradas por la reestructuración de la administración, de los organismos y de la legislación no podían sino hacer que aumentara vertiginosamente el número de robos, atracos, agresiones, sobornos y estraperlo (especulación). Aunque menos peligrosos para la existencia de la República, estos delitos comunes también se perseguían, en parte, y sus riadas de presos engrosaban las que ya formaban los contrarrevolucionarios. Pero existía un delito de especulación que sí tenía carácter netamente político, según indica el decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo firmado por Lenin, el 22 de julio de 1918: «Los culpables de vender, comprar o almacenar con miras comerciales productos alimenticios monopolizados por la República (los campesinos guardan el trigo para venderlo con miras comerciales, ¿para qué trabajan si no?, A. S.)... Sufrirán privación de libertad por un plazo no inferior a diez años, acompañada de los más rigurosos trabajos forzados y de la confiscación de todos los bienes».

Desde aquel verano, el campo, esforzándose por encima de sus posibilidades, fue entregando gratis la cosecha año tras año. Ello dio lugar a insurrecciones campesinas, que eran sofocadas y conducían a nuevos arrestos. «La parte más laboriosa del pueblo ha sido exterminada de raíz», Korolenko, carta a Gorki del 10 de agosto de 1921. De 1920 sabemos (aunque sin detalles...) del proceso contra la Unión Campesina de Siberia. A finales de 1920 tiene lugar el aplastamiento preventivo de la insurrección campesina de Tambov, encabezada (como en Siberia) por la Unión del Campesinado Trabajador. Esta vez no hubo proceso judicial...

Sin embargo, la mayor parte de las levas humanas en los pueblos de Tambov tuvo lugar en junio de 1921. Por la provincia de Tambov proliferaron los campos penitenciarios para las familias de los campesinos que habían tomado parte en la insurrección. Eran parcelas de terreno abierto rodeadas de postes con alambre de espino, y en ellas se retenía durante tres semanas a toda familia sospechosa de tener algún varón entre los rebeldes. Si al cabo de tres semanas no aparecía este para redimir a los suyos al precio de su cabeza, la familia era deportada. Un poco antes, en marzo de 1921, habían sido enviados a las islas del archipiélago, tras pasar por el bastión Trubetskói de la fortaleza de Pedro y Pablo, todos los marineros insurrectos de Kronstadt, a excepción de los que ya habían sido fusilados.

Este año, 1921, empezó con la orden de la cheka n.° 10 (del 8 de enero de 1921): «¡Intensificar la represión contra la burguesía!». Ahora una vez terminada la guerra civil, no hay que debilitar la represión, ¡sino intensificarla! Voloshin nos cuenta en algunos versos cómo fue la de Crimea.

En el verano de 1921 fue arrestado el Comité de Auxilio a los Afectados por el Hambre (Kuskova, Prokopovich, Kishkin y otros), que intentaba detener el avance por Rusia de una hambruna sin precedentes. Su error fue que a aquellas manos caritativas no se les podía permitir alimentar a los hambrientos. Korolenko, el presidente de este Comité  y que no fue detenido , cuando ya estaba moribundo calificó la destrucción del Comité de «la peor politiquería, una politiquería gubernamental» (carta a Gorki del 14 de septiembre de 1921). (El mismo Korolenko no puede pasar por alto una importante peculiaridad de la cárcel en 1921: «Está empapada de tifus toda ella». Esto lo confirman Skrípnikov y otros que estuvieron presos en aquel entonces.)

En este año de 1921 ya se practicaban arrestos de estudiantes (por ejemplo, el grupo de E. Doyarenko, de la Academia Timiriázev) por «críticas al orden establecido» (no públicas, sino en conversaciones privadas). Salta a la vista que hechos así aún eran poco frecuentes, pues al grupo en cuestión lo interrogaron personalmente Menzhinski y Yagoda.

Aunque, por otra parte, tampoco eran tan escasos. ¿Cómo habría podido terminar si no es con arrestos la osada huelga de estudiantes de la MVTLP en la primavera de 1921? Desde los años de la feroz reacción de Stolypin era tradición en este centro que el rector fuera elegido entre los propios catedráticos. Este era el caso del profesor Kalínnikov (volveremos a encontrarlo en el banquillo de los acusados), pero el poder revolucionario decidió poner en su lugar a un ingeniero mediocre. Ocurría esto en plena temporada de exámenes. Los estudiantes se negaron a examinarse, organizaron una agitada reunión en el patio a modo de rechazo del rector que querían imponerles y exigieron que se mantuviera el estatuto de autonomía de la institución. Después, todos los reunidos se dirigieron a pie a la calle Mojovaya para mantener un encuentro de camaradas con los estudiantes de la universidad. Todo un problema: ¿qué podía hacer el régimen? Desde luego tenía difícil solución, pero no para los comunistas.

En la época zarista se habría puesto en ebullición toda la prensa honesta y toda la Rusia culta: ¡Abajo el gobierno! ¡Abajo el zar! Pero ahora había otras soluciones: se tomaba el nombre de los oradores, se dejaba que la reunión se dispersara, se suspendían los exámenes, y durante las vacaciones veraniegas se detenía uno a uno, a cada cual, en un lugar, a todos los que les interesaban. Los demás no pudieron seguir con la carrera de ingeniero.

En este mismo año de 1921 se intensificaron y sistematizaron los arrestos de socialistas de otros partidos. En realidad, ya habían terminado con todos los partidos de Rusia a excepción del que había triunfado. (¡Quien a hierro mata a hierro muere!) Pero para que la destrucción de cada partido fuera irreversible era preciso destruir también a los miembros de ese partido, el cuerpo físico de dichos miembros.

Ni un solo ciudadano del Estado ruso que hubiera ingresado algún día en algún partido que no fuera el de los bolcheviques podía esquivar su destino; estaba condenado (a menos que lograra, como Maiski o Vyshinski, llegar, agarrado a las tablas del naufragio, hasta donde los comunistas). Puede que no lo arrestaran a la primera de cambio, o puede que hubiera seguido con vida (según hasta qué punto se le considerara peligroso) hasta 1922, 1932 e incluso hasta 1937, pero nadie había guardado las listas y, por tanto, la cola avanzaba hasta llegar su turno; lo arrestaban, o solo se limitaban a enviarle una cordial citación para formularle una única pregunta: ¿has militado... desde... hasta...? (Seguirían también preguntas sobre sus actividades hostiles, pero la primera pregunta era la que lo decidía todo, como hemos podido ver claramente pasadas algunas décadas.) Después el ciudadano podía correr suertes muy diversas. Unos iban directamente a alguna de las famosas cárceles centrales zaristas (por suerte, estas centrales se habían conservado en muy buen estado y algunos socialistas dieron con sus huesos en las mismas celdas, con los mismos celadores que ya conocían). A otros les proponían el destierro, aunque no vayan a creer que mucho tiempo, unos dos añitos a lo sumo. Y había un trato aún más benigno: a algunos únicamente les imponían un menos (menos tal y tal ciudad), de manera que podían elegir ellos mismos su lugar de residencia, a condición de que vivieran en lo sucesivo quietecitos en aquel lugar esperando a lo que dispusiese la GPU.

Esta operación se extendió a lo largo de muchos años, pues era condición especial de la misma el silencio y la discreción. Lo importante era depurar de forma minuciosa a Moscú, Petrogrado, los puertos y los centros industriales, y después simplemente los distritos, de toda desviación en el seno del socialismo. Fue un mudo y grandioso solitario de naipes cuyas reglas resultaban del todo incomprensibles para quien vivió en esa época, y cuyas proporciones solo ahora podemos valorar. Fue un plan urdido por alguna mente previsora y puesto en práctica por unas manos cuidadosas que, sin perder un instante, tomaban una carta que había estado aguardando tres años en un montón a que la apilaran suavemente en otro montón. El que estaba encarcelado en una central era llevado al destierro (a algún lugar lo más alejado posible); el que había cumplido un «menos» también iba al destierro (pero esta vez más allá de lo fijado por ese «menos»), de un destierro a otro destierro, y de nuevo a una central (pero no a la misma). Paciencia y más paciencia era lo que regía a quienes hacían el solitario. Y sin ruido, sin gemidos, iban extinguiéndose los militantes de otros partidos, privados de todo contacto con los lugares y las gentes que antes los conocieron y sabían de sus actividades revolucionarias; y así, disimulada e irremisiblemente, se tramó la aniquilación de los que en otro tiempo vibraron en los mítines estudiantiles, de los que llevaron con orgullo las cadenas zaristas. (Korolenko escribía a Gorki el 29 de junio de 1921: «Algún día la historia dirá que la revolución bolchevique reprimió a los socialistas y a los revolucionarios sinceros con métodos idénticos a los del régimen zarista». ¡Ojalá hubiera sido así! Habrían sobrevivido todos.) Esta operación del Gran Solitario de Naipes acabó con la mayoría de los antiguos presos políticos, pues fueron los eseristas y los anarquistas, y no los socialdemócratas, quienes recibieron de los tribunales zaristas las condenas más severas, eran justo ellos quienes componían la población del antiguo presidio. El exterminio, por otra parte, seguía un orden ecuánime: en los años veinte les proponían renunciar por escrito a sus partidos y a sus ideologías. Algunos se negaron y, como es natural, formaron parte del primer turno de exterminio; otros, en cambio, aceptaron abjurar de su credo, con lo que consiguieron algunos años más de vida. Pero implacablemente había de llegarles su turno, e implacablemente habían de rodar sus cabezas...

En la primavera de 1922, la Comisión Extraordinaria de lucha contra la contrarrevolución y la especulación (cheka), recientemente rebautizada con el nombre de GPU, decidió intervenir en los asuntos de la Iglesia. Aún estaba pendiente la «revolución eclesiástica», sustituir la vieja jerarquía por otra que tuviera una oreja pegada al cielo y la otra a la Lubianka. Eso era lo que ofrecían los de la Iglesia viva, pero no podían apoderarse del aparato eclesiástico sin ayuda externa. Para ello se arrestó al patriarca Tíjon y se organizaron dos sonados procesos con fusilamientos: en Moscú, a los que difundían la proclama del Patriarca; y en Petrogrado, al metropolita Veniamín, que obstaculizaba el paso del poder eclesiástico a manos de la Iglesia viva. En provincias y distritos, aquí y allí, se arrestó a metropolitas y obispos y, como siempre, a los peces gordos les siguieron bandadas de pececillos, arciprestes, monjes y diáconos, cuyos nombres no comunicaba la prensa. Encarcelaron a los que no prestaron juramento al impulso renovador de los zhivotserkóvniki. Los sacerdotes formaron parte obligada de la pesca diaria, sus canas plateadas brillaban en cada celda, y luego en cada convoy a Solovki.

Al principio de los años veinte cayeron también grupos teósofos, místicos y espiritistas (el grupo del conde Pahlen, que levantaba acta de las conversaciones con los espíritus), sociedades religiosas, filósofos del círculo de Berdiáyev. De pasada, fueron desarticulando y encarcelando a los «católicos del Este» (discípulos de Vladímir Soloviov), y al grupo de A. I. Abrikósova. En cuanto a los católicos propiamente dichos, los sacerdotes polacos, estos iban a prisión sin que hiciera falta causa aparente.

Sin embargo, para erradicar definitivamente la religión en este país  uno de los objetivos principales de la GPU-NKVD en los años veinte y treinta  habría sido necesario encarcelar en masa a los propios creyentes ortodoxos. Se procedió a una intensa campaña de arresto, encarcelamiento y destierro contra los monjes y monjas, cuyos oscuros hábitos habían ennegrecido la vida rusa anterior. Se arrestaba y se juzgaba a los activistas de la Iglesia. Las ondas iban ensanchándose continuamente y pasaron a apresar a simples seglares creyentes, a personas de edad, en especial mujeres  porque su fe era más obstinada , a las que durante muchos años se conoció como monjitas en las cárceles de tránsito y en los campos de reclusión.

Desde luego, oficialmente no se los arrestaba y juzgaba por el mero hecho de creer, sino por manifestar su fe en voz alta y educar a sus hijos en ese espíritu. Como escribió Tania Jodkévich: «Puedes rezar libremente, pero... que solo te oiga Dios.»

(Por estos versos le cayeron diez años.) La persona que creía poseer la verdad espiritual debía ocultarla... ¡a sus propios hijos! En los años veinte la educación religiosa caía en el artículo 58-10, es decir, ¡propaganda contrarrevolucionaria! Cierto es que el tribunal daba la posibilidad de abjurar de la religión. Aunque no era frecuente, podía darse el caso de que el padre abjurara y se quedara al cuidado de los hijos mientras la madre era enviada a Solovki (en estas décadas, las mujeres demostraron tener una fe más firme). A todos los creyentes les echaban diez años, la pena máxima en aquel entonces...

Ya en los albores de los años veinte aparecieron riadas netamente nacionales, de momento pequeñas en relación con las regiones donde se generaban, y más aún a escala rusa: musavatistas de Azerbaidzhán, dashnakos de Armenia, mencheviques georgianos y basmach turkmenos, opuestos al establecimiento del régimen soviético en Asia Central...

En muchas de las generaciones posteriores arraigó la idea de que los años veinte fueron un paréntesis de libertad sin cortapisas. Pero en este libro encontraremos personas que vieron de modo muy diferente esa década. Los estudiantes no comunistas de esa época luchaban por la «autonomía de la escuela superior», por el derecho de reunión, por aligerar los programas de tanta instrucción política. La respuesta fueron los arrestos que aumentaban al acercarse alguna fiesta (por ejemplo, el Primero de Mayo de 1924). En 1925, unos estudiantes de Leningrado (aproximadamente un centenar) fueron condenados a tres años en un izoliator político por haber leído El Mensajero Socialista y haber estudiado a Plejánov (el propio Plejánov, en su juventud, había salido mejor librado después de pronunciar un discurso contra el gobierno ante la catedral de la Virgen de Kazan). En 1925 empezaron a encarcelar a los primeros trotskistas jovencitos. (Dos ingenuos soldados del ejército rojo que, recordando la tradición rusa, iniciaron una colecta para los trotskistas arrestados, fueron condenados también a un izoliator político.)...

¿Hacer justicia contra quién? ¿A quién retorcer el pescuezo? Así comienza la hornada de Voikov. Como siempre, cada vez que había disturbios o tensiones, se encarcelaba a los ex, se encarcelaba a los anarquistas, a los eseristas, a los mencheviques, o simplemente a la intelectualidad. En realidad, ¿a quién se podrá encarcelar en las ciudades? ¡A la clase obrera no, desde luego! Por otra parte, la intelectualidad allegada a los kadetés ya había recibido lo suyo desde 1919. ¿Habría llegado el momento quizá de sacudir a la intelectualidad que se consideraba progresista? ¿De darles un repaso a los estudiantes? Una vez más, nos viene a mano Mayakovski:

¡Piensa en el Komsomol días y semanas!

Examina atentamente las filas.

¿Son todos komsomoles de verdad o solo dicen serlo?...

Alexandr Soljenitsin



7. MATANZAS DE PROLETARIOS EN ASTRAKÁN


A continuación, publicamos parcialmente un artículo de denuncia publicado por P. Silin, en Moscú, en septiembre de 1920. No solo se denuncian masacres de los proletarios de esa ciudad-puerto, sino que se explica cómo la política gubernamental hambrea a la población, imposibilita el acceso a los víveres y llega a matar a quienes compran lo necesario para comer. Por otra parte, nadie podría decir que la lucha por la vida no expresa los intereses más generales del proletariado en su oposición al Estado burgués. El texto es, al respecto, totalmente elocuente y significativo para no requerir ninguna introducción detallada. Como se dice al principio, las masacres de Astrakán siempre fueron silenciadas por la prensa bolchevique.


En el mes de abril de 1912, en un rincón perdido de Siberia, sobre el Lena, agentes subalternos del gobierno zarista fusilaron a 300 obreros hambrientos, extenuados por un trabajo abrumador y por las condiciones insostenibles de su existencia.

Bajo la presión de la prensa rusa y extranjera, y de la opinión pública, el gobierno zarista se vio obligado a autorizar a miembros de la Duma del Imperio a abrir una investigación y a destituir de inmediato a los culpables de esta sangrienta represión llevada a cabo contra obreros sin armas. Así ocurrió en tiempos del zarismo.

Ahora, en el mes de marzo de 1919, el representante del órgano supremo del Estado comunista en la República de los Sóviets ha dirigido la matanza de miles de obreros hambrientos en Astrakán. La prensa soviética silenció este monstruoso caso. Y hasta hoy pocas personas lo conocen.

Astrakán es un enclave importante en la desembocadura del Volga y, en otro tiempo, madre de los proletarios, con decenas de miles de obreros y múltiples asociaciones profesionales. Solo faltan las organizaciones socialistas, ello porque la mayoría de sus militantes fueron fusilados en 1918. En agosto y septiembre de 1918, fue exterminada toda la Conferencia Provincial del Partido Socialista Revolucionario, con el comité provincial a la cabeza. En total, dieciséis personas. Entre los fusilados estaban el camarada Dovchal, secretario del comité; Pedro Alexéevich Gorelin, miembro de la Asamblea constituyente, campesino de la provincia de Saratov; Cheslas Metcheslavovitch; Strumil-Petrachkevitch, miembro del Partido Socialista Revolucionario desde el momento de su fundación, etc.

Los militantes que escaparon a la masacre estaban aterrorizados, y la vida del partido quedó interrumpida en Astrakán. El odio que el poder profesaba a los socialistas era tal que bastaba declararse miembro de una organización socialista para afrontar la muerte. Así es cómo, después de la huelga de que hablaremos, se fusiló al camarada Metenev, presidente del Consejo de Administración de la Unión de los Metalúrgicos, quien, en el momento de su detención, se declaró partidario de los socialistas-revolucionarios de izquierda.

Las fábricas metalúrgicas de Astrakán: «Cáucaso y Mercurio», «Vulcárn», «Etna», etc., habían sido militarizadas, los obreros sometidos a una disciplina militar. Después de la proclamación del monopolio del trigo y de la supresión del libre comercio de los víveres, la ciudad de Astrakán, que siempre había vivido del trigo importado, se halló de pronto en el más cruel dilema. Desde la socialización de las pesquerías y la ejecución de los principales piscicultores (Bezzubikov y otros), esta ciudad rica en pescado –la desembocadura del Volga proveía ella sola decenas de millones de libras anuales  llegó incluso a carecer de arenques, cuyo comercio fue prohibido bajo pena de detención, tanto de vendedores como de compradores.

En 1918, los habitantes de Astrakán fueron suministrados, en cuanto estuvo en su mano, por los marinos de la flota fluvial, pero desde el comienzo del invierno la llegada de los víveres vendidos libremente cesó casi por completo. Alrededor de Astrakán, a lo largo de los ferrocarriles y las carreteras, se situaron destacamentos de registro. Los víveres eran confiscados; los vendedores y compradores, fusilados. Astrakán, rodeado de trigo y de pescado, perecía de hambre. La ciudad era como una isla cuyos habitantes mueren de sed en medio de un mar de agua potable.

A partir de enero de 1919, los obreros de Astrakán se vieron amenazados por verdadera hambre. El poder local les concedió el derecho de comprar libremente géneros alimenticios, pero el gobierno central, descontento con esta política conciliadora, llamó a Moscú al jefe de la región, Chliapnikov y nombró en su lugar a K. Miekonochin. En lugar de la esperada autorización, lo que se vino encima de los obreros fue una lluvia de vejaciones y represiones.

Una orden del día, proclamada en las fábricas, exigía de los obreros el máximo rendimiento. Hambrientos, cansados, amargados después de su trabajo, los obreros se veían obligados a hacer cola a las puertas de las panaderías para obtener 50 gramos de pan. Cada una de estas concentraciones de obreros se convertía en mítines donde se intentaba buscar soluciones para una situación que se hacía insostenible. El poder movilizó patrullas especiales encargadas de dispersar los mítines improvisados. Los obreros más activos fueron detenidos. Sin embargo, la situación del abastecimiento empeoraba, las represiones se hacían cada vez más violentas, y a finales de febrero de 1919, después de reelegir el Consejo de Administración de su Unión, los obreros del metal hablaron resueltamente de declarar la huelga. En los últimos días de febrero, en la sesión común del Consejo Provincial de las Uniones profesionales y de los comités de fábrica, el representante de los marinos de la flota del Volga declaró a los obreros que, en caso de huelga, los marineros no actuarían contra los obreros. Solo quedaba fijar el día de la huelga.

A partir de las primeras jornadas de marzo, el trabajo casi había cesado en las fábricas. En todas partes se discutían las reivindicaciones a [exigir] al poder. Se decidió pedir el restablecimiento provisional (hasta la solución de las dificultades de abastecimiento) del libre comercio del trigo, así como la libertad de pesca. Sin embargo, no se consiguió formular las reivindicaciones definitivas antes de la declaración de huelga. Mientras tanto, el poder unía las unidades seguras y las concentraba alrededor de las fábricas. La catástrofe era inminente.

Así fue cómo, al cumplirse el segundo aniversario de la revolución de marzo, el poder «obrero y campesino» inundó de sangre la ciudad obrera de Astrakán. Considerado en el conjunto del terror comunista que dice ir dirigido contra los enemigos de la clase obrera, pero alcanza principalmente a esta y a los campesinos, la represión de Astrakán fue por su amplitud algo sin precedentes en la historia del movimiento obrero. Dos cosas nos sorprenden con igual fuerza: por una parte, imposibilidad absoluta de los trabajadores de defenderse y, por otra, la brutal y cínica conducta de los dirigentes. La represión fue dirigida por el representante del órgano legislativo y ejecutivo supremo del Estado: el miembro del Comité Central Ejecutivo Panruso, K. Miekonochin. Este noble verdugo, en todas sus órdenes y ukases, hacía seguir su nombre de la retahíla rimbombante de sus títulos: miembro del Comité Central Ejecutivo Panruso de los Sóviets de Delegados de los Obreros, Campesinos, Ejército Rojo y Cosacos, miembro del Consejo de Guerra Revolucionario de la República, presidente del Comité del Frente del Mar Caspio, etc. He aquí lo que decía el comunicado oficial relativo al ametrallamiento de los obreros:

«El 10 de marzo de 1919, a las diez de la mañana, los obreros de las fábricas Vucám, Etna, Cáucaso y Mercurio, tras una señal de alarma de la sirena, suspendieron el trabajo y se amotinaron. Tras haber sido conminados por los representantes de los poderes para que se disolvieran, los obreros se negaron y continuaron reunidos. Cumplimos entonces nuestro deber revolucionario y recurrimos a las armas...

Firmado: K. Mieckonochin (siguen los títulos).»

El mitin de diez mil obreros que deliberaban pacíficamente sobre su penosa situación material fue rodeado de ametralladores, marinos y granaderos. Los trabajadores se negaron a disolverse y entonces se hizo fuego sobre ellos. De inmediato, las ametralladoras crepitaron, dirigidas sobre la multitud compacta reunida, y las granadas de mano empezaron a estallar con su ruido ensordecedor. Un estremecimiento recorrió el mitin obrero, de pronto silencioso. Con el tableteo de las ametralladoras no se oían los gemidos de los heridos ni los gritos supremos de los moribundos.

De repente, la multitud se puso en movimiento y con el mismo impulso, ahora duplicado por el espanto, se precipitó sobre el cordón mortal de las tropas. La multitud huye en todas direcciones, intentando escapar de las balas de las ametralladoras, que ahora se ponen a disparar con más fuerza. Se dispara sobre los que huyen. Se encierra a los retrasados en locales cerrados y allí se los fusila a mansalva. Cerca de mil cadáveres señalan el sitio del apacible mitin. Entre los cuerpos convulsos de muchos obreros agonizantes aparecen dispersos los de algunos «pacificadores revolucionarios», aplastados por la multitud. En un abrir y cerrar de ojos, la ciudad se entera de la masacre. Se huía en todas direcciones. Trascendía solo un mismo clamor de pánico enloquecido: «¡Se fusila! ¡Se fusila!». Algunos miles de obreros se reunieron cerca de una iglesia. «Huyamos de la ciudad», repiten algunas voces, al principio vacilantes, después, más firmes. «Huir, pero ¿adónde?» Alrededor de la ciudad, las carreteras están bloqueadas por el deshielo de las nieves. Otro tanto ocurre con el Volga. No hay pan. «Hay que huir, es necesario. Aunque sea a donde están los «blancos». Aquí es la muerte.» «Vamos, hermanos, ¿y qué hacemos con nuestras mujeres y con nuestros hijos?» «No importa, de cualquier modo, estamos perdidos. Aquí o allá, es lo mismo. No hay nada para comer. Huyamos, huyamos...»

De pronto resuena un cañonazo, y luego una explosión sorda. Una salva extraña y ensordecedora. La cúpula de la iglesia se derrumba con estrépito. Los cañonazos sordos se suceden unos a otros. Un obús estalla, y luego otro y otro. En un abrir y cerrar de ojos, la multitud se convierte en rebaño enloquecido. La gente huye hacia adelante sin mirar. La artillería continúa disparando. Alguien corrige los tiros y los obuses alcanzan a los fugitivos.

La ciudad está desierta. Reina el silencio. Unos han caído, otros se esconden.

Dos mil víctimas han caído en las filas obreras.

Aquí termina la primera parte de la espantosa tragedia de Astrakán. La segunda parte, aún más terrible, empezó a partir del 12 de marzo. Cierto número de obreros fueron hechos prisioneros por los «vencedores» y distribuidos en seis «jefaturas», en las bodegas de los barcos y vapores. El vapor Gogol se distinguió particularmente por las atrocidades que allí se desarrollaron. Telegramas que hablaban de «insurrección» fueron enviados a la metrópolis.

El presidente del Consejo de Guerra Revolucionario de la República de los Sóviets respondió con un telegrama lacónico: «Reprimid sin piedad». Y la suerte de los desgraciados obreros cautivos quedó sellada. La sangrienta locura se desencadenó sobre el agua y sobre la tierra. Se fusilaba en los sótanos de las «jefaturas» extraordinarias o, para abreviar, en los patios. Muchos hombres fueron precipitados al Volga, desde las embarcaciones. En ocasiones, se ataban piedras al cuello de los infelices. Otros eran arrojados por la borda con las manos y los pies atados. Uno de los obreros, que consiguió ocultarse en el fondo de la bodega de un barco, cerca de las máquinas, cuenta que, en una sola noche, se arrojó al río, desde el vapor Gogol [a] ciento ochenta (180) hombres. En cuanto a las «jefaturas» extraordinarias, en la misma ciudad hubo tantos fusilados que a duras penas podían ser llevados al cementerio por la noche, donde eran arrojados en un montón bajo el calificativo de «tíficos». El comandante extraordinario Tchuguev hizo aparecer una ordenanza especial prohibiendo, bajo pena de muerte, que se «fusilase a los cadáveres» en el camino del cementerio. Casi todas las mañanas, los habitantes de Astrakán encontraban en plena calle cadáveres ensangrentados y medio desnudos de obreros fusilados. Y así, a la luz del día naciente, y errando de cadáver en cadáver, los vivos hallaban a los muertos queridos...

El 13 y el 14 de marzo se seguía fusilando solo a obreros. Sin embargo, los poderes recobraron el control de sí mismos. No se podía cargar la responsabilidad de esas ejecuciones a las espaldas de la «burguesía» insurgente. Y el poder decidió: mejor tarde que nunca. Para enmascarar en lo posible la brutalidad de la represión, se decidió apoderarse de los primeros «burgueses» que les vinieron a mano para «ajustar cuentas». El sistema era simple: era suficiente atrapar a cualquier propietario de inmueble, cualquier piscicultor, pequeño comerciante o industrial, y fusilarlos. He aquí uno de los numerosos ejemplos de las represalias contra la «burguesía». Una funcionaria soviética, hija de un abogado local, Jdanov, por su marido princesa Tumanova, llamada en la región «la bella del Volga», era objeto del asiduo galanteo de los comisarios, grandes y pequeños, hasta los situados más arriba en el escalafón. Tales galanteos tropezaban constantemente con el desdén de la joven. En los días de «ajuste de cuentas con la burguesía», los comunistas decidieron suprimir la «manzana de la discordia». Y el padre, que llegó a saber algo de su hija, solo halló su cadáver desnudo... Hacia el 15 de marzo, apenas había un hogar que no hubiera llorado a un padre, un marido, un hermano. En algunas familias habían desaparecido varias personas.

Para hacer el balance exacto de víctimas sería necesario interrogar a todos los ciudadanos de Astrakán sin excepción. Al principio, fueron cifradas en dos mil, luego en tres mil... Luego el poder se puso a publicar listas con centenares de «burgueses» fusilados. Al comienzo de abril, se hablaba de cuatro mil víctimas. Y las represalias continuaban. El poder parecía querer tomarse aquí el desquite contra los trabajadores de Astrakán por todas las huelgas obreras, las de Tula, Briansk, Petrogrado, que se habían extendido por todo el país en marzo de 1919. Fue a principios de abril cuando las ejecuciones empezaron a decrecer en número. Por aquel tiempo, Astrakán ofrecía un aspecto insólito. Las calles estaban desiertas. En el interior de las casas, familias enlutadas. Las paredes, fachadas y ventanas de las instituciones oficiales, cubiertas por innumerables prescripciones... El 14 de marzo, se publicó un ukase dando a los obreros la orden de presentarse en las fábricas, bajo amenaza de arresto y de supresión de las cartillas de racionamiento. Sin embargo, solo los comisarios se presentaron en las fábricas. La retirada de las cartillas no asustaba mucho, pues desde hacía largo tiempo no servían para nada; en cuanto a las detenciones, de cualquier modo, era difícil escapar a ellas. Además, quedaban pocos obreros en la ciudad. Hacia el 15 de marzo, la caballería roja capturó a una parte de los fugitivos en las estepas, bastante lejos de Astrakán. Los desgraciados fueron traídos a Astrakán por la fuerza, después de lo cual empezaron a buscar «traidores» entre ellos. El 16 de marzo se fijaron nuevos bandos en las paredes. Bajo la amenaza de detención, despido, retirada de la cartilla de abastecimiento, todos los obreros y obreras tenían que presentarse en lugares determinados para asistir a los funerales de las víctimas de la «insurrección». «Castigaremos a los refractarios con mano revolucionaria.» Así terminaba la ordenanza. El plazo fijado para el reagrupamiento terminó y, sin embargo, solo acudieron algunas decenas de obreros. La caballería roja recibió orden de llevar por la fuerza a cuantos encontraran en las calles, de hacer salir a los habitantes de sus casas. Aquellos caballeros alógenos, como bestias feroces, recorrieron las calles y, golpeando cruelmente con nagaikas a cuantos intentaban ocultarse. Con mucho retraso, escoltada por tropas armadas con lanzas y látigos, la procesión se dirigió hacia el jardín municipal.

Los obreros, tristes y abrumados, movían en silencio los labios, sin levantar la cabeza. El himno funerario: «Habéis caído víctimas de la lucha fatal», que impresionaba precisamente por su escaso aliento, se perdía en la atmósfera primaveral apenas articuladas las primeras notas. Diabólica ironía: los obreros acudían a las exequias de sus verdugos sin atreverse a pensar en sus propios camaradas caídos, cuyos cadáveres se amontonaban en el cementerio. Cantaban por los otros, por sus verdugos, pensando en aquellos sobre quienes se habían arrojado algunos días antes, rompiendo sus líneas militares. Escuchaban los discursos de los oradores comunistas que glorificaban a los verdugos que habían cumplido con su «deber revolucionario», sin poder decir una sola palabra relativa a los obreros revolucionarios fusilados. «¡A cada comunista, lo vengaremos haciendo pagar ciento por uno!», amenazaba la voz del orador oficial. «¡Helos ahí, cuarenta y siete de nuestros camaradas caídos por la causa obrera!» Las cabezas de los obreros se humillan aún más. Lágrimas, sollozos. Y el orador continúa con la misma entonación de vencedor triunfante. Y amenaza, sigue amenazando. Cuarenta y siete féretros rojos se alinean alrededor de la fosa común. Los rodean banderas negras y rojas. «A los campeones de la revolución, que han dado su vida por el socialismo», dicen las inscripciones. Otros campeones de la revolución, armados con lanzas y porras blanden las banderas. Es imposible huir de ese lugar de tortura. El dolor y el sentimiento de impotencia abruman a los obreros. Un pánico inaprensible, pero verdadero, paraliza el espíritu y los movimientos. Los trabajadores apuran hasta la última gota las heces del cáliz.

Los periódicos aparecen con recuadros negros. Todos los artículos hacen referencia a los sostenedores del «orden revolucionario». Para los obreros no hay más que un reproche: «Es culpa vuestra». El verdugo, K Mieknochin, envía un mensaje de agradecimiento a las tropas... «Habéis cumplido con vuestro deber revolucionario con mano de hierro, sin un estremecimiento. Habéis aplastado la insurrección. La revolución no lo olvidará nunca. Los obreros son los responsables por haberse dejado impulsar por la provocación...»

La Astrakán obrera ha quedado sumida en el marasmo. Las fábricas permanecen mudas. Las chimeneas no humean... Los obreros se iban de la ciudad irresistiblemente. Ni siquiera la autorización para pescar o comprar pan podía disuadirlos de abandonar aquel lugar. Aquellas ventajas se habían pagado demasiado caro. La autorización se había redactado con la sangre de sus familiares y amigos. El «favor» otorgado por el gobierno olía a sangre de los trabajadores de Astrakán.

En la historia del movimiento obrero, la tragedia de Astrakán quedará inscrita en letras de fuego y sangre. El juicio imparcial de la historia se pronunciará sobre uno de los pasajes más ominosos del terror comunista... En cuanto a nosotros, sus testigos y contemporáneos, quisiéramos gritar a todos los amigos de los obreros, a todos los socialistas, a todo el proletariado mundial: «¡Que se haga una investigación sobre la tragedia de Astrakán!».


8. ELEMENTOS PARA LA HISTORIA

DE LA RESISTENCIA REVOLUCIONARIA


La resistencia proletaria a la contrarrevolución bolchevique fue, a pesar del impresionante terrorismo de Estado dirigido por Lenin / Trotsky, muy grande, aunque solo en algunas ocasiones superó la resistencia local y el atentado individual contra los principales torturadores y llegó a generalizarse como sí sucedió en la contraposición a la paz de Brest Listovsk, el movimiento makhnovista, las huelgas de Petrogrado y la rebelión de Kronstadt... Pero incluso en estas ocasiones el proletariado no logró una centralización suficiente para vencer la fuerza concentrada del Estado zarista ocupado por los bolcheviques y sus aliados imperialistas. En todos los casos se concluyeron con masacres de la gran mayoría de los proletarios revolucionarios, que la cheka se complacía en exterminar.

La historia de esa resistencia no se ha escrito, la mayoría de los textos y comunicados de esos grupos se ocultaron, se quemaron o enterraron en los archivos de la cheka. Nosotros hemos publicado algunos textos y comunicados de los socialistas-revolucionarios de izquierda internacionalistas, que se encontraron al frente de la lucha del proletariado frente a la enorme traición bolchevique, hacia el fin de nuestro libro La contrarrevolución rusa y el desarrollo del capitalismo. Los mismos explican la lucha abierta que se desarrolló contra el poder en los días 5 y 6 de julio de 1918.

A continuación, presentamos otro capítulo aislado de esa impresionante y clarividente acción de vanguardia del proletariado. Se trata de un comunicado del Comité Revolucionario Panruso de los Partisanos, organización que, estructurada clandestinamente, atacó frontalmente a los bolcheviques. Los sublevados buscando atacar el centro mismo del terrorismo de Estado, embistieron la sede central del Partido Bolchevique el 26 de septiembre de 1919. El comunicado, firmado por el Comité Insurreccional Panruso que presentamos a continuación, es de una claridad programática impresionante y deja en evidencia, a pesar de la enorme represión, que el proletariado revolucionario seguía enfrentando, por todos los medios, a la contrarrevolución y el terrorismo de Estado bolchevique. Aunque parezca increíble, los documentos que se publican a continuación llegaron hasta nosotros porque fueron publicados por la propia cheka en el famoso Libro rojo de la cheka panrusa20.

Empecemos por recordar los hechos tal como los relata Izvestia, el 26 de septiembre de 1919: «Los representantes de la región de Moscú del Partido Comunista, así como los militantes de Moscú del Partido Comunista estaban reunidos ayer tarde en la asamblea del Comité de Moscú del Partido Comunista, en la calle Leontiev. Hacia las nueve de la noche, dos bombas fueron lanzadas por la ventana que da al patio dentro de la sala de la reunión». El atentado se atribuía a un contrarrevolucionario desconocido y, al día siguiente, a guardias «blancos» terroristas. El edificio donde se celebró la asamblea de los dirigentes bolcheviques es la antigua residencia de la condesa Uvarova y antigua sede del Comité Central de los socialistas-revolucionarios de izquierda. Entre los 150 asistentes a la asamblea, hubo 12 muertos y 58 heridos. De los muertos, los más conocidos fueron Zagorsky, secretario del Comité del Partido de Moscú, que presidía la reunión, y Kropotov, miembro del Sóviet de Moscú. Entre los heridos figuraban algunas celebridades del partido: Bujarin, Steklov, Olminsky, Pokrovsky, Yaroslavsky, A. F. Miasnikov (el armenio), Slutsky, Ya. E. Chliapnikov.





Este es el comunicado que aparece en el libro de la cheka:


¡Ciudadanos y hermanos!

En la tarde del 25 de septiembre, en la Asamblea del Comité del Partido de Moscú se estaban examinando los medios de lucha contra el pueblo rebelado. Los amos bolcheviques se habían pronunciado unánimes en favor de las medidas más extremas contra los obreros, campesinos y soldados rojos rebelados, los anarquistas y los socialistas-revolucionarios de izquierda, hasta el punto de querer establecer un estado de excepción en Moscú, con fusilamientos en masa.

En efecto, la situación es muy grave: Denikin marcha sobre Moscú, Yudenitch amenaza Petrogrado, Koltchak ocupa Siberia. Por otra parte, los bolcheviques han conseguido coaligar contra ellos a las restantes corrientes revolucionarias, así como a la inmensa mayoría de los obreros y los campesinos, por sus procedimientos autoritarios y brutales.

De modo que los dirigentes bolcheviques estudian la posibilidad de abandonar Moscú y refugiarse en Finlandia. Pero los movimientos insurreccionales de los partisanos revolucionarios restablecerán la situación sobre el terreno, aplastando a los generales «blancos»...

Nuestra tarea consiste en eliminar de la tierra el orden de la comisariocracia y de las chekas y en instaurar una Federación Panrusa Libre de uniones de trabajadores y de las masas oprimidas. Debemos instaurarla nosotros mismos desde ahora mismo, sin esperar a la pérdida definitiva de las conquistas de la Revolución de Octubre.

La tercera revolución social se apro­xima.

El 17 de junio la cheka y el Tribunal Revolucionario Militar hicieron fusilar en Kharkov a los siguientes insurrectos: Mikhalev-Pavlenkov, Burbyga, Kostin, Polunin, Dobroliubov, Olejnik, Korobko y Ozerov. El 25 de septiembre, los revolucionarios insurrectos los han vengado, haciendo saltar el Comité de los bolcheviques de Moscú.


Comité Revolucionario Panruso

de los Partisanos



Esos compañeros revolucionarios internacionalistas se decían «anarquistas consecuentes», en oposición a los «anarquistas» que habían pactado con el Estado y los bolcheviques, y/o se habían sometido a ellos. No conocemos lo que publicaron, salvo alguna mención reproducida por Skirda / Baynac. Skirda considera que «lo esencial de su posición se expresa bastante bien en un llamamiento dirigido a los bolcheviques»:


Estáis en el poder, pero ¿qué ha cambiado? Las fábricas y las tierras siguen sin estar en manos de los trabajadores, sino en las del Estado-patrón. El asalariado, mal fundamental del Estado burgués, continúa existiendo. Es por esto que son inevitables el hambre, el frío y el desempleo. A causa de tener que «soportarlo todo en aras a un porvenir mejor», de tener que defender «lo ya conseguido», ha aparecido un enorme aparato burocrático, el derecho de huelga ha sido abolido, los derechos de expresión, de prensa y de reunión han sido suprimidos.

Habéis engendrado un chovinismo militar rojo, pero ¿qué tiene que defender la clase trabajadora? Decís que la burguesía ha sido marginada y que la clase obrera está en el poder. Nosotros decimos que solo hay algunos obreros en el poder, pero se trata en realidad de antiguos obreros, separados de su clase. Es elemental que los oprimidos no pueden estar en el poder, incluso si el poder se proclama «proletario», lo que entonces resulta la más monstruosa de las mentiras. Vais a objetarnos que defendéis también la anarquía, pero que ante todo es necesario aniquilar al enemigo y luego el poder se desintegrará por sí solo.


Nosotros creemos que podéis tener personalmente, subjetivamente, las mejores intenciones; pero, objetivamente, por naturaleza, sois los representantes de la clase de los burócratas-funcionarios, de un grupo de intelectuales improductivos.

No hacemos caso de vuestra enseña roja, sino de los hechos, y constatamos que vuestra política conduce a una verdadera reacción en el interior del país. Todavía no hay ningún objetivo alcanzado ni tenemos nada que defender.

Llamamos a la insurrección inmediata por el pan y por la libertad y defenderemos la libertad con las armas de la libertad y no con las de la esclavitud.

La actitud de los anarquistas no puede ser otra que la mantenida en relación con cualquier poder «revolucionario». Aquí reside la diferencia entre el socialismo y el anarquismo. Para nosotros, en tanto que exista un poder, nada cambia. Los bolcheviques lo han comprendido muy bien. Por eso, en su folleto Anarquismo y comunismo, Preobrajensky escribe que solo los anarquistas se comportan de ese modo, sin hacer concesiones, ni ante los poderes soviéticos ni ante cualquier otro, solo ellos conservan la fidelidad a sus principios, si bien Preobrajensky considera estos principios como novelescos y «contrarrevolucionarios».

Este comunicado contiene, en esos oscuros años, de contrarrevolución bolchevique e internacional, una de las mejores expresiones de la resistencia proletaria y de la perspectiva del partido histórico del proletariado. Para terminar este número queremos sintetizar / subrayar los elementos programáticos invariantes que consideramos decisivos:


1°) Las fábricas y las tierras siguen sin estar en manos de los trabajadores, sino en las del Estado-patrón. Impresionante conciencia proletaria de que la propiedad estatal no deja de ser privada. El proletariado no es propietario de los medios de producción, el verdadero propietario privativo es el Estado-patrón.


2°) El asalariado, mal fundamental del Estado burgués, continúa existiendo. Impresionante claridad contra el mal fundamental del capitalismo: el asalariado. Sin abolir el trabajo asalariado sigue existiendo capitalismo.


3°) Es por esto que son inevitables el hambre, el frío y el desempleo. Es decir, sin abolir el trabajo asalariado, el proletariado siempre será miserable, habrá hambre, frío y desocupación.


4°) A causa de tener que «soportarlo todo en aras a un porvenir mejor», de tener que defender «lo ya conseguido», ha aparecido un enorme aparato burocrático, el derecho de huelga ha sido abolido, los derechos de expresión, de prensa y de reunión han sido suprimidos. Importantísima afirmación clasista y revolucionaria: lo de soportarlo todo en aras de un mundo mejor... es lo que defienden todos los aparatos burocráticos despóticos de todos los tiempos, clave de la opresión judeocristiana secular sacrificio del presente en nombre de un futuro mejor en el reino de los cielos.


5°) Decís que la burguesía ha sido marginada y que la clase obrera está en el poder. Nosotros decimos que solo hay algunos obreros en el poder, pero se trata en realidad de antiguos obreros, separados de su clase. Explicación clara y neta de que el hecho de que el Estado burgués coopte proletarios en su afirmación despótica no cambia en absoluto la esencia misma del Estado, que sigue siendo burgués, capitalista. Es mentira que la burguesía haya sido marginada del poder.


6°) Es elemental que los oprimidos no pueden estar en el poder, incluso si el poder se proclama «proletario», lo que entonces resulta la más monstruosa de las mentiras. Imponentemente claro y demarcatorio de las posiciones de clase. Incluso si el poder se proclama «proletario», el poder continúa en manos de la burguesía, el oprimido nunca puede estar en el poder, sin negarse a sí mismo y negar el poder mismo, es decir, autosupresión revolucionaria del proletariado y del Estado.


7°) Vais a objetarnos que defendéis también la anarquía, pero que ante todo es necesario aniquilar al enemigo y luego el poder se desintegrará por sí solo. Respuesta concreta al mito contrarrevolucionario bolchevique, según el cual hay que fortificar el Estado para aniquilar el capitalismo y que luego el Estado se extinguirá. El terrorismo de Estado es necesariamente terrorismo de Estado capitalista, contra lo que Lenin sostiene.


8°) Nosotros creemos que podéis tener personalmente, subjetivamente, las mejores intenciones; pero, objetivamente, por naturaleza, sois los representantes de la clase de los burócratas-funcionarios, de un grupo de intelectuales improductivos. El camino al infierno está lleno de buenas intenciones. ¡No es lo que quieran hacer los hombres lo importante, sino lo que hacen! De ahí la clave sea su accionar objetivo, como representantes de una clase en el poder: de burócratas-funcionarios, de intelectuales improductivos. Justamente lo más importante es la consciencia de que es una clase social la que está en el poder, como burócratas, como funcionarios e intelectuales improductivos y (agregamos nosotros, aunque está implícito en los puntos anteriores) como propietarios privados de los medios de producción, como compradores de fuerza de trabajo, como administradores del trabajo asalariado y el capital denunciados antes. Evidentemente que esa clase no es tan «nueva», aunque sus componentes individuales hayan sido cooptados de otras clases, es la mismísima burguesía.


9°) No hacemos caso de vuestra enseña roja, sino de los hechos, y constatamos que vuestra política conduce a una verdadera reacción en el interior del país. Todavía no hay ningún objetivo alcanzado ni tenemos nada que defender. Es fundamental ese desprecio revolucionario de los símbolos de la dominación, como las enseñas, las banderas rojas, los símbolos como la hoz y el martillo, y afirmar que eso encubre una política reaccionaria, que todo el discurso del poder sobre los objetivos «socialistas» alcanzados es pura mentira. La verdad revolucionaria es que en todo el territorio panruso no tenemos nada que defender. Es decir le gritan en la jeta al proletariado sumiso al poder bolchevique: ¡no hay nada que defender!


10°) Llamamos a la insurrección inmediata por el pan y por la libertad y defenderemos la libertad con las armas de la libertad y no con las de la esclavitud. La lucha revolucionaria, contrariamente a lo que dicen los bolcheviques, por las necesidades proletarias, no se puede hacer con las armas de la opresión, de la esclavitud (el Estado, el terrorismo de Estado...), sino con la destrucción de los opresores y esclavistas. ¡Esas son las armas de la revolución social, de la libertad humana!, ¡y no las torturas, la cheka y los campos de concentración!


11°) Para nosotros, en tanto que exista un poder, nada cambia. Tanto esta afirmación, como el punto anterior, además de confirmar el programa revolucionario de siempre, se está criticando a todo el socialismo burgués, incluido el «anarquista», que se acomodó al bolchevismo. Al mismo tiempo, como los compañeros que llevan adelante esa lucha tienen experiencia histórica directa en diferentes movimientos clasistas anteriores, autocritican los pactos y alianzas con los bolcheviques de diferentes organizaciones socialistas-revolucionarias y anarquistas como el propio movimiento makhnovista. Todo pacto con el poder del Estado o utilización de armas estatistas contribuye a la contrarrevolución.




Encadrés


Del Libro:

CAUSAS SAGRADAS:

Religión y política en Europa.

De la primera guerra mundial al terrorismo islamista...

de Michael Burleigh


Hubo una «revolución onomástica» similar que supuso rebautizar plazas, calles, barcos, etc. El emblema de la hoz y el martillo  quintaesencia del comunismo  se utilizó ampliamente durante la revolución de febrero antes de que se lo apropiasen los bolcheviques. La gente empezó a cambiar nombres estigmatizadores como lacayo, idiota, o romanov, por declaraciones personalizadas de fervor ideológico como ciudadano, demócrata o libertad. Este proceso se institucionalizó en nuevos ritos de paso «rojos», es decir, seudocristianizaciones en las que los nombres de los niños eran «octubrizados», como Vanguardia, Octubrina, o Espartaco, con Giotín (guillotina) y Robersper (Robespierre), como alusiones directas a nombres tristemente célebres de la Revolución francesa. Una ceremonia de ese tipo para celebrar el nacimiento de una niña en Naderhdinsk, en 1923, incluía la siguiente declaración de los participantes:

«No te cubrimos de una cruz, ni con agua ni oración (la herencia de la esclavitud y de la oscuridad), sino con nuestra bandera roja de lucha y trabajo atravesada por las balas y rasgada por las bayonetas... A los padres de la recién nacida les pedimos: educad a vuestra hija para que sea una combatiente esforzada en la lucha por la liberación de los explotados del mundo entero, defensora de la ciencia y el trabajo, enemiga de la oscuridad y la ignorancia.»

Estas fiestas empezaron con las celebraciones del Primero de Mayo en Petrogrado, en 1918, y consiguieron incorporar algo del entusiasmo de un carnaval, con baile y fuegos artificiales y con desfiles más coreográficos. Al cabo de seis meses, este plan inconexo había sido sustituido por los programas mejor planificados de Moscú, donde el 7 de noviembre el régimen celebró el primer aniversario del golpe de Estado bolchevique con rituales y desfiles minuciosamente organizados, cuya función consistía en situar a Lenin en el centro de los actos, por mucho que este pudiese desdeñar tales iniciativas. No tardarían en despejarse grandes espacios abiertos y amplios bulevares en las grandes ciudades para celebrar a ejércitos de hombres desfilando y a los físicos musculosos en un culto al cuerpo pagano actual...

Los cultos utópicos del hombre prometeico y sus máquinas, de la electricidad, los tractores y los trenes rápidos, carecían del potencial centrado y afectivo de un Dios único. Lenin hizo comentarios sarcásticos sobre la adulación de que era objeto por parte de sus colegas inmediatos, especialmente en la celebración de su cincuenta aniversario, pero no tenía poder para impedir el crecimiento de ese culto [sic], sobre todo porque ese culto satisfacía una demanda popular basada en expectativas psicológicas e históricas. La combinación de tentativas de asesinatos fallidas y ataques, junto con recuperaciones «milagrosas»; la propia habilidad política táctica indudable en Lenin, como caudillo de lo que se convirtió inmediatamente en un movimiento revolucionario mundial asediado; y las formas con que gente simple de aldeas remotas lo miraba como ser demoníaco o como un dramaturgo hicieron que, el Primero de Mayo de 1918, lo calificasen de VOZHD, o «Caudillo Supremo» o simplemente (con mayúsculas) «Caudillo» sus colegas más íntimos. Tras un intento de asesinato fallido, estos colegas pasaron a hablar de él como si fuese un dios mortal: «Los largos años de emigración de Lenin fueron la prueba de un asceta... y llegó a ser el apóstol del comunismo mundial. Lenin se convirtió en un dirigente de talla cósmica, un transformador de mundos. Él es realmente el elegido de millones. Él es el caudillo por gracia de Dios. Es la auténtica figura de un caudillo de los que nace uno cada quinientos años en la vida de la humanidad», escribió Zinoviev. Se enviaron bustos del dirigente a 29 ciudades. Los carteles lo mostraban más grande que el sol, con el brazo extendido dispensando la bendición. Este Dios en proceso de elaboración se despertó por última vez a las 10.30 del 21 de enero de 1914...

El cadáver momificado de Lenin fue expuesto en un mausoleo provisional de madera en la muralla del Kremlin, sustituido en 1930 por una edificación permanente de piedra. El diseño le recordaba al comentarista ruso la tumba del rey Ciro, cerca de Murgaba, en Persia, aunque el modelo era en realidad el mausoleo de Tamerlán...

Por medio de esa curiosa forma simbólica de la momificación se mantendría el momento a través del tiempo. Su espíritu seguía viviendo en el partido. «Lenin vive en el corazón de todos los miembros de nuestro partido. Toda nuestra familia comunista, una encarnación colectiva de Lenin». El aura de este santo difunto se comunicará a sus sucesores de menor talla que asumieron a partir de entonces el control de lo que él había dicho o no había dicho o escrito durante su vida...



CHEKA – OJRANA



La cheka es, desde todo punto de vista (orgánico, programático, personal...), la continuidad total con la policía zarista, la terrible ojrana.

El cuadro programático de la cheka fue definido de esta manera:

Nombre: comisión extraordinaria para combatir la contrarrevolución y el sabotaje.

Lenin definió así sus objetivos: «Limpiar la tierra rusa de toda clase de insectos nocivos... [como] a los obreros que muestren pasividad en el trabajo».

Trotsky sintetizaba el objetivo de la cheka en su consagrada fórmula: «Trabajo, disciplina y orden».

Aunque la represión comenzó desde el primer día, en términos de masividad será el decreto del 22 de julio de 1918 el que permitirá arrestar y eliminar a más cantidad de gente: «Los culpables de vender, comprar o almacenar con miras comerciales productos alimenticios monopolizados por la República... Sufrirán privación de libertad por un plazo no inferior a diez años, acompañada de los más rigurosos trabajos forzados y de la confiscación de todos los bienes».



Cualitativamente la cheka logra muy rápidamente liquidar toda amenaza de asesinar a los burgueses y líderes políticos en el poder estatal, cosa que la ojrana nunca había logrado: en menos de cinco años se jactan de que no haya más atentados.

Cuantitativamente, la ojrana contaba con unos 1.500 agentes y había sido considerada como la más potente policía política de todo el antiguo mundo.

La cheka reclutará a una velocidad estupefaciente: a principios de 1918, en Petrogrado, tiene 600 agentes; en julio tiene 12.000; a fines de ese mismo año, ya posee 40.000 hombres y, a principios de 1921, contaba con 280.000. Será la forma por excelencia de trepar socialmente lo más rápido posible, saliendo del hambre para ser rodeado de privilegios. Por supuesto que cualquiera de esos funcionarios apenas nombrado, tenía más poder que decenas de proletarios en lucha.

La ojrana zarista habría ejecutado a unas 14.000 personas en treinta y cinco años de existencia, es decir, unas 400 personas anuales.

La cheka leninista habría ejecutado unas 200.000 durante los seis años de su existencia, es decir, unas 33.333 personas al año.

Solo las ejecuciones efectuadas por la cheka, a principios de setiembre de 1918 (luego de las grandes revueltas internacionalistas contra la paz de Brest y los atentados contra los imperialistas y los jefes del poder bolchevique), ascienden a 10.000-15.000 muertos. El caos, la locura y la arbitrariedad son de tal magnitud, que la masacre generalizada hace imposible toda cuantificación. Pero no cabe dudas de que en ese único mes los bolcheviques se vengan (el 30 de agosto fue ejecutado Uritsku Jefe de la cheka en Petrograd y el atentado contra Lenin) ejecutando directamente más personas que durante cien años de zarismo21.

No puede caber dudas de que, si la cheka también reprimía a minorías que habían sido privilegiadas durante el zarismo, y a representantes políticos de ese régimen o en general de partidos burgueses como los cadetes (KDT); el peso fundamental de la represión cayó sobre la gran masa de la población que vivía de vender su fuerza de trabajo, el proletariado agrícola y urbano. Mientras la ojrana reprimía básicamente a los militantes políticos antizaristas (socialistas revolucionarios, anarquistas, maximalistas, internacionalistas, comunistas anarquistas...), la cheka, además de reprimir a los grupos y organizaciones con intención revolucionaria, reprimía cualquier resistencia social del proletariado: huelgas, trabajo a desgano, esconder alimentos, resistir las requisiciones... Mientras la primera reprimía una práctica política, la cheka reprimirá sin piedad toda tentativa de sobrevivencia frente a la sociedad burguesa que hambreaba a toda la población.

La cifra de asesinados por la policía política de Lenin / Trotsky no tiene en cuenta la cantidad enorme de desaparecidos, los condenados a prisión perpetua, los deportados a los campos disciplinarios y los campos de trabajo, cuya esperanza de vida la cheka acortaba por todos los medios: hambre, torturas, insalubridad, amenazas permanentes...

En cuanto al poder de la ojrana con respecto a la cheka, merece subrayarse que mientras la primera no posee poderes extrajudiciales y, por ejemplo, investiga, arresta, interroga, aprisiona por un período corto, remitiendo al detenido al poder judicial; la cheka posee un poder inconmensurablemente más vasto, no solo para investigar, arrestar, interrogar y aprisionar, sino para tenerlo el tiempo que quiera, para seguir interrogando y torturando, para juzgar, ejecutar y deportar...

La ojrana era algo así como los trapitos sucios del zarismo. Claro que se conocía que se torturaba pero se escondía democráticamente. La dominación zarista escondía todo lo que podía ese accionar, como si estuviera avergonzada de tener que emplear dichos métodos que eran considerados «no democráticos».

En cambio, la cheka asume abiertamente el terrorismo de Estado. La cheka era el centro del poder de los bolcheviques, la crème de la crème Todo el poder se concentra en los miembros del partido y todo miembro del partido es parte de la cheka. El poder atribuye al milico el mayor de los honores, como sinónimo de verdadero comunista. Lenin resumirá así esa sentencia que guía todas las instancias del Estado bolchevique: «Un buen comunista es al mismo tiempo un buen chekista». A la vez, esto es una advertencia: no se puede considerar un buen comunista, un buen militante del «partido revolucionario» a quien no colabore por todos los medios con la cheka; la cheka es la verdadera esencia del «comunismo» para los leninistas.


LOS DESAPARECIDOS

POR LOS BOLCHEVIQUES


Desde 1917/18 los fusilados en las Chekas y los campos de concentración, así como los que morían de hambre y enfermedades, fueron DESAPARECIDOS. En efecto los cadáveres producidos por el extraordinario aparato de terrorismo de Estado dirigido por Lenin/Trotsky nunca fueron entregados a sus familiares. Durante el Gobierno de estos tiranos y bajo su dirección el Comité Ejecutivo Central Panruso, para legalizar esta práctica, emitió en 1922 en el que se establece el sistema de inhumación de los opositores al régimen:

«El cuerpo del fusilado no debe ser entregado a nadie, sino que se le entierra sin ninguna formalidad ni ritual, vestido con la ropa que llevaba en el momento de ser fusilado y en el mismo lugar de la ejecución o en cualquier otro lugar disponible, a los efectos de que no quede ninguna huella de su tumba o, si es posible se lo envía a la morgue para ser incinerado.»

Este procedimiento fue progresivamente adoptado y aplicado en todos los lugares de deceso (prisiones, campos, hospitales) y sea cual sea la causa de la muerte de los detenidos. El estado soviético y luego los servicios del Gulag (comprendidos, no como administración central, sino como un conjunto de unidades territoriales) tomaron a cargo los cadáveres de los presos con el objetivo de «no dejar huellas». Para ello desarrollaron diversas técnicas:

La inhumación individual fue relativamente excepcional, siendo practicada en las redes de los campos de concentración que beneficiaron de una implantación larga y sedentaria. En ese caso, se encuentran grandes conjuntos funerarios compuestos de tumbas casi siempre anónimas aunque en algunos casos se haya conservado la matricula del preso en un pedazo de metal o en un palo de madera.

La utilización de fosas comunas es sin dudas el caso más frecuente. Cada una de las entidades administrativas y territoriales que componían el Gulag disponía de sus brigadas de enterradores adjuntos a las zonas de detención y compuestas de presos afectados exclusivamente a la inhumación de los detenidos que iban muriendo. Las fosas eran cavadas directamente en los territorios administrados por los servicios de seguridad del Estado, en las zonas próximas de los sitios de detención y se adaptaban al ritmo de mortalidad en el campo que podía variar mucho.

También fue practicada puntualmente la inmersión del muerto especialmente en las zonas en donde el suelo estaba demasiado helado por el invierno para poder cavar. En esos casos los cadáveres de los presos eran tirados en los arroyos, ríos, lagos o en los mares luego de haber cavado un agujero en el hielo como lo documentará luego Danzig Baldaev en sus famosos cuadernos de dibujos sobre los campos de la época estalinista.



Commentaires illustrations


Afiche llamando a la solidaridad con los campesinos del Volga castigados por la hambruna (1921/22)


Hambre en Rusia (1921/22)


Mientras que el viejo mundo se hunde en la noche… …el ejército de los trabajadores marcha hacia el futuro. Afiche de 1928: como toda nueva religión, el leninismo se impone retomando la antigua mitología zarista y anunciando el avenir paradisíaco.

Dios Lenin iluminando el camino del paraíso.


El marxismo leninismo como religión de estado y la biblia leninista


Recemos por San Lenin


"Recuerda a los hambrientos"

Afiche hecho por el Estado leninista para culpar al proletariado del hambre producida por los negociados del Gobierno. (1921)


El Kremlin de Moscu, sede de todos los zares y del poder del Estado ruso.


Lenin, el nuevo Zar, en el Kremlin.


Las fracciones del capital no paran de hacerse la guerra entre sí. Pero en última instancia esas guerras son siempre una guerra contra nosotros, proletarios. Durante 70 años esas dos superpotencias, se proclamaron como enemigos privilegiados, causando muerte, miseria, terror, así como una confusión inmensa en el seno de nuestra clase social.


Desde que conquistaron el poder, los bolcheviques pudieron imponer el terrorismo de Estado y mantenerse en el poder gracias a los capitales yanquis, ingleses, alemanes… ¡Business as usual ! 


Dibujo satírico bolchevique contra la insurrección de los marinos de Kronstadt. Se trataba de denigrar, a quienes habían sido vanguardia revolucionaria del proletariado ruso y presentarlos como degenerados y pervertidos, que fuman cigarros burgueses y andan con prostitutas. En realidad, ello pinta enteritos a los jefes de la contrarrevolución bolchevique.


Afiche del Partido Socialista Revolucionario


Importantísimo afiche de 1918 de propaganda estatal bolchevique. La propaganda leninista, busca como en toda tiranía capitalista, asegurarle al Estado capitalista el monopolio de la violencia y del armamento. Es el principio mismo del terrorismo de Estado. Desde esa fecha se aprobarán una serie de decretos para hacer aplicar estos principios. Primero condenando a toda persona que sea apresada con armas con un mínimo de 6 meses de prisión. Unos años después los bolcheviques sustituirán la pena de prisión por la pena de muerte.


Se obliga a un prisoneroen huelga de hambre, comer por la nariz según las leyes del humanismo sovietico, solo aquellos que tienen una temperatura corporal normal (36,6°-37°) pueden ser matados a tiros.





1Ver al respecto: El mito bolchevique (diario 1920-1922), de Alexander Berkman.


2Especialmente en el libro La contrarrevolución rusa y el desarrollo del capitalismo, Libros Anarres, Buenos Aires, así como en nuestra revista central: en Rusia, contrarrevolución y desarrollo del capitalismo, Comunismo, n.os 15 y 16 (febrero de 1984). Rusia: contrarrevolución y desarrollo del capitalismo (II), Comunismo, n.o 17 (octubre de 1984). Rusia: contrarrevolución y desarrollo del capitalismo (III), Comunismo, n.o, 18 (febrero de 1985). Leninismo y Contrarrevolución I, Comunismo, n.o 55 (noviembre de 2006). Leninismo y Contrarrevolución II, Comunismo, n.o 26 (junio de 2007).


3Incluso, los períodos de mayor hambre y privaciones impuestas por los bolcheviques al proletariado son a su vez producidos por los intereses comerciales y los acuerdos internacionales hechos por los bolcheviques, que conscientemente o no favorecen la tasa de ganancia del capital. Brest-Litovsk es el primer gran ejemplo de ello, porque ese acuerdo imperialista, que se hace por intereses nacionales e imperiales y contra los proletarios, entrega al imperialismo fuentes importantísimas de abastecimiento alimenticio, lo que a su vez provoca hambre, miseria, privaciones.


4Incluso, las tentativas proletarias que estaban en pleno desarrollo en el proceso insurreccional de 1917, de apropiarse de los medios de producción, de organizar la producción, de destruir la mercancía y el dinero..., fueron brutalmente reprimidas por el terrorismo de Estado leninista. En 1921, el Estado destruye los últimos focos de resistencia proletaria: Petrogrado, Kronstadt, Makhnochina... y termina de quebrar la histórica lucha del proletariado agrícola por la «tierra y libertad».


5Se trata del anarcosindicalista español Ángel Pestaña. Nosotros no tenemos ninguna simpatía por dicho personaje, que jugará el típico papel sindicalista y socialdemócrata en España que, en última instancia, junto con Montseny, Abad de Santillán y otros líderes, contribuyera a la contrarrevolución en aquel país. Ello no implica que su librito, 70 días en Rusia, lo que yo vi, no tenga un excelente valor testimonial, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de los otros testimonios extranjeros que visitaron Rusia guardando posiciones críticas fueron exterminados por los leninistas y trotskistas.


6https://comprenderelayer.wordpress.com/2007/01/22/ya-no-hay-dios-ya-no-hay-zar/


7Téngase en cuenta que ahora Goldman no está haciendo referencia a la posición efectivamente contrarrevolucionaria de Kropotkin (y «los 16») de definirse de un lado de la guerra imperialista anteriormente. Aquí Goldman está tomando posición del lado de la paz Imperialista separada de los Generales alemanes y los bolcheviques, contra toda la posición internacionalista proletaria.


8El Creyente, Henry Louis Mencken (1919).


9Ver Antony Sutton, Wall Street y los bolcheviques.


10Todas las citas e informaciones al respecto vienen del general soviético Dimitri Volkognov, en su crucial libro, El verdadero Lenin, basado en los archivos secretos soviéticos. Cabe señalar que todos los datos son oficiales y que dicho general es una de las pocas personas que han tenido acceso a los archivos secretos leninistas.


11 Ver Comunismo, número 15 / 16 (1984): «Rusia: contrarrevolución y desarrollo del capitalismo» y Comunismo, números 55 y 56 (2006 y 2007); «Leninismo y Contrarrevolución I y II». Asimismo, el libro «La contrarrevolución rusa y el desarrollo del capitalismo« (2009), GCI, Buenos Aires: Libros de Anarres.



12 La reconstitución del ejército ruso se hará con ese mismo modelo. Los oficiales eran en su mayoría los oficiales zaristas (¡más del 75 %!), los que obedecían o eran fusilados por no obedecer eran también los mismos proletarios (en general, reclutados a la fuerza entre los «campesinos») que se habían opuesto a la guerra imperialista. Al mismo tiempo a los ex oficiales zaristas, tanto del ejército como de la policía, se les comunicaba que su propia familia era considerada rehén del Estado bolchevique: si no cumplían con la obediencia debida, exponían a la más furibunda represión a su propia familia.


13 Raymond Robins, economista y militar de Estados Unidos, presidente del partido progresista norteamericano y jefe de la misión de la Cruz Roja norteamericana en Rusia en 1917, que desde principios de 1918 negocia con Lenin y sus súbditos acuerdos comerciales y de inversión. El coronel Robins, así como William Boyce Thompson, Olof Aschberg y Alexander Gumberg, fueron los intermediarios más importantes entre Lenin / Trotsky, el aparato financiero y bancario de los bolcheviques (Rusokombank) y los banqueros e inversores de Wall Street, como Morgan, Rokefeller… y sus empresas y monopolios. Más allá del significado político derivado del hecho de que estos fueron los sectores que financiaron «la revolución bolchevique», lo chocante es comprobar la brutal contradicción entre las excelentes relaciones de amistad que prevalecen entre los jefes bolcheviques y los banqueros, por un lado, con las relaciones de terror que impusieron los bolcheviques frente a todas las organizaciones socialistas revolucionarias por el otro.


14 L. Martov habla aquí del infame asesinato de seis estudiantes inocentes, entre los que había tres hermanos, los Genglesy, ciudadanos franceses, a punto de abandonar Rusia y que, con ese motivo, habían organizado una fiesta de despedida en el n.0 34 de la calle Millionnoy. Unos soldados rojos los encontraron allí y, simplemente porque llevaban hombreras (eran oficiales del ejército ruso), los mataron. L. Martov hace con toda razón la siguiente pregunta: «¿Quién ordenó esta muerte?». Se supo después que el propio Lenin había estado mezclado. En Smolny se le preguntó: «¿Qué hacemos con ellos?». «Lo que queráis!», respondió él. Por supuesto que los asesinos no fueron nunca hallados. (Nota de los editores, 1919).


15 Decidimos no reproducir aquí las lamentaciones de Martov sobre los militares contrarrevolucionarios responsables del Terror Blanco (favorable al poder zarista), salvo cuando insiste que se mata a «un oficial a quien puede presentarse a las masas ignorantes como un enemigo del pueblo» para justificar todo lo que viene después. Preferimos insistir en que la diferencia entre el terror contrarrevolucionario y el terror revolucionario también se vivió entonces: mientras los bolcheviques asesinaban a cualquiera, incluidos familiares, rehenes, niños, vecinos..., las organizaciones del proletariado revolucionario solo ejecutaban a los responsables políticos y militares de la contrarrevolución: jefes políticos, embajadores, jefes de policía, oficiales... Eso fue respetado siempre por el socialismo revolucionario (en su lucha histórica durante el siglo xix y principios del xx. Un ejemplo impresionante de cómo se aplicaban los principios del socialismo revolucionario fue el ejército de Makhno, que, si bien ejecutaba a los responsables del terror blanco, actuaba fraternalmente con los obreros, campesinos, soldados… del campo enemigo. En general, se los trataba de convencer, de explicar sus intereses de clase, de reclutar para la lucha proletaria, contra el capitalismo y el Estado.


16 Ante la necesidad de contar con el Ejército Insurreccional Revolucionario de los makhnovistas para luchar contra Wrangel, el poder bolchevique concluyó un acuerdo con Makhno a principios de octubre de 1920. En este acuerdo se estipulaba en una cláusula que los anarquistas debían ser puestos en libertad y debían tener el derecho a desarrollar una actividad militante libre. Después de la victoria sobre Wrangel, el poder comunista atacó traidoramente a Makhno y la emprendió contra el movimiento anarquista de Ucrania. Destaquemos la siguiente circunstancia característica: algunos días antes de desencadenarse esta nueva represión, y una vez que la derrota de Wrangel pareció indudable, la estación central de radio de Moscú telegrafió a todas las estaciones provinciales la orden gubernamental de desconectar los aparatos, salvo las estaciones centrales de Jarkhov y Crimea, que debían recibir un telegrama secreto urgente. Un simpatizante anarquista, empleado en una estación de provincia, no desconectó los aparatos e interceptó el siguiente telegrama: «Hacer recuento de los efectivos anarquistas en Ucrania, sobre todo en la región makhnovista. Lenin». Algunos días después, la víspera de la represión, llegó en las mismas condiciones un segundo telegrama: «Reforzar la vigilancia de todos los anarquistas y preparar tantos documentos como sea posible de derecho común para utilizarlos como acusación. Mantener secretos los documentos y las órdenes. Difundir por todas partes las instrucciones necesarias». Pocas horas después, llegó el tercero y último de los telegramas; esta vez muy lacónico: «Detened a todos los anarquistas y proceded a inculparlos». Todos los telegramas iban dirigidos al presidente del Sóviet de los Comisarios del Pueblo de Ucrania, Rakovsky, como también a nombre de otros representantes civiles y militares del poder en Ucrania. Tras el tercer telegrama, uno de los camaradas, al corriente de los hechos, partió para Jarkhov, con objeto de avisar a los anarquistas locales de la razia que se preparaba. Pero llegó demasiado tarde: la redada ya se había producido. Así fue la «conspiración» de los anarquistas ucranianos contra el poder soviético. (Nota de la edición original.)


17 Pueden hallarse detalles sobre esta cuestión, así como la identidad de quienes participaron en ella, en el famoso Libro rojo de la cheka, retirado rápidamente de la circulación por el propio poder entre otras cosas porque, según palabras del mismo Lenin, «se dicen demasiadas buenas verdades a propósito de esos anarquistas» (nota de la edición original)


18 Estas citas son textuales de Lenin en los primeros años de su poder y son subrayadas en los extractos del libro de Soljenitsin que presentamos a continuación. Hemos verificado esas expresiones y solo podemos agregar que, otras traducciones de esos mismos textos se refieren a los proletarios que resistían al trabajo como «insectos dañinos» y también como «cucarachas». Por supuesto que para los proletarios obedientes y sumisos, que trabajaban mucho y aplaudían en sus discursos, Lenin no usaba tales sustantivos animaleros, sino que los consideraba la «vanguardia de la clase obrera». Por último, subrayemos, que, como dice el testimonio de Soljenitsin, había que exterminar a los insectos dañinos, sobre todo a los que cometían delitos tan graves, como «no barrer lo suficientemente bien la nieve de las vías de los trenes».


19 Esa clasificación general de ciudadanos y presos impuestas por el leninismo y desarrollada luego en la época de Stalin, será un modelo internacional para muchos países nacional «socialistas» o «socialistas» nacionales. Adolf Hitler o Mao Tse Tung, por solo nombrar dos de esos «socialistas» nacionales, utilizarán unas décadas más tarde ese mismo modelo y desarrollarán todavía más esos métodos de clasificación y marcas (como los carnets amarillos o las estrellas de David), de premios y castigo en la vida de todos los días y serán aplicados a toda la población.


20 Fue en el año 1920 que la cheka panrusa publicó el Primer Tomo del Libro rojo de la cheka. Por supuesto que el libro fue concebido como justificación y propaganda del terrorismo de Estado, pero al publicar los comunicados de los insurrectos suscitó enseguida un interés inusitado en los castigados proletarios, lo que se concluyó con la retirada inmediata de circulación de ese libro. Poco tiempo después hasta su tenencia era considerada delito.


21 En su libro, Lenine. L'invention du totalitarisme, Stéphane COURTOIS dice: «Durante el otoño de 1918, fueron asesinadas al menos 15.000 personas, en general de una bala en la cabeza. El terror se concentró prioritariamente tanto en los militantes S.R. de derecha como de izquierda, mencheviques, anarquistas, KD y también los antiguos responsables zaristas. ¡Qué contraste entre este régimen que entre 1825 y 1917 había pronunciado 6.321 sentencias por razones políticas…»! Y agrega: «Mientras muchos bolcheviques protestan contra esta carnicería y el comportamiento de la cheka, Lenin, Stalin y Trotsky la defienden a fondo prohibiendo toda crítica contra ella en una reunión del 19 de diciembre» (pág. 760).


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